Come y calla, por Felipe Espinosa: Cuando éramos pingüinos

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El primer jueves de cada mes ocurren dos hechos en el mundo que pueden conmover y conmocionar a la humanidad. Lo primero, las galerías y los museos de la zona este de Londres abren sus puertas hasta tarde y brindan la oportunidad de disfrutar del arte, de la cultura y los eventos fuera del horario habitual, y lo segundo, tengo una reunión colérica institucionalizada con mis amigos del colegio, nos juntamos sagradamente “after office” con las mejores intenciones de recordar cómo nos divertíamos y cuánto hemos disfrutado de nuestra amistad. Si menciono que a algunos de ellos los conozco desde que teníamos cinco años daría para tratar de imaginar el vínculo místico, absurdo e incontrolable que nos mantiene los otros treinta días del mes contando las horas para que llegue este esperado momento. ¿Será que una pandilla de tales características pueda generar algún tipo de congregación? Yo creo que sí, y así la ceremonia engendró su nombre, “La 51”, que hace alusión al número de la mesa donde nos juntamos por primera vez.

La dinámica no es simple, dentro de la semana se escoge un lugar para ir a cenar, todo esto por votación democrática vía e-mail, se reserva y el resto es más fácil, llegar, tomar, comer y ser. La conciencia colectiva este mes nos llevó al San Remo, un refugio guachaca que funciona desde 1976, enclavado en el barrio histórico de Avenida Matta y poseedor de uno de los arrollados más deliciosos de Chile y el mundo. Se empieza siempre con vinito arreglado que el garzón lo prepara en la mesa y un golazo es la canasta de marraquetas calientitas. Detenerse a analizar la carta sería sin duda alguna una pérdida de tiempo y una falta de respeto, aquí hay pocas cosas para comer, pero todas muy buenas, sus principales se cuentan con los dedos de una mano, pero doy fe de que son facturados con cariño, con técnica chilensis depurada y con un gran respeto a la materia prima.

Aquí se pueden pedir fricas hechas a la parrilla de carbón que está a la vista de todos si se sientan en la sección de fumadores, hay escalopas fritas que son gigantes y está el príncipe de este hospitalario palacio, el sublime arrollado, tierno y jugoso tanto así que se puede degustar sin la necesidad de un cuchillo, por esto que siempre es mi elección. Es que no hay otro, sólo en este lugar un producto tan honesto y modesto puede llegar a entregarse a los comensales con matices y colores propios de una obra de arte.

Para acompañar hay papas con su versatilidad en escena, puré, cocidas, y las reinas, las fritas. Atención con ellas que son las que más destacan por su tamaño, color y ese toque de aroma a freidora antigua. También hay ensaladas y un puré de palta especialidad de la casa.
Hay lugares como el San Remo que se mantienen en el tiempo y tienen un rol ganado en nuestro patrimonio emocional e histórico, pintados para reunir a una tropa de amigos y celebrar su club de Toby, la aumentada e hilarante noche en que nos volvemos a decir las cosas como son, en que gozamos como cuando teníamos quince años y no podemos dejar de recordar lo afortunados que hemos sido por caminar tanto tiempo juntos.

Coordenadas:
San Remo
Cuevas 1101, esquina Avenida Matta

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