Columna de Bernardita Ruffinelli: "¿De qué me sirvió la inteligencia?"

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Desde chica escuché decir que la gente inteligente llega lejos, se le abren puertas, la vida se les hace más fácil; obtienen lo que quieren y les va bien. Hoy me permito cuestionar ese paradigma.
Y me doy el lujo de cuestionarlo, porque según las mediciones tradicionales, califico dentro de la porción minoritaria de la población considerada comúnmente, como inteligente; aunque teniendo en cuenta que hay distintos tipos de inteligencia y que sirven para lograr distintas cosas.
Resumamos en que siempre fui de las primeras de mi curso en el colegio, en la universidad fui ayudante de casi todos los profes y tenía uno de los mejores promedios, era mandada a hacer para liderar las actividades de aniversarios y alianzas, y por si fuera poco, fui la creadora de un emprendimiento exitoso. Una cabra talentosa decía la gente, que leía más de 5 libros al año y a la que sus compañeros de trabajo pelan poco.
Pero yo me pregunto, ¿de qué me sirvió todo eso? Poco me sirvió.
Cuando veo que a mis 33 años tengo a mi haber dos concubinatos fallidos, una hija simpática, una empresa que pintaba para buena, un blog intrascendente, un auto que quiere ser colectivo, un ex novio aterrorizado, una vecina de mierda, un departamento arrendado, un conserje que me odia y un futuro profesional incierto; digo que la raya para la suma me está dando un promedio que no me deja pasar de curso.
De qué me sirvió la inteligencia si me embaracé a los 22 años, de un hombre que hoy casi no existe y no se pone con ni uno. Cuando me volví a enamorar fue de otro que era muy exitoso y de tan enamorada que estaba no fui lo suficientemente inteligente para hacerle una guagua y ganarme un sueldo con esa pensión alimenticia, faltó visión de futuro. No me sirvió de nada la inteligencia ni las horas invertidas en libros de filosofía cuando decidí que jamás sería una mantenida y que ¡me las arreglaría sola! Qué estupidez más grande la mía, las que optaron por la sumisión y la complacencia, hoy manejan una 4×4, llevan a los niños al colegio, luego pasan al gimnasio y después al café con las amigas donde se toman un pisco sour al mediodía; y mi auto, casi que cobra pasaje a quienes se suben.
Una amiga decía que “las que no pueden valerse por si solas, tienen mejor puesto el radar”, y claro, ellas se llevan a los buenos partidos, y las que las hacemos todas, tendemos al pastelazo. Puede que sea la forma de equilibrar el universo. La Naturaleza y su inagotable sabiduría incomprensible.
No sirvió de nada la inteligencia cuando personas inseguras se sintieron amenazadas por mis capacidades y decidieron aserrucharme el piso para evitar que les quitara la pega, cuando en realidad si yo hubiese sido realmente inteligente, habría jugado a ser una persona promedio, que no destaca en nada y no asusta a nadie. Pero no lo fui y no lo seré. Antes muerta que común y corriente.  
Si la inteligencia sirviera para algo, yo habría entendido que para encontrar pareja es necesario dejarse el pelo suelto, subirse a un par de tacos y profundizar en el escote; habría entendido que los hombres no quieren compañeras de vida estimulantes, si no mujeres en taco aguja y por sobre todo, madres. Madres para sus hijos y también para ellos. Si yo fuera de verdad inteligente habría aprendido a maquillarme. Probablemente mi vida sería más fácil.
Pero fui de esas intelectualoidas que finalmente no lo son tanto, que no son bien vistas, que ponen las ideas por sobre la estética; que ponen las libertades femeninas por sobre los yugos machistas, que quieren un compañero y no un bancomático.
O la inteligencia no sirve para mucho, o en realidad nunca fui muy inteligente.

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