Columna de Copano: ¡Quiero mi patria a-ho-ra!

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Qué pasa por la mente de quien cree que el discurso social es suyo? Primero, creer. En eso basa su seguridad. Puede ser en Dios, en el dinero o en cualquier relato que se mantenga a lo largo de la historia y le entregue un beneficio directo. Algún resquicio en la memoria que lo sitúe por sobre una clase social o un grupo de personas. Un derecho adquirido y porque sí.

Lo segundo es que para muchos de ellos todo tiene un motivo: los pobres para muchos son así porque son flojos. Nada de injusticias: “Eso es envidia”, te dice el que cree siempre tener razón. Y no es así realmente: nuestras diferencias del más rico al más pobre crece cada año y nadie se pone en el lugar de la gente. Nuestra calidad de vida depende de donde nazcas sin tener derecho a igualarte. Y todo se ha reducido a un debate económico donde “hay que estudiar lo que dé plata” y la realización personal se corre a un lado.

Pienso en los que creen que salir a protestar es perder tiempo. En los que buscan caricaturizar marchar u opinar. Me pongo en esas mentes porque también son humanos y de seguro piensan fehacientemente que hacen eso por el bien de todos. Pero están equivocados y está bueno debatirlo sin susto. Muchos creen que quejarse de los actos ajenos libres es algo por lo que hay que militar y que eso les va a dar un beneficio ya sea divino o económico. Que Dios les va a tirar una miga. Pienso en los que te dicen “ey, está bien mear la estatua peruana, porque ellos mean la catedral todos los días” y hablan de su bandera y su pertenencia cuando no son capaces de levantar un dedo por la privatización de playas a vista y paciencia de todos.

Esas voces han sido mayoría en nuestros medios y en nuestro diálogo diario durante muchos años. Se les ha escuchado respetuosamente mientras nos faltaban el respeto a todos con sus risas grabadas. Ellos ahora no la están pasando bien: Chile perdió el miedo. Está aburrido de creer en el modus operandi que genera esclavos mentales. La familia llena de créditos universitarios cuyos vástagos no pueden arriesgar nada y se llena de rabia mientras lo educan en la esperanza de superarse. Ahí hay algo de lo que algún grupo de personas debería hacerse responsable de una vez y sacar rápido una solución si no quiere prenderse fuego.

Vemos todos los índices arriba, pero la felicidad está abajo. Realizarse, amar, entretenerse se ha reducido a miedo a perder todo. Y es que este país es caro y poco amable. Y si quieren verlo en sus parámetros y reducir todo a la calidad del servicio acá nos están escupiendo el almuerzo todos los días.

Por eso me alegre en la marcha de la igualdad. No porque sea una caricatura, como algunos buscan del nuevo término de lo “políticamente correcto”, si no porque vi muchas familias y grupos de amigos de todo tipo de composición caminando tranquilas y diciendo “sí, la protección social de los que quieren tener familia y vivir en pareja debe ser garantizada, más allá de sus características”. Y eso es lo que debe pasar. Es lo lógico. Si me van a vender banderas, todos los 18 y partidos de fútbol de la Copa América garantizándome que pertenezco a una patria, por favor, que sea para mí y los que me rodean en derechos. No para los designios antojadizos de quienes creen que nuestras vidas son piezas de ajedrez de un gran sistema de pago en los que siempre se puede hacer jaque mate a nuestra libertad personal.

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