Columna de Copano: "Olla a Presión"

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En Facebook circula una foto donde Carabineros atrapa a un grupo de delincuentes. Perfecto. El problema es que todos los antisociales poseen las mismas botas que la policía. Es una imagen terrible porque nos hace pensar en cierta desesperación de un sector.

Chile a través de las redes sociales tiene ciertos tintes de apocalipsis. De derrota cultural. Es evidente que los intentos de poder avisar a los gobernantes que la gente está cansada de abusos se vuelven infértiles frente a los oídos sordos, de quienes ya evidencian que ésta es la idea: vivir en un país donde unos pocos viven bien y el resto se puede joder.

La violencia no aparece de la nada como imaginan las siempre blancas palomas que sospechan de todo aquel que tenga el aspecto de un pobre, hoy rebautizados como “flaites” con tal de ya rebajarlos a un nivel de salvación cero, con tal de mantener todo como siempre, cuestión que a muchos les conviene. ¿Qué pasaría si la gente empezara a pensar? ¿A interesarse en discutir más que insultarse? ¿Que se empezara a organizar en su barrio?

La estética de la agresión, de lo tribal aparece como refugio cuando el abuso se institucionaliza. Como sucedió el domingo en el estadio o como cuando aparecen los anarquistas. Rompen todo o llaman a hacerlo. ¿Por qué? Porque al final nada es de ellos. Por que la sociedad los patea. Dirán los de siempre, con sus miradas conservadoras, que creen que canjearán el cielo marchando por la alegría de no hacer nada: “Estás justificando a los delincuentes”. Por favor: sólo estoy tratando de invitarlos a acercarse a una mirada, a una situación sin lanzar a la policía encima y ver fotos de niños amenazados por carabineros. Eso es una vergüenza desde todos lados.

Esto nos conduce a una olla a presión sin ningún sentido, que si sigue en ese camino generará violencia. Violencia que si lo analizamos bien le conviene mucho a la triste situación gubernamental donde se les viene encima medio mundo a reclamar lo que se desea cambiar hace tiempo, generado por supuesto por las expectativas levantadas.

Para evitar un escenario terrible, lo primero que de una vez por todas hay que parar es la cultura del empate moral. Esa visión donde “el otro siempre hizo algo peor” viene desde los tiempos de la Unidad Popular y con eso se puede justificar cualquier animalada. Todo para los fans de la derecha es “bueno, ¿y la Concertación?”. Si jugamos en esos códigos jamás asumiremos el país que tenemos, una nación desigual.

Lo segundo es dejar de tratar a los que tienen menos, a los que son distintos, a los que no tienen posición como si fueran lacras sociales. Hay columnistas que sostienen que los periodistas que opinan no son dignos de ejercer esa profesión. Eso ya es el llamado absoluto al orden de parte de quienes sólo son cómplices de un sistema injusto.

Lo tercero es que tienen que existir válvulas de escape. No puede ser que a los problemas se les sume no poder ir tranquilo al estadio a ver a tu equipo favorito. Es para mandar al carajo todo. Una cosa es cuidar a los vecinos y otra es generar el apartheid. Incómodo mal. Apagando el fuego con bencina.

Chile es un país clasista y racista. Es el reino de “llámate al morenito” como si fuese una gracia. Una nación donde todos miran hacia abajo y se complican absolutamente con el éxito ajeno, lo cual nunca sucede por supuesto si el que le va bien tiene cierto apellido. Uno cree que esto va a seguir pasando como si nada, pero no es así. Los chicos de todas las clases sociales tienen acceso a más información que nunca. Y un día de estos, nadie se debería extrañar si se levantan y generan algo que shockee a todos. Ya pasó con los estudiantes que están encantando al mundo. Ojalá seamos capaces de escuchar a todos, a los que quieren tener y no tienen. A los que son distintos y desean ser en derechos iguales. A los que quieren cambiar las cosas y no a los que aún quieren perpetrar un concepto de desigualdad donde al prender la tele, todo se ve hermoso. Horrible.
 

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