Columna de Bernardita Ruffinelli: "Mi derecho a odiar la tolerancia"

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Cuando escucho a la gente hablar de tolerancia, como si fuera esta una gran gesta, me complica. Me complica porque “tolerancia” implica una aceptación a regañadientes, es un “te acepto” pero con la mandíbula apretada, con los nervios encrispados y el corazón bombeando acelerado. La palabra tolerancia tiene una carga semántica potente mucho más allá de su definición estricta, una carga emocional de contrapelo que me incomoda.

Creo que lo que debiéramos profesar es la aceptación del otro en sus legítimas diferencias, y con nuestras legítimas reacciones; aceptarlo desde el escenario de nuestro malestar y permitirnos un poco de mala leche cuando sea necesario. Darnos permiso para que la gente nos caiga mal, autorizarnos a ser sumamente pesados con quien creemos lo merece, y permitirnos odiar sin ofender. Y lo de sin ofender, lo digo en serio.

Tratar de tolerarlos a todos me parece nefasto, creo que ser amigable el cien por ciento del tiempo nos corroe el alma, ser una “mierda buena onda” es insostenible para aguantar una vida. No creo en la tolerancia. Creo en la aceptación. En la aceptación del imbécil que no piensa como yo -porque asumamos que todos creemos imbéciles a los que no piensan como uno, aunque nuestro discurso público sea otro- y en la libertad del otro de creer que yo soy una imbécil también. Pero así, clarito, sin eufemismos, sin ironía ni mala onda solapada. Si me cargas, no te digo que te quiero.

Creo en mi derecho a odiar sin ofender; creo que debemos darnos permiso para odiar de la misma forma que nos permitimos amar; y así como no andamos gritando por el mundo a quien amamos –salvo excepciones sicópatas de muchos que ventilan sus amores en las redes sociales- tampoco es necesario que andemos gritando a quienes odiamos –salvo otras muchas excepciones que no son excepciones porque ya son demasiados-.

Si odiamos tranquilos, amaremos más profundo. Y cuando digo odiar, lo hago desde su acepción más básica: “Sentimiento de aversión y rechazo, muy intenso e incontrolable, hacia algo o alguien”, porque lo sentimos al menos una vez al día, y sugiero que lo dejemos ser y no lo sublimemos, no lo escondamos; tratemos de moderarlo, pero tengamos conciencia de nuestros odios y de que podemos ser generadores de odio en los demás. Supongo es más honesto y más liberador que andar haciendo como que todo está bien.

Y dejemos entonces, odiar al resto en paz, y paremos con eso de que todo sea positivo y que estemos todos de acuerdo, porque eso no va a pasar. Y en la conciencia de que hay muchas cosas negativas, no tendremos problema en reconocer las positivas y gritarlas a los cuatro vientos, pero no te ofusques cuando otro te odie, recuerda que eso te permite a ti odiar sin culpa.

Si no me gusta la tolerancia es porque me obliga a hacerme la lesa cuando discrepo, yo prefiero la aceptación, porque me permite discutir abiertamente, me permite dialogar con mis adversarios y no darles palmadas en la espalda; permite que defienda mi postura sin hacerme la linda, y que el otro pueda expresarse abiertamente. Soy abiertamente pro gay, pro aborto, pro mapuche, pro mujeres, pro ateos, pro libertades individuales y pro derechos civiles; y si a usted no le gusta, está en su derecho de odiarme un rato cada día; mire que yo defenderé su derecho no sólo a estar en contra, sino que a demostrarlo públicamente. La honestidad debe ser recíproca y sin llorar.

La tolerancia es a regañadientes, es una promesa con los dedos cruzados tras la espalda; y para eso ya tenemos la vida.

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