Columna de Colo Colo: Primera cita con la historia

"Por lo que viviste hoy, nunca más una semana de clásico será igual para ti, es un camino sin retorno".

Por

David Huerta

Miembro de la Filial Chamaco Valdés 

www.colocolodetodos.com
Facebook: Colo Colo de Todos

Siempre la semana de Clásico es distinta. El ambiente te recuerda al Cacique en cualquier momento: conversaciones de trabajo, estados de Facebook de tus amigos, las noticias, el grupo de Whatsapp de la filial. “¿Vieron que mañana salen a la venta las entradas?”, “pueden sacar solamente los socios al día”, “yo pude sacar”, “yo estoy en la fila, ¿quién viene en camino?”, “¿a qué hora nos juntamos en la plaza?”, “lleguen a la hora el sábado eso sí”. Es cosa de dejar el celular sin revisar un rato, para que cientos de mensajes te recuerden que no es una semana normal.

Pero para mí, esta es una semana particularmente especial.

David tiene cinco años. Desde que recuerda me acompaña al estadio y con cada campaña su atención va aumentando. Hace algunos campeonatos atrás lo único que le importaba era el inscribirse para patearle un penal al Señor PF. Pero en esta ocasión es distinto. Su primer Clásico lo motiva de una manera diferente. “Papá, si no juega Chupete, ¿quién va de centro delantero?”, “Papá, ¿Pajarito juega?”, “Papá, ¿a ti te gusta Vecchio?”. Son preguntas muy distintas a las que hace semana a semana, cuando está más preocupado de si le compraré papas fritas o maní, o cuántas mangas negro y blanco recibirá de las promotoras en la entrada de Océano.

Me impresiona que mi madre, a pesar de que siempre permitió que con mi hermano fuéramos desde niños al estadio, aún se preocupa demasiado cuando sabe que iré con Davicito. Sagradamente recibo de parte de ella y mi señora una lista de los cuidados que debo tener para que el “niño” no se vaya a insolar, quemar, aburrir, perder, escapar, caerse, cortarse, ser raptado y una infinidad de calamidades que solamente en el imaginario de ellas pueden suceder en el lugar más bello del mundo. Un lugar que con mi hijo sentimos como nuestro segundo hogar. En realidad el primero, ya que por motivos laborales, al cambiar de ciudades y casas, siempre he pensado que “El Arellano” tiene algo distinto. “En este lugar….soy feliz”, como dice un comercial argentino de fútbol.

Es sábado a las 9:30 y ya vamos rumbo al Monumental. Nos juntamos con unos amigos, hacemos un par de compras en el negocio de la esquina, y ya se siente el ambiente con algunas micros que pasan con los hinchas más puntuales o que desean tener una mejor ubicación. El traslado a Macul es relativamente corto, en 30 minutos estamos a punto de entrar. Con paciencia mostramos el carnet y credencial y esperamos el correspondiente pistoleo de código para revisar que no haya inconvenientes en nuestro ingreso, mientras rezo porque Davicito no tenga ninguna causa pendiente con la justicia o hasta ahí llega nuestro partido. Todo eso para pasar a tomar ubicación de cara a una nueva cita con la historia. La primera gran cita, en el caso de David.

El llegar dos horas antes de un partido te permite vivir bastantes detalles que en general uno no toma en cuenta cuando ingresas sobre la hora. Ya cerca de las 10:30 debería estar cerrándose el ingreso para hinchas de azul, más allá de uno que otro visitante que llega a Rapa Nui y recibe la cordial bienvenida del público albo. Para que pase el tiempo, no queda más que picar papel para mantener la atención de un pequeño inquieto, comprar bebidas para apaciguar el calor mañanero de octubre y, cuando quedan cerca de 20 minutos para el partido, preguntar con insistencia al pequeño acompañante si desea ir al baño. Y es que la idea es no perder ni un segundo clave con el frecuente “papá, pipí”. Una alarma que no es de gol, pero que sí amerita reaccionar rápido, tal como lo puede hacer Barroso frente a las embestidas de Benegas.

Ingresan los equipos a la cancha y gran parte del estadio estalla con humo, papeles, tronadores, mangas y cualquier cosa que puede acompañar la voz de los hinchas dando la bienvenida al equipo, mostrando el sonado fracaso de aquellas medidas tomadas por tecnócratas que desde un cómodo escritorio piensan que la alegría del pueblo puede borrarse por decreto. La cara de Davicito mezcla sorpresa y admiración, intentando ser parte de la fiesta al lanzar una y otra vez los globos que llegan a sus manos.

Primera llegada y Martín Rodríguez le pega por arriba. Garabatos y lamentos se escuchan en todas partes. “Los matábamos de entrada” es lo que más se repite. Al mismo tiempo un clásico axioma futbolero nos llama a la preocupación: “gol perdido en un arco se recibe en el otro”. Y no estuvo lejos de ser así. Machacaban los chunchos. Villar desvía un tiro de Benegas y pega en el palo, jugada que parece en cámara lenta. Nos salvamos. Siguen machacando. Hasta que pasados los 30 Esteban Paredes recibe, primero la pelota, y luego la criminal patada de un Osvaldo González que de seguro nunca más se lavará la pierna tras golpear a un ídolo de esta categoría.

“Papá, ¿le va a pegar Vecchio?” pregunta mi hijo y yo pienso en todas las veces que Emiliano se pone frente a la barrera y terminan en la esquina. Pero esta vez fue distinto. Se acomoda, corre y Beausejour la desvía. Golazo. Carnaval albo. Y abrazo con mi hijo, que me parece que ni lo vio, pero que sin duda siente la misma adrenalina que aumenta y recorre el estadio en un grito común hasta la silente galería Magallanes.

“Papá, ¿va a ganar el Colo?”. Es la pregunta de Davicito mientras nos la arreglamos para correr al baño, mojar el pelo y estar listos para aguantar los 45 minutos que vienen. No se si creerá que su papá puede ver el futuro, o simplemente espera un “sí” para ratificar su propia confianza en el equipo. “Ojalá” es mi única respuesta. Nada peor que crear falsas ilusiones en partidos de este tipo.

“Papá, Villar lo va a atajar”. Es la certeza con que David me intenta consolar, luego de varios minutos en que nos cascotearon el rancho, y que terminaron con una jugada enredada en el área que terminó siendo penal. Y su confianza tenía razón. Rubio perfilado, la trata de colocar en una orilla, y la mano salvadora de Villar la saca.

Seguimos uno a cero y parece que las celebraciones de todos los santos se aproximan, ya que el sector sur del Monumental se llena de almas en pena y muertos caminando. Más aún cuando minutos más tarde recuperamos una pelota en mitad de cancha, se va Pajarito, centro a Paredes, se viene, se viene, golazo, una vez más Esteban, una vez más, estamos listos, apaguen todo, cerremos el estadio, vamos abriendo las cervezas, prendiendo los asados, ya son 15 años, que pasen los minutos y la fiesta será completa. Y ese himno que 40 mil almas cantamos a todo pulmón todos juntos. Ese himno que sonaba incomparablemente hermoso en la voz y la garganta de Davicito, que se lo aprendió casi al mismo tiempo que la Cuncuna Amarilla y todas esas primeras canciones que les cantan en el jardín.

“¿Viste que me porté bien y no fui al baño mientras jugaban?”, me comenta. No le respondo pero pienso “Por lo que viviste hoy, nunca más una semana de clásico será igual para ti, es un camino sin retorno”.

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