Columna de Copano: "Contra la Contra"

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Hay una enfermedad que azota a un país donde todos son directores técnicos, programadores de televisión y sociólogos expertos. Un mal que tiene a todo el mundo opinando o queriendo opinar con el otro para no sentirse solo, sin tener voz propia, odiando sin control la ejecución de cualquier cosa y guardando la esperanza de que algo cambie sin hacer mucho: el quejonismo.

Todo el día leo y veo gente que trata de flaite, de tonta, de guarra, de rasca al otro. Lo mas imbécil por supuesto es que suma tamaño a todo lo que odian. Le dan luz y entregan foco a todo enemigo como si fuese un edificio que hay que derribar, siendo que no hay más que circunstancias. Este país se ha vuelto un curso de colegio donde secretamente se desea que el compañero que nos cae mal se mate. No nos metemos en los actos, nos metemos con las humanidades. Somos incapaces como sociedad de separar el hacer del quién lo hace y nos sumamos a oleadas de odio sin ningún control. Es como pasión minuto a minuto sin perspectiva.

Salir del país te hace descubrir el verdadero tamaño de las cosas: hay demasiado que no tiene ningún peso. El mundo está en otra frecuencia y hay quienes están todo el día transmitiendo con un discurso discriminatorio la condición de gitana de una chica de la tele. Y así se les consume la vida mientras plantean que “la farándula es una basura” cuando todo el mundo lo sabe y quienes se ríen le dan el peso adecuado.

En vez de tener expectativas sobre la televisión, que es sólo un negocio de acceso gratuito donde para poder mirar hay que tener un aparato que se paga una vez, habría que hacer una campaña de concientización para ir al teatro. Pero no, sale más fácil vivir de la emoción del quejonismo. Del gusto secreto por apretar el dedo en la puerta, del hacer click sobre el ME GUSTA en lo que no me gusta y tirar alma negra sobre el teclado tratando de no aparecer por supuesto con nombre, porque jamás seríamos valientes de mostrarnos, porque al final la miseria de quienes todo el día reclaman cosas que no van por sus derechos, si no más bien por sus gustos, queda expuesta a simple vista.

Esa energía esta pésimamente encausada. Hay quienes reclaman, que es muy distinto, por una sociedad mejor. Hay otros que vuelven todo tribu y antojadiza rabia contra no tener el reflector encima para decir cosas que ellos sienten “inteligentes”. Por favor, ser inteligente no es pasar la vida de gracioso del minuto. Ya basta de todo eso. Los que han ganado plata es porque no están todo el día jugando, son pro. Pero tanto amateur dando vuelta molesto porque no tuvo su turno y no ha hecho nada por ello también da lata. Y desidia.

Este país no saldrá adelante en cuanto realmente escuche a sus líderes naturales, a los que ponen el pellejo para dejar claro lo que necesitan. Cuando salgamos de la tribu y de la competencia del quién la tiene más larga. Cuando dejemos de andar de cancheritos y realmente hagamos cosas. Es ese el momento de cambio. Yo veo a tanto pelotudo lanzar imbecilidades sin tomar peso en estos días que no dejo de pensar en que al final hay mucha confusión sobre el talento, o peor aún: hay mucho bueno para nada.

Si es así, estamos en el horno.

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