Columna de la U: Salen los clubes, entra el abuso

"A los que llegaron a mandar en los clubes no les interesa entregar las facilidades mínimas para que la familia vuelva al estadio", dicen la Asociación de Hinchas Azules.

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La familia ingresando al estadio… que la imagen se repita y multiplique. Foto: El Gráfico Chile

Álvaro Valenzuela Pineda
Colaborador Asociación Hinchas Azules
Facebook: https://www.facebook.com/asambleahinchasazules
Twitter: @asambleazules

En el transcurso de los últimos años la sociedad chilena ha visto cómo su economía se ha ido situando entre las más liberales del planeta. Poca regulación y escasa capacidad de fiscalización han convertido a Chile en un verdadero paraíso para esos pocos que desean abusar de los consumidores, coludirse con la competencia, hacer cascadas ilegales y manejar información privilegiada que atenta directamente contra los mercados que ellos mismos dicen defender.

Ejemplos hay muchos: tasas de interés que en otros países rozarían la usura, trabas para encontrar sustitutos en productos básicos, calidad deficiente de la educación pública, un sistema de salud pública que no da abasto, sistemas de transporte ineficientes y empresas que cometen delitos de manera impune. Todo esto, a su vez, da a nuestra población la sensación de vivir inmersos en una serie de abusos constantes, y genera una desconfianza latente en los consumidores hacia las empresas que salpica incluso a las instituciones del Estado. Esta forma de concebir la economía ha permeado hasta los espacios sociales más íntimos, y entre ellos, el fútbol profesional.

En esa realidad ciertos empresarios se fueron apropiando de factores de producción, servicios básicos, medios de comunicación y, desde un tiempo a esta parte, de los clubes de fútbol, apoyados por una ley que no se entiende mucho cómo y dónde nació. Los grupos económicos más importantes del país arribaron con sus costumbres al Estadio Monumental, al Nacional o San Carlos de Apoquindo. Y lo anterior, sin entender que entraban a una cancha donde nunca habían jugado, que buscaban mantener un perfil que sería imposible de cuidar cuando el equipo en cuestión anduviese mal, y con una clara sobre exposición que les entregaba su nuevo cargo. En ese plano, encontraron una resistencia que existe hasta nuestros tiempos, un grupo de hinchas que veían impotentes cómo sus puntos de encuentro (clubes deportivos) de la noche a la mañana se transformaban o eran administradas por sociedades anónimas que tenían el total control de la situación; de un rato a otro los socios de los clubes perdieron todo tipo de derechos, todo el pago de sus cuotas, que incluso abarcaban muchos años, quedó en nada. Las directivas que asumieron por votación popular, no alcanzaron a terminar su mandato. Nadie gritó “agua va”.

Y así, lentamente, en esta realidad que lleva más de 13 de años funcionando, llegaron los abusos, avalados, obviamente, por quienes deberían regular la actividad (en este caso la ANFP). Pésima seguridad dentro de los recintos, constantes agresiones hacia los hinchas, malos accesos a los campos deportivos, mínima inversión en infraestructura deportiva (los estadios han sido inversión gubernamental), pésimos sistemas de venta de entradas y, lo peor de todo, ningún tipo de interacción con la comunidad. Estos nuevos administradores de los equipos de fútbol en nuestro país han tratado a sus seguidores de un modo en que no tratarían a los consumidores de sus otras empresas, o ¿acaso el señor Yuraszeck hubiese permitido en alguna entidad de su grupo un trato con tanto vejamen como sucede en el ingreso a un estadio para ver a la Universidad de Chile? ¡No! Por ningún motivo. Y no lo hubiese hecho por una razón muy simple: sabe que actuar de esa manera le significaría perder clientes. Pero en cambio, para ellos, desde su perspectiva, el hincha es un tipo irremediablemente fiel que no necesita ser cuidado ni respetado. Su amor incondicional no lo deja irse, no va a cambiar su equipo por otro (como sí podría cambiar Toyota por Ford). Es totalmente inelástico: no importa que se sobrevendan entradas (y que incluso no pueda ingresar), que no se le escuche ni se le permite agruparse, que no le aseguren un ingreso digno, un recinto protegido, un espectáculo a la altura (¿El Sernac me aceptará una denuncia porque mi club juega con equipo con suplente, hipoteca sus opciones al título y el abono sube cada año?) o que simplemente al momento de comprar una entrada el proceso siempre sea lento, ineficiente y poco seguro. Nada de eso le importa, él siempre estará allí. Los dueños del fútbol lo saben, y se aprovechan.

A los que llegaron a mandar en los clubes no les interesa entregar las facilidades mínimas (ni si quiera estacionamientos) para que la familia vuelva al estadio. Son los mejores para quitar bebidas o la leche de las guaguas de cuanto bolso quiera ingresar, pero son incapaces de impedir el ingreso de bengalas (que tanto parece incomodarles). Además, los medios de comunicación son sus cómplices en esta faena, porque se cubre mucho más la entrada de un bombo a una galería o unas bengalas encendidas, que los abusos a los que son sometidos los miles que asisten a los estadios cada fin de semana.

Hoy en Chile los abusos son denunciados por el mundo civil. ¿Dónde quedaron las instituciones encargadas de ese trabajo? Si no es por Hugo Bravo, nunca habríamos sabido lo de Penta; si no es por los estudiantes, no se hablaría de educación; si no es por los hinchas, nunca nos enteramos de lo denigrante que resulta ir al estadio. ¿Hay algún árbitro en esta cancha tan desigual? ¿Se puede seguir jugando así? Claramente no. Como un equipo que no da pie con bola, la única medida posible es clara: hacer cambios, pero ya.

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