Columna de Juan Manuel Astorga: "Historias de sexo"

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Había pensado volver a escribir sobre el “cli­ma enrarecido” que hay en el país, a propósito de las movilizaciones ciudadanas. Co­mo suelo hacerlo casi todos los jueves en la tarde, figuro instalado en un café con mi computador soltando las primeras líneas de mi columna. Estoy en eso cuando inevitablemente oigo la conversación que dos mujeres sostienen en la mesa de al lado. Escandalizada, una le comenta a la otra lo impactada que quedó al encontrar en el computador de su casa el pendrive de su hijo adolescente cargado con pornografía. “Estoy shockeada. Mi hijo es un asqueroso”. Así, con esa frase, la desconsolada madre resume el sentimiento que sacude su mundo.
Afino mi oreja. Aventurada a descubrir en qué clases de “perversiones” estaba sumido el chico, la mujer le cuen­ta a su amiga que examinó el computador al nivel en que la CIA revisó el de Bin Laden. Para su mayúsculo desagrado, dio con el archivo de conversaciones que el adolescente sostuvo por Messenger. Varias contenían in­tercambios explícitos de historias sexuales. Ciertas o in­ventadas en la fantasía del púber, a esas alturas ya da­ba lo mismo. La madre estaba a un paso de derrumbar­se. Hasta que dio con el historial de las páginas vi­si­ta­das. “Me quise morir. Mi hijo necesita siquiatra”. Sentado en el café, sigo escuchando sus frases y no sé cómo explicarle que la crisis que la tiene a punta de antidepresivos no es más que la sobredimensión de un tema que le es ajeno. Pienso acercarme y decírselo, pero probablemente se desmaye de la vergüenza. Decido entonces borrar las pocas ideas que había alcanzado a escribir sobre las protestas para internarme en las razones de la tragedia griega que ahoga a la avergonzada madre. Quizás leerá esta columna y en algo aplacará su incertidumbre.
Me meto a Google y busco. No pornografía (porque no es momento ni el lugar, obvio) pero sí información sobre el porqué de tanto escándalo. Nada nuevo que no le haya pasado a otras mamás. La pornografía existe desde tiempos inmemoriales. En los templos hinduistas de hace más de 2.500 años, los decorados muestran parejas en pleno acto sexual. Pero, claro, la tecnología todo lo potencia.
Ya había leído hace algún tiempo que el sexo virtual, la manera moderna de tener relaciones, está hundiendo la venta de preservativos en Japón. De 737 millones de condones en 1980, el 2010 se vendieron sólo 420 millones. La facilidad de acceso y el anonimato que permite Internet, ha conseguido que se den cita tras la pantalla todas aquellas personas que quieran soltar las riendas de sus pasiones secretas y fantasías más o menos prohibidas en el mundo real. Unos desde su casa, otros desde los cibercafés y más de los que se pueda pensar desde su trabajo, la universidad o un café (insisto, no es mi caso, hoy al menos) entran cada día a las múltiples páginas buscando las codiciadas imágenes. Las posibilidades se extienden a todo lo imaginable porque, incluso, gracias a las webcams, se puede tener sexo virtual. Interesante manera de mirar cómo han cambiado las maneras que los jóvenes se relacionan.
Dicen todos los estudios que hoy se inician más temprano en su actividad sexual. Pero no sólo eso. Experimentan. Y así como lo hacen a través de Internet, también ponen en marcha prácticas que antes era imposible ver y que hoy están presentes en las esquinas de algunas discotecas.
Ya no es extraño encontrar en una fiesta, al calor de la música, de varias piscolas y poca luz, jóvenes practicando sexo oral. Los que defienden ese tipo de contactos aseguran que es más seguro, minimiza el contagio del Sida y para una parte de las nuevas generaciones, el sexo oral o el cada vez más común sexo anal no significa perder la virginidad. Incluso más allá de eso, se ha vuelto menos escaso hallar jóvenes del mismo sexo en esas y otras actividades sexuales. ¿Una moda? ¿Están definiendo su orientación? ¿Una conducta sólo de borrachos? Quién sabe. Nadie tiene aquí la última palabra porque el fenómeno está recién siendo analizado por los expertos.
Mientras las autoridades todavía no logran ponerse de acuerdo sobre cómo educar a los jóvenes en materia sexual; mientras los padres -cada día mas ausentes- siguen haciéndose muchas veces los locos y no abordan el tema con sus hijos, mientras seguimos discutiendo sobre qué tipo de campaña tenemos para el uso del condón, resulta que en la práctica los jóvenes salen sin su preservativo a buscar y conocer como puedan, lo que nadie les ha querido explicar. Es abismante y anacrónica la diferencia entre las teorías sexuales de los adultos y la práctica del día a día de los adolescentes.
Que no se olviden los más viejos que, cuando jóvenes, también fueron románticos, amantes del riesgo, desafiantes y con ganas de experimentar. Eso incluye, de seguro, a esta sufrida mujer sentada cerca mío. 

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