Boxeo: El peruano al que le cantan "vamos chileno" quiere triunfar

Llegó con 9 años a Chile, recibió una golpiza a los 13 y por eso decidió ser boxeador. Le dicen Pac-Man y ha peleado 4 veces como profesional.

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Pac-Man en acción con las banderas de Perú y Chile en su pantalón. Foto: Juan Velásquez

Por Eduardo Bruna

Liner pelea con el apodo de Pac-Man y las banderas de Perú y de Chile estampadas en su pantalón. Al público que concurre a los combates del Club México eso no le importa. Huamán es, para ellos, otro peleador más surgido de esta tierra y el “vamos, vamos chileno, que esta noche tenemos que ganar…” resuena potente y sin segundas lecturas. Como el pasado viernes, en que  en su cuarta presentación como profesional venció por puntos al argentino Claudio Ernesto Suárez.

Es que Liner se ha ganado el corazón del aficionado al boxeo. Un poco por sus triunfos (dos de ellos por la vía rápida), pero más que nada por la forma de ser de este peruano, que no discrimina porque nunca se ha sentido discriminado, a pesar de la golpiza que recibió a poco de llegar a Chile y que gatilló su decisión de hacerse boxeador.

“Es que no me pegaron por ser peruano. Me pegaron simplemente por estar en el lugar y el momento equivocados. Creo que los dos volados que me dieron ese día habrían hecho lo mismo con cualquiera si no se hubieran topado conmigo”, cuenta sonriendo sin asomos de rencor Liner Huamán.

Le pidieron dinero y no tenía. Con apenas 13 años, Liner era en ese parque donde se encontraba un niño más tratando de divertirse sin un peso en sus bolsillos. Los drogados, mayores que él,  lo agarraron antes de que escapara y le dieron una paliza inclemente. Ese día, con el cuerpo lacerado y el orgullo herido, decidió que se haría boxeador.

Cuenta Liner: “Tenía un amigo con el que jugábamos al fútbol que venía al Club México a practicar boxeo y siempre me invitaba a que me le uniera. La golpiza me decidió a acompañarlo. Pensé que si otra vez quisieran pegarme, esta vez yo sabría cómo defenderme”.

Su historia es similar a la de los aproximadamente 90 mil peruanos que en los últimos años han ingresado a Chile. Recuerda Liner: “Yo tenía como siete años, aproximadamente, cuando producto de la mala situación económica en el Perú mi madre, Alejandrina Huamán, decidió venirse a probar suerte en este país. Ella llevaba todo el peso de la casa, pero llegó un momento que no pudo hacer más. Yo soy el mayor de cinco hermanos, pero a mi padre nunca lo conocí y por eso no uso su apellido, Valerio. Prefiero el Huamán, de mi madre, porque sólo a ella mis hermanos y yo le debemos todo”.

Solo en Pativilca, uno de los cinco distritos de la provincia de Barranca, a 3 horas de Lima, el pequeño Liner quedó a cargo de una amiga de su madre. Vivió llorando y extrañando, hasta que al cabo de dos años la señora que estaba a su cuidado le dijo: “Nos vamos a Chile. Tu madre mandó a buscarte”. Corría el año 2001…

Le dijeron Chile como pudieron darle cualquier otro punto de destino. Ignoraba dónde lo llevaban, pero iba feliz. “Es que mi mamá, para entusiasmarme, me dijo que me tenía harta cosas, entre ellas una bicicleta y un play station. Por supuesto que cuando llegué no había nada de eso, pero no me importó. El volver a estar con mi madre colmaba mis expectativas“, cuenta Liner.

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Dice que al principio fue duro.  No entendía nada de lo que hablaban los chicos de su edad y ellos tampoco lo entendían a él. Producto de esa incomunicación, más de una vez se ganó un “peruano culiao…”. Hasta un par de años de estudios perdió, pero tras un dificultoso paso por el George Washington, del barrio Independencia, terminó su enseñanza básica en el Camilo Mori y su enseñanza media la cumplió en el Liceo Industrial Vasco Núñez de Balboa. Ahí aprendió durante dos años mecánica automotriz, pero nunca pudo hacer la práctica. No sería la última vez que vería frustrarse sus estudios.

“A principios de este año ingresé a estudiar Educación Física a la Universidad SEK, pero ya en mayo tuve que abandonar. Con un hijo pequeño, León Jean Pierre Valerio, no me alcanzaba para pagar la mensualidad”, dice Liner.

Confía en volver alguna vez. Señala: “En este país es posible estudiar si hay dinero para pagar esos estudios y eso es algo que yo quiero aprovechar. Me encanta boxear, me divierte, pero también quiero tener una carrera profesional el día de mañana”.

Que hay un boxeador peruano que se abre paso en Chile es algo que en Perú ya se sabe. El caso de Liner Huamán es objeto de preocupación de la prensa limeña y hasta un programa de televisión, Panorama, mandó un equipo para entrevistarlo.

El no reniega de sus orígenes, pero dice que “sentir que cuando peleo la gente me canta ese vamos, chileno, me llena de orgullo y de agradecimiento. Si alguna vez peleo un título, que me presenten como peruano-chileno o chileno-peruano. Me da lo mismo. Quiero a mi patria, pero también a este país que me ha acogido a mí y a miles de compatriotas. Mi hijo es chileno, y dos de mis hermanas menores, Alejandra Stefany, de seis años, y María Jesús, de dos, también son chilenas”.

Aunque con apenas cuatro peleas en su trayectoria, Huamán podría emular el extraño caso de Héctor Hugo Rambaldi, un argentino que se avecindó en Chile y que se ganó el corazón del aficionado nacional, que lo consideró uno de los suyos cada vez que se subió a un ring.
Simón Bolívar podría sentir, después de todo, que su sueño de una América Latina unida no era equivalente a arar en el mar.

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