Columna de Bernardita Ruffinelli: "La educación también se hace en el recreo"

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“Todas íbamos a ser reinas, de cuatro reinos sobre el mar: Rosalía con Efigenia y Lucila con Soledad” recitaba una triste, frustrada y gris Gabriela Mistral.  Lo que Gabriela no sabía, era que después de mucho tiempo, las reinas dejarían de ser esas niñas que soñaban con desposar extranjeros que las llevarían desde el Valle del Elqui hacia el mar, y que se convertirían en reinas sin necesidad de llevar puestas “batas claras de percal”.
Cuando mi hija de diez años me preguntó “¿Mamá, qué es el lucro? ¿El Presidente es el jefe de todos los chilenos? Porque uno no elige a su jefe, ¿o sí?”, entonces me arriesgué a creer que las cosas han cambiado, que la valentía y coraje de unos pocos servirán de guía para otros muchos, y que los modelos a los que estábamos acostumbrados, deberán tomar palco desde el fondo de los cajones polvorientos y ceder el paso a los nuevos paradigmas, más frescos, menos temerosos y mucho más jugados.
Ver a los dirigentes estudiantiles discutir en el Senado con el desparpajo que les da el no haber crecido con la siniestra sombra de la dictadura sobre sus cabezas, es liberador. Ver que no claudican en su exigencia por lo que creen es su derecho, me hace pensar que hay un mundo allá afuera que posiblemente no es tan fatuo. Me hace creer que la educación también se hace en el recreo, y que no necesariamente debe ser con reggaetón de fondo y discutiendo la invitación de Macho el Wachiturro a Arenita para acompañarlo a Argentina.
Cuando veo una Camila Vallejo de mirada intensa y clara, que se levanta entre la masa para golpear la mesa de quienes creen tenerlo todo controlado, pienso que no le volveré a pedir una sonrisa, porque su causa hoy se vería debilitada, Chile no permite mezclar sonrisas con fuerza e inteligencia, y te obliga a decidir entre una o las otras. Dejemos entonces a Camila guardar las sonrisas para su plano íntimo, y pidámosle a los conductores de TV que no le pregunten si tiene pololo o si le gusta salir a bailar. Ya sabemos que las nuevas reinas no son las que buscan esposos para que las lleven al mar.
Y es que fueron estos nuevos líderes criados en democracia, los que hoy tienen la gobernabilidad tambaleando, los que tienen al país a punto de perder el año escolar, los que han puesto en aprietos a la nueva forma de gobernar. Son estos nuevos líderes los que han sacado a la gente a la calle y nos han devuelto la fe. La fe en que no tenemos por qué aceptar lo que está ahí porque otros decidieron que así fuera. La fe en que se puede cambiar lo que otros han hecho mal, y la fe en que los que no tienen problemas pueden sentirse decididos a apoyar a los que no llevan vidas tan fáciles.
Mi sobrino de 14 años lideró una toma de colegio privado en apoyo a la causa, dirigió asambleas de interiorización y movilizó a los apoderados. Terminó detenido por no querer levantarse de la calle donde estaba sentado en señal de protesta. Entendimos entonces que se ha hecho más educación en estos tres meses de movilizaciones que todo lo que aprendí en mi paso por el colegio. Aprendí que las nuevas reinas no deben necesariamente oler a flores de azahar, cuando huelen a lacrimógena y guanaco. También sirven, y más.

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