Columna de Copano: "Lollapalooza: el divorcio"

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El crítico de cine Gonzalo Maza en Twitter planteó tiempo atrás que “El Abrazo”, donde se reunieron artistas chilenos y argentinos clásicos, era el último festival de una generación de consumidores de discos físicos.

Lo que el sábado y domingo sucedió fue una serie de puñaladas a los viejos referentes de consumo, los que hace años no se renuevan y cuando lo hacen pasan vergüenzas y generan altas tasas de rechazo.

A la vieja lógica de “los jóvenes quieren esto…” y “existen bandas masivas y de nicho”, ya nada de eso existe. Estamos en un mundo donde a un click de distancia estan los creadores, los consumidores y no existe más intermediario que la voluntad de escuchar y experimentar.

Cuando Carabineros va y “lumea” a una tropa de hipsters furiosos esperando ingresar a un escenario en el que hasta la productora sospecha que “entraron 2000 personas” es que hay un ítem informativo que anda mal.

¿De quién fue la culpa de eso? Podríamos apuntar a varios. Lo que sí está claro es que hay pega muy mal hecha. Y hay una exponencial negación de la realidad que la red se está comiendo. La cobertura fue infinitamente superior desde todo punto de vista en YouTube con gente común y corriente subiendo videos desde todo lugar posible contra cualquier emisora local.

La duda es si la posta de poder contar eso lo harán los tradicionales de siempre, anquilosados en su angustia de ver pasar el tiempo y no envejecer jamás o los anunciantes pondrán sus “lucas” donde se deben: en esos blogs donde las audiencias respondieron y las experiencias hoy se plasman en los comentarios

¿Cuál fue la forma más digna de informarse y educarse respecto a ir a un festival internacional? ¿Algún canal lo hizo?

Para mí, la respuesta es Google. Como los medios juveniles han sido desmantelados por la ambición de no querer cambiar, del statu quo, y con ello han destruido marcas enteras, al final fueron los blogs y Twitter las vedettes de la jornada. ¿Y quiénes construyen ese contenido? El público objetivo.

Lollapalooza fue un gran parque de diversiones, en el cual la distribución de los datos sobre qué se podía hacer o el cómo asistir preparado no estuvo a la altura. Ese es el gran desafío de Lotus como productora: lograr tener sus propios canales de comunicación sin depender de un formato tradicional.

Fuera de eso, el precio pagado estuvo a la altura: lo que había que hacer era ir preparado para descansar, caminar, disfrutar, mirar chicas, reírse en grupo y pasar 48 horas completamente libres y lejos de preocupaciones. Incluso la audiencia se comportó de forma excelente: los incidentes tienen relación a algo estructural que será probablemente modificado el año que viene. Los shows nacionales no desencajaron para nada con lo que sucedía con los globales. Muchos incluso (Chico Trujillo, Javiera Mena) estuvieron sobre el nivel de lo que pasó con 30 Seconds To Mars, que pareció más una fiesta de “Cachureos”.

Otro drama: la señal de celulares. Lollapalooza en vivo, por Twitter y Facebook, multiplicando datos por stream se hubiese transformado en una gran patada en la cara al mundo. Un neowoodstock de consumidores móviles. Eso es la gran posibilidad de un festival gigante de estas características al sur del planeta.

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