Columna de Copano: "Manual para detener a la policía mental de Chile"

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Quizás el título de esta columna le suene orwelliano, pero los sucesos de la última semana no me permiten escatimar en la siguiente lectura: estamos rodeados. Hoy Chile, con importantes tasas de infelicidad tiene a muchos perros bravos dando vueltas. La gente critica siempre y siempre alegra saber que hay personas que no estén de acuerdo y planteen su punto de vista: alimenta la realidad y genera una mejor sociedad para todos. Pero si hay algo que me tiene aburrido es la lógica que tenemos que parar en seco y de una vez por todas: la de los policías mentales.

Son policías mentales los que creen que manifestarse es “peligroso” y radicalizan todo en un asunto de “comunistas” y “fachos”. Son los que quieren limitar la dialéc­tica y reducir todo a un conflicto inmediato sin antes proceder a conocerse y entender las posiciones. Son los que caricaturizan a su rival, tachándolo de enemigo sin compasión. Son los guardias que siempre se instalan a mer­ced de proteger intereses que ni siquiera les dan un beneficio, con la expectativa de recibir migajas. No quieren entender, no quieren conversar: su verdad es el desprecio ante la libertad y el derecho de expresarnos e informarnos mejor.

La policía mental vive en cada ciudadano que razona en medio del prejuicio. No es exclusivo ni de progresistas ni con­servadores: quiere regular la vida de todos. Quie­re con­trolar el “qué se tuitea y cómo se tuitea” y cómo y con quién te acuestas con una liviandad alucinante. Asocia responsabilidades morales donde no las hay, exagerando y conducien­do todo a un abismo inaceptable donde sólo termina todo en puteadas. No son adolescentes siquiera: son niños que quieren quitarle el dulce al otro y romper el juguete.

Espero que Carabineros no se ofenda con el uso del término, pero hay que decirlo: pacos que salen con ani­maladas tales como “quién la mandó a protestar a esa chica que casi pierde un ojo con una lacrimógena” no sólo merecen nuestro desprecio ciudadano, por mal usar los teclados y dejar marcada en la gran pared virtual su odio hacia el otro. No contribuyen al país, sino a la ignorancia y al miedo.

Este país vivió muchos años construido bajo los pre­ceptos de esta gran organización sicológica, una trampa en la que cayeron nuestros padres: la de la medida de lo posible. La de la prudencia. La de no mirarnos a los ojos y conocernos, por temor a “ofender” cuando no quisimos conocer al otro, solucionar a través de la verdad y considerarlo un igual. Eso sí que es una falta de respe­to: es considerar al otro un monstruo, un distinto. Y ese es el catalizador que he­mos visto en estos días, esa es la verdade­ra enfermedad de nuestros tiempos, en una sociedad que a veces siente rabia y lata con mucha razón: aún estamos dentro de un baile de los que sobran. Aún no integramos a todos. Aún nuestra manera de definir nuestro éxito está basada en cuánto tenemos en el bolsillo y en la construcción de proyectos más individuales que colectivos. Y muchos perdieron tristemen­te los sueños, culpa de esperar un premio que no llegó, que esperaron pacientes: ese es el gran dolor que produce creer que al final el desarrollo es una cosa de monedas, y no de sonrisas.

La policía mental debe ser esquivada, igno­rada esta vez. Debemos continuar buscando el diálogo y la información libre y tenemos que exigir como miembros activos un poco de adultez. Nuestros líderes políticos reales, quienes votamos en democracia y no sus empleados (como el señor Fernández) deben convencernos y llenarnos de un relato que hoy no existe, y que si está ahí tiene la emoción pasajera de sacar dinero de un cajero automático y darse cuenta que aún quedan unos pocos pesos para saciar un rato.

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