Come y calla, por Felipe Espinosa: "24"

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Insólito o increíble, pero en veinticuatro horas fui partícipe de tres ferias y en ninguna de ellas vendían papas ni lechugas. Al parecer, sin intención, las actividades recreacionales en la ciudad afloran con fuerza y se consolidan año tras año. Todo comenzó la noche del sábado en la jornada de cierre de la Gala del Vino de Casa Lo Matta, donde me impuse la idea fija de degustar sólo una cepa y quizás me descontrolé en lo purista y ortodoxo pero a mi copa no cayó ni una gota de tinto. Sólo caté cuanto chardonay se me puso en frente, así profundicé en mi galería de aromas y me sorprendí con lo magnífico de entender cómo el terroir y la enología provocan distintos ápices de una misma fruta.

Sin dolor la mañana siguiente raudamente y antes del mediodía fui a recorrer la muestra gastronómica instalada en el Parque Araucano, lugar donde se confabulaban distintos stands de equipamiento, delicatesens por montón, clases demostrativas de cocina, cervezas de barril, un fogón de asado a la leña y algunos restaurantes de atractiva oferta. En resumen, un cuiquerío infernal, pero con un contenido de primera. Me fui cargado con muchos frasquitos que esperan ser degustados en la penumbra de mi despensa. Sólo una conserva de lengüitas de cordero fue inmediatamente devorada ya que me atrajo de sobremanera, fue amor a primera vista. Sin vacilar y empanada en mano subí a mi nave y fui a conocer la propuesta de la industria de la música en Estación Mapocho, Pulsar, donde el desfile de artistas variaba desde La Floripondio a Manuel García, un sinfín de kioscos relacionados con la música e inclusive se dictaban charlas y clínicas. Asistí a una sobre el trance en las culturas del mundo presentada por Subhira, sin duda un conocedor con notables ganas de enseñar. Ojo con esto, cruzo los dedos para que este mercado de la música continúe y siga anualmente con nosotros, un imperdible que no te da un minuto para respirar.

Así con tantísima actividad en el cuerpo las ganas de comer se encausaron al casco histórico de Santiago. Nos fuimos a ensanguchar a la Ciudad Vieja, situado en una esquina nostálgica que me recuerda los años que trabajaba día y noche en la calle Constitución. El local es pequeño pero engañador. Si cuentas las sillas te sorprende la capacidad que tiene, está rústicamente decorado y destaca el gran muro a espaldas del bar donde almacenan todas sus botellas, que no son pocas. La carta de vinos es reducida, pero la oferta en cervezas es extraordinaria, tirada y de botella. Hay unos pocos platos para picar, aunque aquí el soberano es el sánguche en variedad de rellenos y panes, incluso hay algunos que vienen armados entre dos sopaipillas.

Quiero destacar dos cosas, la primera, la gran atención dentro de lo informal y lo segundo, los deliciosos jugos, pude degustar el de zanahoria-jengibre, el de manzana-pepino y la revelación del recorrido, el inimaginable jugo de aji-hierbabuena, broche de oro para redescubrir la ciudad, la vieja y la nueva, y volver a darnos cuenta que en el centro o en la precordillera las palomas son las mismas y que seguramente tienen súper claro que las barreras sociales son creadas por nosotros mismos y nos dificultan el avanzar a convertirnos en una sociedad más justa e igualitaria.

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