Columna de Copano: "Horas más tarde"

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La gente en la puerta de TVN no sabe qué hacer: entre que cantan el himno, lloran y se abalanzan a las cámaras a contarles el sacrificio y los kilómetros que han recorrido para tributar a su ídolo. Cuestión absolutamente comprensible: muchas de esas madres han tomado desayuno más veces con quien ya es leyenda, en comparación a las horas que han pasado con sus hijos.

Las redes sociales hierven con petitorios de retuiteo a seudo videntes que tendrían respuestas sobre supervivientes en cuevas mientras las fuerzas armadas agotan recursos y anuncian que el Casa 212 se desintegró. O sea, el pueblo a veces prefiere a los superheroes que no existen a enfrentarse a la realidad.

El argumento repetido es la fe. La esperanza. Palabras siempre mal usadas cuando la realidad nos choca y nos conmueve: en un avión que no se debía caer, que cumplía una misión solidaria, con figuras y empresarios y de pronto los que van se transforman en parte del ecosistema marino y en rumores, suposiciones, imágenes mentales, pesadillas, loops de la televisión. La televisión gigante y maratónica que siempre es recurso a la hora de las crisis nacionales. La que nos mete a lógicas absolutamente ilógicas: cuando el mundo nos dice que hay que parar el programa (como sucede en un video de un espacio argentino de humor que a tanta gente ofendió) acá parece ser que no hay espacio para el descanso espiritual de los que estan día a día ahí, detrás de la pecera. Y si se plantea esa idea, tan políticamente incorrecta en el juego anormal, todos reaccionan pésimo. Como si alguien les quisiera hacer daño. Y no pues. Es pura comprensión. Es cariño sabiendo que dentro del zoológico de la pantalla y los egos hay seres humanos que se enferman, tienen familia, sufren, aman, tienen pena y, por desgracia, aunque suene como un breaking news: mueren.

Horas más tarde queremos responsabilizar a la naturaleza, al viento, al destino, a la suerte y evitamos hablar de que hay humanos que toman decisiones que por más erradas que sean hay que tomar en cuenta e investigar.

Y ese es el Chile al que nos desafia esta situación. A de una vez por todas dejar de acusar a cualquier tipo de fuerza sobrenatural en vez de apuntar a los humanos. Por qué somos nosotros los que construimos las cosas. Los que desafiamos armando aviones a las leyes de la física. Los que tenemos que tomar opciones. Quizás algunos se asesoran en sus creencias, pero al final del día no puede ser que todo “sea lo que Dios quiera”. Eso es la forma que tienen de esconder los argumentos los que quieren que olvidemos.

Es lo que pasó en Copiapó, en la mina San José, donde los responsables están libres porque “nadie se murió”. Es lo que pasa ahora cuando nadie intenta hacer links entre los textos que plantean sobrepeso de carga, los familiares, las advertencias, los atrasos y los llamados que aquí, en nuestro Chile, siempre se pueden hacer para desafiar todo contexto, menos la naturaleza. La inclemente fuerza que siempre nos borra de un golpe nuestras casas como en un juego de Sim City. Se empieza a hablar de conspiraciones. La única conspiración aquí es la verdad de que hubo una decisión errada. Y eso nos tiene a todos aún golpeados.

El tributo a los que se van es precioso. Es la fuerza que siempre sale de un Chile en permanente shock. En nuestro acantilado largo entre el mar y la cordillera. Pero no puede quedarse en elevar memorias solamente: tienen que haber nombres y responsables, porque si sucede ahí, puede ser en cualquier parte. Horas más tarde tenemos que secarnos las lágrimas y abrir los ojos.

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