Crítica de discos por Ignacio Lira: Björk y otros artistas

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Björk: “Biophilia”
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Decir a estas alturas que el nuevo disco de Björk es ambicioso se cae de maduro. Es un adjetivo que se ajusta más bien a la carrera solista completa de esta islandesa. Cada disco es deliberadamente poco convencional, y el ejercicio se ha vuelto más complejo según pasan los años. Quizás lo de hoy quiso hacerlo hace años, y la tecnología se lo impedía.

Las canciones de “Biophilia”, su octavo álbum, vienen con una motivación todavía más grande: superar la barrera sensorial. Cada uno de los 10 tracks está asociado a aplicaciones de iPhone/iPad de descarga individual, que llevan más allá el concepto de cada tema: la experiencia ya no sólo es sonora, incorpora elementos visuales y táctiles mediante videos, juegos y relatos. El multiformato se completa con links de Internet e incluso shows en vivo.

“Virus”, “Cosmogony” y “Mutual Core” son algunos de los momentos más interesantes del disco. Si es que podemos seguir diciéndole disco. Porque es claramente más que su soporte físico y más que una colección de canciones. Si es que podemos seguir llamándolas canciones. ¿Cómo lo llamamos? ¿Obra conceptual, experimento científico? Los límites y las definiciones sirven poco enfrentándose a “Biophilia”.

Hay que meterse de lleno en un trabajo así: requiere tiempo y espacios mentales que no todo auditor está dispuesto a ofrecer. Pero vale la pena entrar el juego, escuchar los instrumentos especialmente creados para la ocasión, encantarse o aburrirse con la extravagancia digital, con el esfuerzo de huir de toda etiqueta posible. No es pop, ni es electrónica, es apenas otro día en el extraño mundo de Björk.

Varios artistas: “Rave On Buddy Holly”
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Meterse con el legado de Buddy Holly son palabras mayores. Es el que influenció a ese artista que es uno de los ídolos de la banda que hoy te gusta. Es el punto de partida de muchas -demasiadas- cosas en la música.

¿Cómo saber cuándo un artista alcanza ese estatus? Porque cuando le hacen un disco tributo, aparece hasta Paul McCartney. Y de pasada Lou Reed, Patti Smith, Julian Casablancas, Cee-Lo Green, Florence And The Machine, y un largo etcétera. Tan largo que la generosidad alcanza para Kid Rock, Fiona Apple y la modelo/cantante Karen Elson.

El resultado de tanta mezcla de estilos, voces y credenciales es, por supuesto, disparejo. Salen ganando los Black Keys, que abren el disco con “Dearest”, el viejo McCartney en llamas con “It’s So Easy”, y Casablancas con una rarísima versión para “Rave On”. Refresca también escuchar a gente como Cee-Lo Green o My Morning Jacket en estilos a los que han hecho conocidos. El experimento funciona en esos casos.

En otros momentos, como los de Fiona Apple, Modest Mouse o el soporífero cover de Patti Smith (con el perdón de los puristas, su calidad no está en duda pero acá no luce), el álbum se vuelve desechable y las 17 canciones, un exceso. Una buena edición lo habría hecho más entretenido y digno del hombre a quien va el homenaje.

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