Columna de Colo Colo: ¿Qué ves?

"Veo, en resumidas cuentas, que salimos campeón otra vez. Como en el 96".

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AgenciaUno

Por Álvaro Campos (autor del libro Colocolino de Editorial Gol Triste)

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Veo a Mack Hilton atendiendo su stand en el Boston College. Vende las camisetas de Colo-Colo básquet y posa con orgullo junto a cada hincha que lo reconoce y le agradece. Junto a él, mi amigo Luis, cuyo apodo es Luicastillo, necesita ser convencido y envalentonado por su polola para sacarse, ahora sí, la foto que no se atrevió a pedirle hace 20 años cuando en el sur lo tuvo a esta misma distancia.

Veo a O’Louis McCullough, el animal de Carolina, una bestia que se cuelga del aro como si ese fuera su hábitat natural y que lanza triples como quien se amarra los cordones de los zapatos. Lleva dos rosarios encima, el suyo y aquel con los colores de Colo-Colo que un barrista le acaba de regalar. Está sentado en la ventana del restaurante donde festejamos la victoria, desde donde se contempla el espontáneo festejo de una hinchada agradecida, que festeja con fuegos de artificio una alegría que nadie se esperaba hace un tiempo. A Big Mac le cuento la historia de Hilton (amigo suyo, también de Carolina) que esta gente, como todos nosotros, no tenía idea de básquetbol, pero que ha sido tan potente la magia que entre todos hemos generado en torno a la campaña cestera, que hasta sucedió lo impensable: que más de una vez un gimnasio se llenara hasta reventar de hinchas que renunciaron a asistir a un partido de fútbol del Cacique.

Veo al plantel y a todo el cuerpo técnico con una alegría que no les cabe en las sonrisas, que no les cabe en la cara y que termina ramificándose hasta las manos abiertas con las que golpean sus mesas para cantar. Poco antes los vi llorando a todos. Rompieron los pronósticos en Castro como lo hicieron antes en Conce, terminando prolongados invictos, dando vuelta por primera vez una final tras estar 0-2, así como quedaron en la historia en semis al ser el primer equipo de puros chilenos que le ganaba a un equipo con extranjeros.

Veo el entrenamiento del viernes en el Colegio San Crescente, en el momento en que el campeonato parece estar asegurado, cuando Gabriel Schamberger, el entrenador, dice “bien” junto a Fernando López, y alguien menciona lo inusual del suceso, ya que está acostumbrado a escucharlos encontrarlo todo mal.

Veo el momento, posterior, en que el campeonato sí está definitivamente asegurado. Desde la barra lo señalo y luego me quedo pensando en ese momento en que, aún 2-0 arriba, las cámaras muestran los abrazos que ya recibía Menichetti, en una lejana y fría noche del ’91, otra de tantas noches triunfales de las que estamos hechos.

Veo, por supuesto, el golazo de Jaime Valdés, con un barros luco y un schop, en un estadio chico frente a la plaza de Castro, viendo a Flores subirse a la reja junto a otros muchos castreños colocolinos, como los que compartieron las horas y horas de fila en el Gimnasio Municipal, donde un grupo de adolescentes cantaban a viva voz canciones de la barra que no se sabían del todo.

Veo a Morales, quien el basquetbolero Axel Pickett me explicó con simpleza rotunda que era el mejor jugador de Chile, con la cabeza vendada, dejando la sangre en la cancha.

Veo a Erick Carrasco subido arriba del aro, con lienzos barristas que él mismo subió tras él y bajo él. Dirigiendo los cánticos, como el jovial Ledezma cuando, mientras los castreños recibían sus medallas, comenzó el siempre certero Campeón hay uno solo. Veo a Valencia ganando rebotes como si tuviera imanes en las manos, tras haber cambiado de habitación en el hotel porque simplemente no cabía en la cama. Veo a Pasco jugando con la mano fracturada. Veo a Ronald Contreras, jugando uno de esos partidos que convierten a los jóvenes en hombres y luego llorando junto al abuelo que lo crió.

Veo a Amanda y Sofía diciéndole a su papá que nunca lo habían visto llorar, para escuchar como respuesta que el papá solo lloró cuando nacieron ellas y cuando Colo-Colo sale campeón. Lo veo a él, a Alejandro Zúñiga, vicepresidente del Club, pasando pellejerías con muchos otros, que lejos de vivir a costas de la institución, se meten la mano al bolsillo y se sacan la cresta por algo a lo que quieren como hinchas, que eso es lo que más son. Lo veo con los ojos saltones de llanto en un abrazo con Edson Figueroa, el otro vicepresidente, que capitaneó la expedición y la lideró exitosamente.

Veo al director de desarrollo social cantando insistentemente, ante las carcajadas de quienes lo presenciamos, la versión anglo del hit de la campaña. See, I see, what see? Cantaba, empedernido, como cabro chico, en su rústico inglés, testimonio de la bruta alegría, de la tonta pasión que nos desborda a todos.

Veo, como dijo alguien por ahí sobre el básquetbol, la verdadera cara de Colo-Colo. Aquí no hay archirrivales, no hay CDF, no hay más que nuestro amor por el Cacique en todas sus posibles manifestaciones. Esto es más grande que el fútbol, y mucho más grande que nosotros.

Veo, trofeo en mano, a la hinchada y todos los jugadores, todos juntos, la vuelta dando, mientras cantan esta hinchada y todos los jugadores todos juntos la vuelta vamos a dar. De fondo, una de las tribunas exhibe el lienzo que sirve como telón a la escena: el Club de David no es para Goliat. La certeza de que el adversario no es el noble equipo de Castro sino los hijos de puta de siempre, que manifestaron su negativa a permitir que los basquetbolistas reciban la ovación que merecen del público del Monumental este miércoles. Los veo, de todos modos, conmovidos en la recepción santiaguina en que los hinchas los recibieron como héroes.

Veo, encima del transbordador desde el que la Isla Grande comienza a despedirse, una estela blanca. Ese es nuestro camino, y ese es nuestro rumbo. Un amigo me contó una historia: en ella el viejo Colo-Colo le enseñaba al joven Lautaro que era falso eso que le decían los españoles de que el futuro no se podía predecir: sobre un caballo le muestra las huellas en la arena y le señala que nuestro trayecto viene trazado por nuestros antepasados. Todos nosotros, todos juntos, dejamos una marca de gloria que no será borrada más que por los nuevos triunfos que el porvenir nos depare. Esa es nuestra senda, siempre triunfal.

Veo, en resumidas cuentas, que salimos campeón otra vez. Como en el 96.

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