Columna de Colo Colo: De la mano de sus socios

Es cierto, que millones de colocolinos sigan el mensaje de Esteban Paredes y su llamado a hacerse socios como él, tal vez no nos garantiza copas ni medallas, pero sí la posibilidad de ser nosotros mismos, su gente, quienes vayamos forjando nuestro destino.

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Sebastián Torres
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Final de la Libertadores, partido de ida, empate a cero. Final de la Libertadores, el local hace 3 y los abrazos calientan el invierno del Cono Sur. Final de la Libertadores, pero el Monumental no es el del ’91, sino el de River Plate. La fiesta es ajena. Trasandina, como tantas veces. Los Millonarios tocan el cielo después de haberse rostizado en las llamas de la improbable Primera B.

Nos tienen tan acostumbrados a mirar a Argentina para ver lo más negativo, que también se elige callar lo positivo, y seguir alimentando el engaño de que lo europeo es el objetivo a alcanzar.

Tal como River hace un par de temporadas, Colo-Colo ha vivido varias crisis. Tal vez ninguna tan grave como la de la banda sangre, con esa catarsis de 2011 que incluyó incendio y aprietes de barrabrava, pero lo suficiente como para que se instalara la caricatura de que los clubes de antaño eran casos condenados al fracaso, que debían ser redimidos por la eficiencia de nuestros brillantes empresarios.

No fue necesario regalarle el patrimonio cultural y deportivo de un país a los grandes capitales para que la Banda Sangre levantara cabeza. Solo fue necesario el respaldo de su gente. Muchos de ellos desde dentro de la cancha. Almeyda se retira cuando River desciende y asume como DT siendo una de sus primeras medidas la de hacer socios a todos los miembros de ese plantel para que supieran lo que significa el Club. Que se sintieran parte de la institución y no solo sus empleados a sueldo. Ante la debacle, River se debió levantar desde los cimientos, y los socios resultaron ser su piedra angular.

Tampoco hay que ser ingenuos. Los clubes argentinos nos muestran también todos los vicios de la democracia: los negociados, la corrupción, las conexiones con violentistas, el clientelismo, el caudillismo. Valores deportivos se han visto trastocados por dirigentes que ofrecen entradas y beneficios a las barras, grupos de choque que también negocian con los políticos de turno y con la policía.

Frente a la degradación de la democracia, el único antídoto es mayor participación. Solo la presencia, activa y pasiva, de los hinchas y socios de a pie equipara la balanza en urnas y tribunas. Lo vimos en Independiente, lo vimos en la hazaña de los socios del Ñuls de Marcelo Bielsa (que mandó una carta incentivando a la gente a votar) y hasta lo vimos en el proceso que sigue viviendo Colo-Colo. Hinchas a sueldo que, quizás por primera vez, ya no lograron amedrentar a los hinchas de verdad.

Y así, con tipos como Trezeguet o Cavenaghi que llegaron de Europa a levantar al equipo de sus amores, con hinchas que no fallaron, con socios que se hicieron cargo de sus destinos, el Club Atlético River Plate volvió a Primera, ganó el torneo local, luego la Sudamericana y hoy la más preciada, la más deseada, la más recordada: la Copa Libertadores de América. De la mano de su gente a lo más bajo, de su propia gente a lo más alto.

Ahora, ser Club Social no asegura éxitos. Estamos de acuerdo. En un país como el nuestro ningún modelo de administración nos conlleva automáticamente a logros internacionales, pero al menos nos haría bien dar por terminada la humorada de mal gusto de estas intervenciones tan tramposas, hasta fraudulentas. Estas estafas. El chiste de George Garcelon declarando que Colo-Colo sería como el Manchester United, las promesas de estadio de la chequera de Penta, la idiotez de Sebastián Piñera anunciando el regreso de la Libertadores.

Es cierto, que millones de colocolinos sigan el mensaje de Esteban Paredes y su llamado a hacerse socios como él, tal vez no nos garantiza copas ni medallas, pero sí la posibilidad de ser nosotros mismos, su gente, quienes vayamos forjando nuestro destino, ese de la inmensa antorcha que alumbra siempre con el mismo fuego.

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