Columna de Juan Manuel Astorga: "Indolencia"

Por

S uena a ironía pero es cierto. No era necesario recurrir a un servicio de inteligencia para anticipar que el homenaje al brigadier en retiro del Ejército, Miguel Krassnoff Martchenko, un ex agente de la DINA condenado por violar sistemáticamente los derechos humanos, derivaría en un caos. Peor todavía, los violentos disturbios que se registraron en la tarde de ayer no sólo pudieron haberse anticipado, sino que evitado. Sin embargo, las autoridades no estuvieron a la altura y llegamos al extremo de revivir imágenes que pensábamos superadas únicamente por la desidia de algunos y la activa provocación de otros.

La responsabilidad inicial de este desaguisado la tiene el Alcalde de Providencia, Cristián Labbé,. Hoy podrá decir que él sólo arrendó las dependencias del Club Providencia para la realización de un acto privado donde se efectuó el homenaje, pero olvida agregar que la invitación formal llevaba su firma. Era él quien encabezaba el sobre con el agasajo. Labbé, ex compañero de armas de Krassnoff, se escudó en el dudoso argumento de que ni siquiera asistiría al acto, pero no por convicciones personales sino porque tenía otros compromisos. Es decir, no sólo no lo cuestionó sino que facilitó su realización y luego, ante la creciente polémica, se marginó sin decir si estaba o no a favor de la ceremonia.

El Alcalde Labbé está en su legítimo derecho de expresar sus opiniones personales respecto a la Dictadura de Augusto Pinochet. Hay quienes pensarán como él y otros que no. Negarle la posibilidad de decir lo que siente y piensa atenta contra el ejercicio mismo de la libertad democrática por la que tanto se luchó en Chile. Pero es muy distinto expresar una opinión personal que el facilitar como autoridad comunal un recinto para homenajear a un criminal condenado por los tribunales a más de 140 años de prisión.

Aunque las múltiples condenas a Krassnoff le duelan a la máxima autoridad de Providencia, encabezar la invitación para festejar al criminal se transforma en una afrenta, un insulto y un abierto cuestionamiento a las resoluciones adoptadas por un poder del Estado.

Al margen de lo poco previsor de la autoridad policial, que no predijo que la funa anunciada a los cuatro vientos el fin de semana derivaría en un caos, caben aquí otras responsabilidades que explican la furia desatada en Providencia.

El Presidente Sebastián Piñera siempre ha señalado que condena todos los actos de violaciones a los derechos humanos y cuestionó, por lo mismo, la realización del evento. Pero lo hizo en su cuenta de twitter. Una reacción probablemente tibia y demasiado informal para un hecho tan grave.

La UDI, partido al que pertenece Labbé, recién ayer abordó el tema y se limitó a decir que lo de Labbé fue un “error”. Cuando de crímenes de lesa humanidad se trata, relativizar el homenaje a un violador de DD.HH. suena a no tener conciencia, casi 40 años después, de los horrores cometidos en el pasado.

La indolencia frente al acto de apología de ayer no se condice con lo que cualquier defensor de la vida hubiese esperado: una condena inequívoca de todos los poderes del Estado de que los crímenes cometidos no tienen justificación alguna, por más caos que el país haya experimentado en el pasado. Es una burla y ausencia total de sensibilidad permitir un acto de homenaje al violador, mientras los familiares de las víctimas aún buscan a sus seres queridos.

A no confundirse nunca: los derechos humanos no son patrimonio de izquierda o de derecha. Son un acervo de valor incalculable que todos, de lado y lado, debemos cuidar para impedir arriesgarlos como ya lo hicimos en los ‘70. El acto de ayer, la provocación de un alcalde y la desidia de otras autoridades nos hicieron retroceder en lugar de haber avanzado.

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo