Columna de libros: Diccionario de la Política Chilena

Por Eduard Von Europa

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En tiempos en que la política sigue siendo importante para la cultura humana, los ingeniosos autores de este libro, han decidido concretar un diccionario con sarcasmo bien puesto, y hacer patente tanto la realidad política nacional como sus lenguajes. Nadie se salva; es un estudio muy serio, tan serio, como para darse cuenta que la mayoría de los políticos chilenos no lo son lo suficiente. En sus primeras páginas se mencionan a los “momios”, “upelientos” y “operadores”, también, a toda clase de personajes rancios –sí, por lo hediondos y como para tenerles a distancia-, y nuevos, -tan nuevos y originales, que carecen de un contenido contundente-. Es decir, toda la basura, de la que una parte considerable de la población está aburrida, asumiendo que los paradigmas “derecha” e “izquierda”, sólo sirven para orientarse en las calles o en el metro; en todo caso, este libro es para protestar legítimamente, con risas y más risas.

 

Es una búsqueda -¿obsesión?- acerca del lenguaje que emplea tanto el discurso político de los últimos años, como los mensajes de las mismas clases políticas hacia las personas comunes y silvestres, que, o bien no comprenden tanto concepto abstruso (tal como el adjetivo que se acaba de emplear), o bien no quieren escuchar esquemas repetidos, en los que el respeto por la dignidad humana es sólo nominal. Se nota que subyace un interés de los autores, por transmitir la sensación de muchos ciudadanos aburridos de tanta fealdad y publicidad política sin ningún sentido. Además, observan, con agudeza, que este lenguaje -que constituye su objeto de estudio y material para sus conceptos-, se expande, modifica y deriva en diferentes tipos de lenguajes, que no hacen más que alejar a los políticos de los ciudadanos. En este punto, se advierten: disparates diversos e históricos de los partidos rojos, negros, rosados, naranjos y lilas; falacias identificables hasta para niños de pecho; retóricas siniestras, otras más ingenuas; y mucho sentimentalismo y toda clase de trampas bien identificadas, -por lo que se ve, en menoscabo del espíritu moderno de fortalecer la democracia, muy contrario al archi repetido discurso ambiental-.

 

Posteriormente, en este afán por identificar giros del lenguaje (verbos, sustantivos, adverbios y adjetivos), se cita al conocido político estadounidense Tip O’Neill , con su frase para el bronce “toda política es local” ( all politics is local ), en el fondo investigando si acaso la política es local, el lenguaje podría tomar el mismo camino, con conceptos propios, o a veces, de exportación como la frase célebre de Patricio Aylwin, “en la medida de lo posible” (que deja de manifiesto que no consideró posibles medidas para ampliar su vocabulario, con independencia de su capacidad técnica), o el “dedo de Lagos” (con todos sus significados, lecturas, trascendencia y olores), o el neologismo del presidente Piñera “ T he C hilean W ay ” –con mayúsculas marcadas ex profeso-, y con suficientes connotaciones, como para decir a lo gringo: No comment!

 

También se analiza el caso Lewinsky con su modalidad de “tal vez sexual”, sin miedo a los malos entendidos, todo depende de qué se entienda por sexual, ¡obvio! Y el caso de Durkheim , que señaló a la actividad política como un trabajo artesanal: “Práctica pura sin teoría”, con argumentos orientados a lo que los autores comprenden, como el ejercicio práctico de la política, instalado en nuevas chapuzas, estas son, nuevos idiomas políticos que nacen en lo urgente y necesario, los discursos vinculados a doctrinas no tan explícitas, a ideologías eclécticas y dadas a la prostitución.

 

Después se repasa, en lo que se entiende en Chile como “lenguaje tecnocrático”; conjunto de palabras que poco tienen que ver con los afectos sanos y está constituido de categorías económicas, inclinadas hacia una disociación. Se establece en el texto, que el sentido común es lo que más falta. Así, se profundiza en cómo la política chilena, como actividad –aunque muchos de sus distinguidos señores y señoras, sean almas contemplativas o con vocación al ocio-, ha sabido innovar en su lenguaje, y el diccionario da cuenta de la etimología francesa o inglesa de los términos, en esta divertida saga, que intenta descubrir la importancia de cuán local o universal puede ser el lenguaje de la política; –qué cuestión más trascendente para la evolución espiritual humana-.

 

Para finalizar, bien podría colocarse el concepto “TRANQUILÉIN YON WEIN”, -¿onomatopeya?-, o más preciso, frase mal pronunciada, que denota una tranquilidad magnífica, frente a circunstancias hostiles o potestades del lado oscuro de la fuerza, especialmente encantadora resulta la frase si se trata de abordar literatura de este orden con prestancia; todo el coraje sea con el lector. Ahora bien, si el lector no le encuentra sentido a este libro sobre el lenguaje político, puede probar la fórmula retórica, -tan edificante respecto del cargo de su investidura-, que usó el ex Ministro de Salud, Pedro García (D.C. o como se lee la sigla en algunos ambientes de élite, “decencia cero”), para contestarle a un periodista (que legítima y respetuosamente estaba realizando su trabajo), la pregunta: ¿por qué no ha llegado la leche a los consultorios?, a lo que el político aludido responde y a propósito de esta mención: ¡Pregúntele a las vacas!

 

A ver, también hay material extra, que los autores se esforzaron mucho en destacar; claro está que no todo versa sobre aporías o disyuntivas metafísicas para el lector. A ver, está el sinónimo de “EDUCACIÓN”, como “BIEN DE CONSUMO”, de adivinen quién; la acepción “PEGARSE UN ALINCO”, que significa arrullo o palabras mayores de triple x en el pick-up de una camioneta (experiencia que lleva el apellido del gozador pionero); y otras tantas palabras y conceptos, de un lenguaje que a veces es oscuro, hasta para “los más mejores de Chile”, la verdad sea dicha.

 

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