Columna de Copano: Todo tiempo pasado fue peor

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Cuando asumí ser ateo primero decidí no enjuiciar las creencias de los otros. Admiro a quienes creen. Pero más siento valor en las acciones. Descubrí que tenía que ser responsable de mi propia vida, que no eran las cosas decisiones de Dios

Soy ateo. Esa es la primera declaración que debo hacer antes de seguir con estas palabras. Respeto a quienes profesan su fe. Muchas le entregan seguridad y comunión a pueblos completos, se coordinan y ayudan a mejorar nuestras sociedades pero no tengo religión. Mis padres me bautizaron en la iglesia católica y escuché los relatos de curas en iglesias. Le recé al concepto de Dios cuando tuve miedo y muchas veces hasta resultó para zafar en mi construcción de realidad de algún problema como no haber estudiado en matemáticas. Eran sensaciones complejas, “químicos para niños” por decirlo de algún modo. Me deprimí en Semana Santa y puse el pesebre cuando correspondía. Me sentí observado por fuerzas más allá de lo común y también me relajó cuando me enfermaba y pensaba que me iba a morir: al final, había algo mejor y más bonito del otro lado. Creo que esos valores mantienen ciertos conceptos de respeto y perdón muchas veces en cuanto siento que no corresponde tenerlos con quienes precisamente carecen de eso. Al fin y al cabo eso es lo que uno más necesita: cierta paz y entusiasmo para seguir adelante. Locura que acontece en rincones más lejanos que éste.

Cuando asumí ser ateo primero decidí no enjuiciar las creencias de los otros. Admiro a quienes creen. Pero más siento valor en las acciones. Descubrí que tenía que ser responsable de mi propia vida, que no eran las cosas “decisiones de Dios” si no que tenían que ver con mis opciones y que eso podía provocar daño, así que había que evitar ser torpe. Pero no por eso debía agachar el moño frente a alguna injusticia, porque iba a ser premiado algún día por un reino mágico. No: mejor era hablar y esforzarme por ser libre. Y construir mientras esté vivo cosas que puedan inspirar o alegrar a la gente que toma las cosas. Si me voy a morir y apagar, si no voy a sentir nada más, que los que vengan la pasen mejor y tengan una mejor vida (o un buen momento) ya está excelente. Bajar las expectativas para sorprenderse siem­pre de lo bien rodeado que uno está humanamente es un arte complejo, más aún en una sociedad competitiva.

Hay gente que jamás comprenderá eso. Ellos han optado por ciertas seguridades. Muchas veces hablan de castigos y nos empujan a creer que la vida tiene sólo una forma clara, que a veces se dibuja bien en los comerciales de electrodomésticos con madres sonrientes y padres llegando del trabajo. Ellos tienen “valores” como si nosotros, los otros, los que optamos por el cariño y la búsqueda de una sociedad más grande e inclusiva estuviésemos mal y no los tuviéramos. 

Hay veces en que recurren a que recordemos un pasado donde la construcción de realidad dependía de unos pocos, donde la crítica escaseaba y la publicación de nuestras ideas era una posibilidad remota, a menos que se presentase la oportunidad mínima o conociéramos a alguien con imprenta. Ellos se vanaglorian de “tiempos mejores” mientras no había conciencia del daño humano de bosques y atmósfera. Hay veces en que sostienen que era mejor cuando unos pocos elegían por todos. Y lo peor es que en manos de muchos de ellos estaban las cosas buenas como la educación justa para todos. 

Vivir en una isla sicológica y pensar que de un plumazo van a desaparecer los gays y los libres, si se juntan y conocen en una marcha es ingenuo. Quizás este fin de semana la marcha pro-familia es un tributo a un mundo que se va, pensando que sus familias son las que tienen que prosperar porque quizás tienen más tickets para pasar en primera clase lo desconocido. En ese momento, les invito a quienes creen esa idea en pensar en uno de sus mártires más reconocidos: Jesucristo, en cuya historia que profesan se levanta la tolerancia, el respeto, el comercio cuando corresponde (y no con souvenirs en el templo) el compartir y el bien común. Es bueno repasarlo más allá de las ideas de quién es superior o no por creer. Hace bien, es sano y espero que los inspire. Habemos otros que estaremos disfrutando de una sociedad sin paredes a esa hora, donde nos podemos comunicar por nues­tros intereses más allá de lo socioeconómico en redes gigantes y alegres. Se les espera, por supuesto.

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