Come y calla, por Felipe Espinosa: "Sin dirección y sin reserva"

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Dejar la capital con rumbo al norte junto a mi pandilla favorita se convirtió en la aventura para este fin de semana largo recién pasado. Dispusimos el equipamiento en el vehículo y salimos por la ruta 5 hacia la Cuarta Región, mucho más preparados que en alguna oportunidad anterior en que el solo hecho de llevar carpa ya era señal de lujo.

Es hermoso el paisaje en esta época, hay flores y toques de verde que en beneficio del rocoso, agreste y árido desierto dan un estimulo a la vista y aumentan el encanto sublime de las dunas y cerros. La primera parada fue en Tongoy, cuna de piratas y tierra de algunas de las mejores empanadas fritas de nuestra larga costa, con esa impronta el almuerzo se dejó ver junto a un cebiche de lenguado y un surtido de empanadas de abundante relleno en versiones de pino de mariscos, macha y loco con queso estas dos últimas, sencillo pero ejemplar. También infaltable es llenar mi cooler con los más variados mariscos y crustáceos en pequeñas porciones a la venta en la caleta de Tongoy, materia prima de excelente calidad que serían agradecidas con aplausos una vez servidas en el encanto de la soledad.

Así fue y nos adentramos hacia la costa en búsqueda de Punta de Choros, caleta apacible de bellas playas y dueña de una de nutrida fauna costera endémica y de gran importancia para la biodiversidad mundial. Ahora, si hay algo que hacer en este lugar es salir, salir bien lejos, irrespetar las barreras naturales y tomar posesión de algún rincón donde la naturaleza te abrace y ponerse a cocinar. Si se tiene una buena materia prima, ya tenemos el 50%, el paisaje se pone con un 40%, la parrilla y el fuego con un 10%, la mano de este pobre cocinero sólo se deleita ante la armónica composición de los elementos.

Entonces nos pusimos a regalonear con jugosas pinzas de jaiba al ajillo, disfrutamos de un costillar de cordero asado lentamente con un risoto de hongos y parmesano, el calor intenso del pequeño disco de arado fue el ingrediente principal de un salteado de fideos con verduras y ostiones, lejos el hit del paseo, que no fue superado por las machas con queso de oveja de sabor pronunciado que contrastaba con el frío de un couscous de palta que las acompañaba.

Hay algo encantador en cocinar a “la antigua” y al aire libre, esa imagen insuperable del ser humano sobreviviendo con un puñado de carbón contra el viento y el frío de la costa, se transforma en permanente la idea de descender de tu vehículo en medio del desierto y con un solo respiro darte realmente cuenta de que no hay nadie cerca en varios kilómetros alrededor y de que uno se vuelve vulnerable ante la astuta naturaleza.

Sin duda esta semana está marcada por la gracia de no visitar un restaurante y de no apelar a que te sirvan bien, si no que se agradece haber estado en el mejor restaurante de Chile según mi tripulación, ese donde el mantel es de arena, las sillas de roca y la decoración la colocan las olas y el cielo más azul del planeta. Después de ese viaje al norte paralelo y cuando vuelvo a Santiago veo bajo mi brazo una fantástica empanada de Huentelauquén, señal de que el viaje está por terminar y de que el sueño está a punto de acabar.

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