Reventa, himno pifiado y "colmando River": la travesía de La Marea Roja que llegó por primera vez como campeona a Argentina

La hinchada chilena tuvo una jornada larga en Buenos Aires, disfrutando en la previa y sufriendo en el partido, pero siempre alentando a La Roja. Crónica del esfuerzo de todos los hinchas que llegaron con toda la ilusión y se fueron con una mezcla de sensaciones.

Por Javier Rios

Javier Rios Rodriguez, enviado especial a Buenos Aires

Desde muy temprano, miles de chilenos peregrinaron al hotel Hilton, en el lujoso barrio de Puerto Madero de Buenos Aires y lugar de concentración de la selección chilena. Allí se había planificado -durante un multitudianario Banderazo- que sería el punto estratégico, donde los hinchas tendría a su disposición 30 buses para llevarlos directamente al estadio Monumental de River Plate con un sueño por cumplir: ver a La Roja en el encuentro contra Argentina.

Entre los acostumbrados "Ceacheí" y los cantos contra Lionel Messi, la tranquilidad reinaba en una Marea Roja confiada y que por primera vez llegaba como campeón de América a tierras trasandinas. Era el inicio de una verdadera travesía rumbo al barrio de Nuñez.

Fanáticos llegados desde lugares tan alejados como Lota, Antofagasta, Concepción, Temuco, La Calera, Iquique, Valparaíso u Osorno eran sólo una muestra de la diversidad de fanáticos que pagaban 100 pesos argentinos para subir a las micros, dirigidos solemnemente por Mario Moreno, el Chapulín, líder de una, hasta ahí, ordenada hinchada chilena.

El optimismo reinaba, mientras el tiempo pasaba y las cervezas se iban rápidamente, y algunos murmullos escondían los ruegos por comprar una entrada, que conforme se acercaba el partido se multiplicaban.

"Entraremos como sea", decían unos amigos llegados sobre la hora a Buenos Aires desde Santiago. Mientras en la misma plaza otros lamentaban haber comprado unos tickets falsificados por mil pesos argentinos (unos 42 mil chilenos).

Los que tenían su boleto asegurado, por su parte, caminaban confiados y anunciaban un triunfo histórico de Chile. Entre ellos, después de más de una hora de espera, nos encontramos con un grupo muy particular. José Luis Reyes, José Luis Escobar, Juan Gajardo y Luis Castillo, que viajaron desde la novena región, más 1800 kilómetros por tierra, para cumplir el sueño de toda una vida que lograron materializar con mucho esfuerzo: "Lo tenemos planeado desde hace mucho tiempo, es muy emocionante poder ver a la selección por primera vez en el extranjero. Tenemos 55 años y vale la.pena todo el esfuerzo para alentar a la roja", decía Reyes, líder de la expedición.

Una muestra de la pasión de esta hinchada. Así como ellos, cerca de 8 mil fanáticos dejaban atrás los colores de sus equipos y se sumaban a la barra roja que era guiada por las calles de buenos aires por un celoso operativo policial.

Además de aprovechar de conocerse. Como la animada tertulia entre 11 amigos de Concepción y cinco de Arica que compartían la pasión de La Roja y las cervezas que unos 10 vendedores no paraban de acercar. Además concordaban con los vaticinios, anunciando unánimemente un triunfo: "no importa de qué lado vengamos, todos lo hicimos con esfuerzo para ver a La Roja", decían felices.

De repente, la conversación dio paso a la desesperación. Una tediosa espera de más de dos horas adentro de los buses hacía sudar a los fanáticos y buscar explicaciones, mientras no paraban de cantar con el "bicampeón, dale bicampeón", como nuevo libreto de cabecera para la barra.

A las 17:50 horas comenzó a avanzar la caravana, paralizando a todo Buenos Aires, que veía sorprendida la no muy amigable hilera de insultos de los chilenos que no dejaban de sacar en cara las dos copa América conseguidas frente al tradicional rival, en cada esquina en que los buses paraban.

El descontrol subía con el ánimo de acercarse a la cancha de River y los choferes hacían lo imposible para controlar a la masa llena de algarabía. El "llegó papá, llegó papá" acompañado de signos de "segundones" fue tomado con gracia por los locales que respondían con similar tono violento, aunque todo en un ánimo tranquilo.

Ya fuera, en las cercanías del estadio, los gritos se intensificaron. Mucho más en la espera de media hora para ingresar a la tribuna Centenario. Los que pudieron. Porque un par de fanáticos con prohibición de entrar a recintos deportivos se quedaron afuera, así como un par de desafortunados que cayeron en la trampa de la falsificación.

La hinchada llenó, pero sufrió en el Monumental de River

Fue histórico. La Marea Roja batió record de asistencia chilena en el extranjero por Clasificatorias con 8 mil personas en la tribuna Centenario, que finalmente abrió dos sectores para contener todo el ímpetu de los fanáticos rojos.

Hinchas que rompían la voz cantando por La Roja. Eso hasta que los equipos salieron a la cancha y se entonaron los himnos. Las pifias a la canción patria tornaron las caras de felicidad en indignación, más aún cuando la mayoría del estadio empezó a gritar un "poronponpón" ensordecedor.

De todas formas, el espacio rojo en el Monumental de River fue una fiesta, especialmente en la previa cuando personajes característicos de la televisión, como Miguelito, captaban la atención.

De ahí  directo al mal rato futbolístico, con un gol anulado a José Pedro Fuenzalida y el balde de agua fría con el dudoso penal que cobró el arbitro Sandro Ricci y que se transformó en el gol de Lionel Messi, desatando los insultos de los fanáticos.

El entretiempo invadía de dudas a La Marea Roja que comenzó un intercambio de proyectiles con la tribuna argentina más cercana, en el único amago de violencia de la jornada que fue calificada por la policía como "muy tranquila. Los hinchas chilenos estuvieron impecables".

Chile mejoró en el segundo tiempo, los forofos se pusieron de pie y apreciaron el juego de Alexis y compañía. Se agarraron la cabeza con el tiro libre en el travesaño y ahogaron el grito de gol con las llegadas del Nico Castillo.

El final fue para gritar de rabia. Chile estuvo cerca y los chilenos que comenzaron una larga espera para dejar el Monumental de River lo sabían. Se preguntaban entre sí el ¿Cómo? y el ¿Por qué? de qué esas pelotas no hubieran entrado.

Para comenzar una caminata, copando nuevamente la noche de Buenos Aires, con una mezcla de sensaciones: la amargura de la derrota y el placer de haber alentado durante todo el día a un equipo que fue al frente hasta el final. La paradoja de esta nueva Marea Roja, esa que hizo historia en Buenos Aires y que promete seguir alentando a un equipo que sueña en estar nuevamente en un Mundial.

 

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