Esteban Pavez Suazo

Esteban Pavez representa todo eso que nos identifica como colocolinos: la sencillez, el empuje, la pasión por nuestros colores.

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Por: Claudio Pérez  @cperezoso

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Resulta anecdótico que comparta su nombre con Paredes, y sus apellidos con el Piña y con Chupete. Hablamos del 8 de Colo-Colo. Un obrero sacrificado de nuestro mediocampo, nacido precisamente en un 1° de mayo, la fecha que conmemora a todos los que cada jornada se sacrifican en el trabajo.

Da gusto ver la simpleza con la que juega, su dominio del balón y su decisión de ordenar una zona que unos años atrás era el desorden por excelencia. Desde la partida de Meléndez y Sanhueza nuestro mediocampo era el fiel reflejo de todo lo que pasaba, no sólo en el terreno de juego, sino en toda la institución.

Esteban Pavez no nace futbolísticamente en Pedrero, como muchos piensan, sino en los pastos de uno de nuestros archirrivales, Cobreloa. Es más, llegó a ser campeón con la sub-15 naranja y alternó con el primer equipo loíno, pero su realidad estaba en otro lugar. Lo llamaron del Monumental y no lo dudó.

Tenía que ser un ídolo quién lo reconociera. Es Marcelo Pablo Barticciotto quien lo sube al primer equipo de Colo-Colo, tras ser campeón con la su-18 del Popular. Lo que viene después es la historia de los colocolinos. Esfuerzo, sacrificio, lucha, tesón, sencillez, constancia. Tuvo un periplo por la Segunda División del fútbol profesional, si así se le puede llamar. Jugó en Rangers, San Marcos de Arica, Unión Temuco, lugares donde desplegó todo su potencial, lo que le valió volver a su casa en 2013.

“Me ha costado estar en Colo-Colo. Siento que di la vuelta larga y lo que estoy logrando es por mi esfuerzo”. Palabras del día en que se consagró en el Club. Fue un clásico frente a la última vocal, un 10 de noviembre en que su gol abrió la senda triunfal en un partido que terminaría 3-2.

Mi hijo Matías ha crecido viéndolo jugar. Cree que es un caballero del mediocampo, por su forma, sencillez y simpleza para ver el fútbol. Pero también le gusta su garra y identificación con Colo-Colo. Mi hijo juega en su misma posición. Hace unas semanas, cuando el Oreja (como le dicen en el camarín) convirtió su primer gol del campeonato, me acordé de Matías, quien no me pudo acompañar al Monumental. Él quería ir al estadio, sabe que viendo jugar al 8 aprende más que en sus clases en la escuela de fútbol.

En la noche viendo los goles, me dijo, “¿viste que es ordenado y le pone?”. Y me quedó dando vuelta, por qué un jugador callado, sin cortes de pelo estrafalarios, ni tatuajes multicolores, ni líos de faldas y farándula puede generar esa identidad con los niños.

Simple. Esteban Pavez representa todo eso que nos identifica como colocolinos: la sencillez, el empuje, la pasión por nuestros colores. Los niños perciben de inmediato las cualidades de las personas. Por eso el Oreja se gana el cariño de quienes vibran viéndolo besar la insignia tras marcar un gol, mientras otros lanzan la camiseta al suelo. En el momento de mayor enojo porque las cosas no salían bien en lo deportivo, le tocó convertir y corrió desesperado a buscar con la mirada a su hijo en la tribuna, para señalarlo con el dedo y después besar la camiseta con la que se está erigiendo lentamente como un ídolo.

Personalmente creo que a Pavez le queda poco tiempo vistiendo la camiseta de Colo-Colo, por eso me alegra la racha goleadora por la que está pasando. Pero me quedo con el abrazo de todo el plantel hacia él. El Oreja es el equilibrio perfecto en ese mediocampo: es el desahogo de Pajarito Valdés, sin ser un patadura. “Papá, ser el 8 de Colo-Colo no debe ser fácil” me dice Matías, y claro que es difícil, pero Esteban Pavez Suazo parece destinado a dejar su nombre grabado. Siguiendo la senda de los 8 del pasado, abriendo el camino de los 8 que vendrán.

GRAF/GL

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