Columna de la U: El codicioso errante

"La falta de rumbo está íntimamente ligada al espíritu del fútbol mercado. Los antiguos clubes, que tenían sustancia, que representaban instituciones y/o comunidades, hoy son aparatos que solo buscan resultados cortoplacistas"

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Por Daniel Albornoz Vásquez – Secretario Asociación Hinchas Azules

¡No todo está perdido! Aún estamos en competencia en la Copa Chile 2015. Queremos y añoramos dar la pelea hasta el final. Nadie puede negar que queremos levantar esa copa. Lo queremos por nuestro esfuerzo y constante aliento, lo queremos por los jugadores, especialmente los de casa, y también por los que se han identificado con el Chuncho y todo lo que conlleva.

Y vamos a estar ahí hasta el último partido del Apertura, no abandonaremos al equipo, porque no sabemos hacerlo. Pero, parece evidente, el Apertura 2015 no tiene futuro para los Leones. Estamos por debajo de la mitad de la tabla, tenemos la valla más batida del torneo, y en la cancha pareciera que el partido que se juega no fuera más que un entrenamiento obligado de fin de temporada. Al salir de la cancha vemos mucho desgano en nuestros jugadores. El rostro de Johnny tiene una inmensa tristeza, un dolor que plantea una pregunta sin solución, una inquietud no resuelta. La mirada de Pepe se esfuma en el pasto, tal vez con vergüenza.

Y claro, estamos a mucha distancia del puntero y tenemos la peor defensa. Las matemáticas no nos ayudan, y ni siquiera con calculadora en mano podemos alimentar la fe de ver campeón al Bulla este año. Sin esa meta a la vista, sin esa motivación, cabría preguntarse: ¿por qué luchar? ¿Para qué correr cada pelota, esforzarse en cada jugada?

Pareciera que no todo está perdido –queda la Copa Chile–, pero el rumbo, el rumbo sí que está perdido.

No es primera vez que nos toca una situación similar. Es más, el técnico inmediatamente anterior a Lasarte, el querido “Relojito” Romero, vivió un semestre en que el equipo también tenía extraviada la brújula. Era de público conocimiento que se trataba de un semestre de “transición”, en el que se sacrificó dos torneos (el de Primera División y la Copa Chile). El mismo Romero decía ante los micrófonos, estoico, que él se sacrificaba por la institución y su amor infinito hacia ella.

Lo que trasciende a este historial reciente de la administración Heller es la total falta de un proyecto deportivo. Perdón, futbolístico. Aunque duela, es verdad que hoy la “U” no es un Club Deportivo, sino tan solo un equipo de fútbol profesional. Y ahí está el meollo del asunto, no estamos representando una institución, sino solamente compitiendo por réditos. Futbolísticos o financieros, pero solo réditos.

Esto no solo se traduce en la poca importancia que revisten ciertos momentos del equipo, sino que también en la formación de los jóvenes valores azules. Sabía usted, lector, que en las escuelas oficiales de la “U”, las EFU, les está prohibido a los entrenadores enseñar la historia del Club, hablar de sus valores, contar de su lucha por llegar al profesionalismo o del primer título, relatar el proyecto integral que fue el Ballet Azul, o la hidalga lucha durante 25 años por obtener un título. No señora, señor, en las EFU se limita la enseñanza a los rudimentos técnicos y tácticos del fútbol, y por ningún motivo algo que salga del contrato y del origen del dinero de quien paga la actividad: se les enseñará fútbol. Un fútbol abstracto, sin valores, sin sustento ético, sin colores. Se les enseñará el fútbol negocio. Se les enseñará a ser mercenarios. O sea, de “U”, las EFU tienen la pura letra.

Y entonces la falta de rumbo está íntimamente ligada al espíritu del fútbol mercado. Los antiguos clubes, que tenían sustancia, que representaban instituciones y/o comunidades, hoy son aparatos que solo buscan resultados cortoplacistas.

Hubo una época, radicalmente distinta, en que nuestro equipo azul representaba a la Universidad de Chile. En aquella época se llegó incluso, absurdamente frente a nuestros mercantiles ojos del siglo XXI, a formar a los técnicos y entrenadores del Club. Qué idea aquella, esa de no salir a buscar entrenadores al mercado, sino formarlos en la misma institución. A Romero no lo formó Azul Azul, más bien lo sacrificó Azul Azul. Las personas hoy son una excusa del negocio y no los actores de un proyecto íntegro.

Esa identidad se ha ido rompiendo cada vez más. Durante décadas el capitán del plantel azul –el representante del espíritu del camarín– fue, por tradición, el más antiguo de los formados en casa. Imposible era imaginar que la jineta la llevara alguien que no estuviera empapado de la historia de la Universidad de Chile. Si bien hoy se cumple la antigua regla, es por casualidad. Se ha roto ya esa tradición en varias ocasiones, esa usanza con olor a romanticismo, ese romanticismo del que habla una vieja canción que siguen poniendo en los parlantes del Nacional cada vez que la “U” juega de local.

Hubo una época en que el color de la “U” en la camiseta significaba algo. La “U” roja estaba reservada para representar en el profesionalismo a la Chile: los equipos de las facultades jugaban con la “U” blanca. Era una marca distintiva que ponía todo el simbolismo de la representación institucional en el pecho. Hoy esa “U” roja ha estado sobre telas de color amarillo flúor, naranjo flúor y colores que de la “U” no tienen nada.

Hubo una época en la que, al saltar a la cancha, jugadores como Carlos Campos, que en las tardes de la semana trabajaba como funcionario de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, salían con todo un espíritu detrás, con toda una carga emocional y racional en representación de la Universidad de Chile. Así, fuera cual fuera el resultado, difícil era imaginar ver las miradas extraviadas de los jugadores.

Hemos sacrificado nuestra identidad, hemos negociado nuestros valores, y si bien hubo un afortunado y aplaudido acierto con un Sampaoli y un Edu Vargas, hoy estamos a la merced de un golpe de mala suerte que desnuda la ausencia total y completa de un proyecto íntegro. Hoy podríamos decir que la senda del romántico viajero se transformó en los desesperados pasos de un codicioso errante.

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