Columna de Juan Manuel Astorga: "Cuando crecimiento no es lo mismo que desarrollo"

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Aunque lo noticioso realmente habría sido que ocurriera lo contrario, no se puede pasar por alto la actitud asumida esta semana por el mundo empresarial frente al debate sobre una eventual reforma tributaria. Era de imaginar que se mostrarían contrarios a la idea de que les suban los impuestos. Eso no es novedad. Pero lo que sí llamó la atención fue el tono y la forma de oponerse a un posible incremento.

“No faltan quienes, con una mirada muy simplista, señalan que una reforma tributaria es el precio a pagar para ‘comprar’ paz social, dando por hecho que ello no afectará el crecimiento. Discrepamos profundamente de esa visión”. Esa fue la frase que esta semana utilizó el presidente de la Sociedad de Fomento Fabril (Sofofa), Andrés Concha, para rechazar de plano un incremento de los tributos. El escenario escogido para fijar la posición oficial del gremio fue la cena anual de la industria, un lugar en el que estaban presentes las autoridades más importantes del país, incluyendo el propio Presidente de la República.

El mensaje transmitido por el dirigente empresarial no pudo ser más nítido: dijo que “al subir impuestos se corre el riesgo de sacrificar otros objetivos. La inversión es uno de ellos”. Para argumentar su postura, destacó que la actual estructura tributaria fue un estímulo para que en las últimas dos décadas, las inversiones en proyectos productivos superaran los US$ 250 mil millones. Básicamente explicó que esas inversiones se financiaron en gran parte con utilidades retenidas por las empresas.

Es del todo atendible el razonamiento de los industriales. Sin embargo, también es incompleto. Cuando Concha se refiere al concepto de “crecimiento”, olvida ponerle el apellido de “empresarial”. El crecimiento, por definición, no sólo se relaciona con la capacidad de aumentar el tamaño de algo sino que ese tamaño se ponga al servicio de objetivos específicos. Dicho de otra manera, que el crecimiento de unos permi­ta el de otros y no al revés. Los marcados e innegables índices de de­­-
sigualdad parecen decirnos que, mientras unos crecen, otros se empobrecen en deudas. Y que los más crecidos pagan menos impuestos que los pequeños. ¿Es justo eso? Ciertamente no. Resulta que mientras una empresa del retail o del sector bancario acumula utilidades millonarias a través del negocio -legítimo por cierto- de vender créditos, el que pide esos préstamos puede llegar a pagar más del doble de impuestos que el que se los prestó. Y es obvio que el que necesita un crédito probablemente no tiene (y nunca tendrá) las utilidades del que le facilitó el dinero con intereses.

Hay más argumentos que matizan la postura empresarial. Al decir que si le suben los impuestos “se pone en riesgo la inversión”, la frase suena a una amenaza velada del tipo “si nos hacen pagar más, no nos conviene invertir”. ¿Es ese el espíritu emprendedor que representa al chileno? Esperemos que no. Felipe Lamarca, ex presidente de Copec y que dirigió la Sofofa hace algunos años, no pudo ser más claro en sus palabras cuando hace algunos días dijo que en este país no pasaría nada si a los empresarios les suben los tributos. ¿Cuál de los dos empresarios tiene la razón? Dado que Lamarca también fue director del Servicio de Impuestos Internos, al menos le pondría atención cuando de hablar de tributos se trata.

Para terminar, otras dos reflexiones. Es probable que una reforma tributaria no “compre paz social”, como lo definió Andrés Concha, pero ciertamente contribuiría a generar la sensación de que algo se está haciendo para combatir la inequidad. Está claro que el Estado necesita desembolsar más recursos para financiar una nueva reforma educacional, más y mejor salud y varias otras necesidades sociales. Los dineros públicos son limitados y se obtienen fundamentalmente de los impuestos. Si le vamos a pedir al Estado que invierta más, necesita que las arcas fiscales reciban un mayor aporte impositivo.

Por último, bien vale la pena preguntarse si estamos todos en la misma senda de crecer, crecer y crecer. Crecimiento no es sinónimo de desarrollo. Países que gastan mucho en energía eléctrica crecen en su Producto Interno Bruto (PIB) pero no son necesariamente más desarrollados. En cambio, naciones que ahorran en energía tienen una menor incidencia del consumo de luz en su PIB, pero son más desarrollados. A lo mejor llegó el momento de no enfocarnos sólo en crecer sino también en desarrollarnos. Eso haría una gran diferencia.

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