Columna de Colo Colo: Tranquilo, papá

"Ahora era otra cosa. Un gol abajo, daba lo mismo. Lo ganábamos. Somos Colo-Colo"; el relato del Superclásico en la mirada de Álvaro Campos, de Colo Colo de Todos.

Por

 

Imagen foto_0000000120150319125725.jpg
Momento clave del Superclásico: penal para Colo Colo en los descuentos. Herrera y compañía no lo creen
(Foto: Ricardo Ramírez/El Gráfico Chile)

Por Álvaro Campos
Autor del libro “Colocolino” de la editorial Gol Triste
Facebook: Colo Colo de Todos
@colocolodetodos
www.colocolodetodos.cl

Tal vez fue el contraste con el recuerdo de la inolvidable final del 2006. Nadie que estuvo ahí va a olvidar esa sensación de neurosis catastrófica. Mirando en la previa el DVD de feria persa con esa campaña me acordé del momento en que pensé en dejar de ir al estadio para nunca volver a sentir esos tiritones.

Ahora era otra cosa. Un gol abajo, daba lo mismo. Lo ganábamos. Somos Colo-Colo. Les gritaba a mis amigos en la Galería Norte que tuvieran calma, completamente convencido. En el entretiempo comenté que, aunque fueran ganando, habría que imaginarse cómo se sentiría ser hincha de la “Universidad de Chile” (en comillas porque hoy eso no es un nombre, es un pseudónimo), con un archirrival que la toca de lado a lado de la cancha sin que los tuyos la puedan agarrar ni con la mano.

Principalmente, porque en el césped nunca se vio a ningún jugador albo sin esa certeza de roble. Éramos mejores, y ahí estaba Jaime Valdés. Calmao nomah, y de atrás pica el indio, como dice esa polera suya que parodia el keep calm británico. Y delante de Valdés corría Esteban Efraín, tal como se encargaron de recordárselo a cada asistente en la jugada del empate, partiendo por los privilegiados defensas azules que lo vieron en primera fila, en butaca numerada: cómo una leyenda recorre su camino de leyenda. Ese instante en que nuestro Siete la retuvo y midió al portero rival, sabiendo que se jugaría primero porque él es Herrera y yo soy Paredes, ahí quedó claro quién es quién, y de qué está hecho nuestro ídolo. La escena se repetiría más tarde, con un Esteban riendo relajado antes de patear desde los doce pasos, mientras Johnny, de completo rojo, como los semáforos que indican detenerse a los automovilistas que van a toda velocidad, había comenzado a lamentar la derrota desde que se hincó con la pelota tras el pitazo del referí.

Eso, obvio, lo sabríamos después, viendo una y otra vez las imágenes de otro triunfo clásico, y cuántos van ya. Nos dedicamos a eso, a leer diarios, a escuchar la choriza voz con que le responde “obvio” a Chanampa sobre si hará marcará hoy. También nos dedicamos a compartir historias, y dónde estabai tú, y cómo lo viviste.

Y la Marce preguntaba cómo iba en Ñuñoa, pero el Director de Bienestar de Socios no quería decirle que íbamos 1 a 0 abajo. Un embarazo que ha sido una larga campaña, trabajada y luchada, no merecía coronarse con esa anecdótica mancha azul.

A cero, decía él, tratando de aliviarla. La guagua ya estaba casi pisando el terreno de juego, ávida de salir a la cancha a jugar este largo partido que se gana y se pierde sin fin. Empapada de sudor a las 4:37 de la tarde en el pabellón de la Clínica Indisa ya no era necesario que la mamá tratara de pensar en otra cosa para distraerse del dolor. Ahora tenía una sola cosa en la que pensar, un solo triunfo que celebrar.

Pero allá en el Nacional, acá en el Nacional, todavía quedaba un segundo tiempo y ninguno de los once se veía derrotado ni nervioso. Somos Colo-Colo. Más que ganar, eso es lo que los hinchas queremos cuando vamos al estadio: sentir que somos Colo-Colo. Algo que tanto tiempo pareció olvidado.

Mente fría, la tranquilidad de los que saben, no como antes. Me acuerdo de Tocalli poniendo cuatro delanteros que se estorbaban buscando empates en equipos que no jugaban a nada. Me acuerdo de jugadores hiperventilados regalando clásicos con tontas expulsiones de histeria adolescente. Me acuerdo del despelote de cada uno corriendo por las suyas tratando de salvar la plata con alguna patriada. Y así, luego me acuerdo de Labán levantando a tontas y a locas la tormenta perfecta de deudas que el nuevo Directorio se vio en el deber de informar a los socios en la asamblea informativa del 7 de marzo.

Este triunfo, al fuego lento del juego lento, tiene la huella de la grandeza. Y la grandeza tiene sus tiempos. Alguien en redes sociales hablaba de que jugaba el equipo popular contra el equipo del populismo, es decir, que buscaba ser popular a toda costa. Otros asemejan la idiosincrasia azul con el arribismo. Como sea, en la cancha arrendada estaban los que quieren hacerse grandes de golpe, por abracadabra, con estadios construidos con varitas mágicas una y otra vez, enfrentándose al Eterno, uno que armó su estadio piedra sobre piedra, aguantando las décadas y décadas de burlas de quienes creían que “el hoyo de Pedrero” no se terminaría nunca, solo para inventarle mentiras cuando su reinauguración les calló bien la boca. Pasito a pasito, mírennos ahora. Partido a partido, de a poco, nuestra gloria tiene cimientos que cumplirán 90 años de orgullo.

No era, entonces, un partido para ganar a lo bruto, con cuchillo en los dientes. Era para mostrar clase y distinción. Tapó Villar, corrió Fierro, Suazo jugó el mejor partido desde su regreso, cantó la gente a la que una vez más le impidieron llenar la galería que hizo suya desde que Colo-Colo inauguró este mismo estadio allá por 1938.

¿Y Millaray Paz?

Las enfermeras no dejaban de tomarle fotos a su ropita del Cacique. Nunca se había visto algo así por estos lados, no al menos en la sede de La Concepción, donde se atienden cerca de 500 partos diarios. Ningún recién nacido con ropa de ningún equipo, comentaban enternecidas observando esos 3.690 gramos de inocencia con un indio en el pecho.

Y el padre, chocho, con el pecho más inflado que cuerpo de embarazada. Entendiendo algo que quienes lo rodeaban tal vez no comprendían en su total dimensión. Su hija entró a dar vuelta el partido. No sólo llegó con la marraqueta bajo el brazo. La trajo bien crujiente.

Pasó el Clásico y vendrá otro. Tarde o temprano perderemos, y alguna vez nos tocará caer en el Monumental, y nos vamos a levantar de nuevo. La hija, como todos los niños, nos regala esperanza. A ella, el padre va a tener que enseñarle paciencia y sabiduría para pelearle a las canchas inclinadas y a los vientos en contra. Eso es la grandeza, entender el tiempo en su inmensidad, ver más allá de lo que está encima. Ver toda la cancha, y no solo la pelota que está en los pies. Así nos enseñaron los jugadores, que nos entregaron un sábado hermoso y soleado, cantándole al Cacique porque hay en sus triunfos esfuerzo y emoción. Celebremos todos de Arica a Magallanes, pero no hagamos tanto ruido, porque hay que dejar dormir tranquilita a la socia más joven que tiene el club: Millaray Ortiz, la superclásica.

NEWSLETTER

Lo Último de en tu correo...

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo