Come y calla, por Felipe Espinosa: Callejero

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De vez en cuando y cada vez que puedo me arranco de la frívola escena mercantil de los institucionalizados centros comerciales o malls y me adentro en lo más profundo del barrio Franklin, donde se consigue absolutamente de todo, nuevo o usado. Sólo hay que saber buscar. Un lugar donde todavía se pueden regatear los precios, aquel mercado donde puedes perderte entre antiguos galpones sombríos y fríos, lugar donde no existen las puertas automáticas ni el concepto de climatización.

Así es el Persa Biobío, una caja de Pandora donde hay que abrir bien los ojos, observar detrás de lo que se ve a simple vista y no preguntar mucho para no pecar de bobo. Recuerdo haber caminado por ahí desde pequeño en compañía de mi padre, buscando algún repuesto discontinuado, o por qué no decirlo, intentando cazar el panel de la radio que algún amigo de lo ajeno sustrajo de nuestro auto.

Adoro la comida callejera, y el Persa se luce en esta materia. Sinceramente no me explico el porqué nuestros legisladores se empeñan en ahuyentar a quienes de forma valiente y esforzada quieren llevar parte de nuestra herencia gastronómica popular a la vía pública. Profesionalmente entiendo todo el rollo sanitario involucrado, pero soy comedor impulsivo en la calle y admiro cuando desde una humeante parrilla bajo una improvisada carpa chicharrean anticuchos durante todo el año o cuando veo el ingenio de instalar una gran freidora en lo que alguna vez sirvió como carro de supermercado y desde ahí disparar empanadas de queso.

Antes, cuando buscaba la radio con mi padre, no había mucho más para almorzar que los ya clásicos sáanguches de cerdito en marraqueta de la Picá de Jaime, probablemente el mentor y visionario emprendedor a quien me gustaría preguntarle si alguna vez soñó con tener el puesto que tiene hoy o la cantidad de vecinos que han proliferado en el sector.

Hay un nuevo chico en la cuadra que se distingue de los demás por promover y desarrollar una cocina alejada geográficamente de nosotros, la del sudeste asiático. El Lai Thai hace ofrenda a una de las culinarias más ricas, callejeras e informales del planeta, la tailandesa. No venden más de siete platos y los he probado casi todos, pero la perla de este kiosko decorado hoy por el grafiti de un gran Buda es el Padthai, exquisito salteado de fideos de arroz con trozos de pollo, camarones, verduras y maní en polvo, imperdible. Hay que tener en cuenta que el lugar no es confortable, hay que pelearse las pocas mesas como cuando los escolares hacen fila para ganar la mesa del pool, pero el esfuerzo vale la pena. Quiero subrayar que sus precios son súper asequibles, de hecho el mismo plato en un hotel cinco estrellas puede valer el doble o el triple.

Nunca dejaré de comer en la calle, es algo que me apasiona y me inquieta de sobremanera y aunque se trate de un completo italiano, de un mote con huesillos, de una empanada o de un delicioso plato traído desde el otro lado del globo terráqueo siempre acariciare con respeto la mano de quien te da de comer con calidad en la calle, un infaltable reconocimiento a quienes llevan lo mejor de lo nuestro a su expresión más simple.

Coordenadas:
Lai Thai
Franklin 602, Santiago Centro

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