Columna de Copano: Mientras el Gobierno te monitorea

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La crisis es de confianza. Estamos en un país donde cumplir un sueño siempre es a patadas. Donde la clase media está acogotada y donde los compromisos no se cumplen: si no, pregúntenle a los deudores de La Polar, a los padres que pagan los créditos de sus hijos para la educación superior, a los que se sienten defraudados del comportamiento de encubrimiento de la Iglesia Católica, de los que votaron la idea del empresario porque íbamos a estar mejor a cargo de un gran gerente. Idea que sería buena si tuviésemos claro los roles de una sociedad realmente libre: los empresarios deben, por misión, generar plata. Y eso no tiene nada de malo. En cambio los gobernantes deben proteger las cosas que provocan beneficios en la gente y eso no es necesariamente un negocio. Como acá los políticos y los empresarios son lo mismo, la gente mete todo al saco. Y eso es un flaco favor a ellos mismos: están generan­do un “caldo de caudillo”. La popularidad de los políticos, concerta­cio­nistas y de la alianza es bajísima. Hoy cualquiera que se ponga las pilas, googlee las necesidades de la gente y tenga poder de oratoria podría ser Presidente. ¿Culpa de quién? De no escuchar ni atender los intereses de la población. Los intereses de los jóvenes que quieren emprender y que la competencia sea justa, de las familias que no quieren vivir pagando todo y quieren jubilar dignamente sin que jueguen con sus fondos como en un casino, de la clase media que siempre se tiene que salvar sola, de los que desean libertad personal y protección social en su vida privada.

Mientras el Gobier­no monitorea Twitter y Facebook, el desconcierto de nuestra clase dirigente es evidente y hasta comprensible: durante años a través de los medios de comunicación tradicionales pudieron generar un discurso sin matices, cuya contraparte eran ellos mismos (hasta el debate es binominal) y donde las voces disidentes eran acalladas y caricaturizadas a tal punto que convencieron a la audiencia que tener voz engolada y mirar la realidad desde un podio moral era sinónimo de serio y creíble. Diarios, canales de televisión y radios fueron parte de una estructura de dialogo unilateral que hoy se prende fuego. Ahora somos nosotros, los ciudadanos los que imponemos la pauta y es fácil vigilar al vigilante. O sea, cuando un reportero con ansias de cariño trata de “hablar por la pobre gente que sufre tanto” la gente en las redes sociales demuestra con números y hechos por qué ese texto encubre que en realidad sintamos miedo de tomarnos el espacio público para decir lo que realmente nos importa.

Quienes componen nuestro Gobierno conocen tan poco a la gente de a pie, sus dramas, sus deudas, sus sueños y deseos de mejorar su calidad de vida, que antes de hacer gira, de visitar los lugares, de dialogar de cara al país, prefieren monitorearlo por Twitter. Y eso es avergonzante. No es indecente monitorear información publica online (usted lo puede hacer por icerocket.com o Google, mal que mal lo que se pone en Internet puede ser visto por cualquiera) si no que un Estado juegue al concurso de popularidad con eso y no sea claro en que ese material no tendrá fines punitivos mientras se habla del ítem. ¿Cómo quieren que se piense que este no es un estado orwelliano si ellos mismos no aclaran lo que compran? ¿Acaso estamos en un tiempo donde los políticos viven un “American Idol” y el más votado es ascendido? Díganme a qué número voto para nominar a varios de la casa estudio en el centro, por favor. Quiero que gane el sentido común. Y todavía no hay ningún partido que lo represente, por desgracia para ti y para mí.

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