Columna de Copano: "Solos contra la ciudad"

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La caída de Chile frente a Venezuela el domingo fue un golpe bajo para todos. Además de nuestra salida frente a una Copa América que por primera vez sentíamos tocar como una posibilidad real, con la mejor selección en 40 años en la cancha, se sumaron esos tres palos groseros que nos alejaron del sueño y ese corte de luz extraño en la cancha. Fue una sucesión de hechos inesperados que sacaban nuestra mirada de algo grave que acontecía: la locura en la cabeza de Ismael Huerta provocaba una matanza en el Metro de Santiago. Nuestro propio Columbine desmedido y grabado en una cámara de seguridad, con la mirada impávida del asesino se esparcía como rumor en celulares con acceso a las noticias de último minuto. El Metro de Maipú era epicentro de una locura que acontece en rincones más lejanos que éste.

Quizás ya perdimos la inocencia. Ya no somos la fantasía de la copia feliz del edén. Este invierno no sólo congela las manos y los pies, sino también cerebros que hieren y declaran la educación como un bien de consumo y publican que Chuck Norris interpretará a un ministro chileno. En el mismo año en que asumimos que el lucro en la educación era real y legalizado nos hemos encontrado con gente que parece despertando de un sueño: endeudados a más no poder y molestos.

Estamos cada vez más unidos por Internet y más solos en el día a día. Es como que nos dejasen frente a la realidad más dura: muchas veces, la verdadera selección es la de los chilenos que se sacan la cresta para mantener a su familia que se mete en deudas gigantes para seguir adelante. Familias que se encalillan para que un hijo sea profesional y más feliz de lo que fueron ellos. Esas historias comienzan a reemplazar tanto plástico y sonrisa que da vueltas en los medios masivos.

De pronto, estamos solos contra una ciudad agresiva y gris, que nos recuerda entre gritos y pancartas que las cosas no son como nos decían en las promociones de las casas nuevas, donde todos sonrientes y con dientes nuevecitos prometían un mundo mejor. Estamos frente a la pérdida de la inocencia. Ya no creemos a la primera en que nuestros destinos no pueden modificarse y lo más extraño y sorprendente aún es que ahí es donde estamos menos solos, porque en el día a día estamos conectados gritando con palabras frente a una máquina.

Me preocupó la imagen del loco del Metro. Me habló de una sociedad donde perdimos el valor de los seres humanos. Donde cualquier desquiciado puede acceder a un arma y poner orden a la mala en su
desor­den mental. Me quedó dando vueltas y no me ha dejado dormir bien. Siento que perdí el país donde me crié, que era virtual, que tenía textos sobre jaguares y goles, con fines de semanas leyendo catálogos de revistas de viaje ofreciendo irse a otro lugar mirando fotos, esperanzas que vuelven con cada Mundial pero son cada vez más cortas.

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