Columna de cine de René Naranjo: Dos autores regresan, Malick y Almodovar

Por

La piel que habito

Dir: Pedro Almodóvar

Con: Antonio Banderas, Elena Anaya, Marisa Paredes.
España, 2011

El cine de Pedro Almodóvar se ha ido encerrando a tal punto que parece necesitar ya una bocanada de aire fresco. La claustrofobia emocional y narrativa que dominaba ‘Los abrazos rotos’ (2009) se instala en ‘La piel que habito’ como el eje de un relato que explora la obsesión de un cirujano (Antonio Banderas) por crear en el quirófano una mujer a la medida de sus obsesiones (Elena Anaya).
Lleno de recovecos y un latente morbo, situado en una casona distante de todo espacio urbano, el filme no funciona como thriller sicológico pero es muy revelador de los demonios que perturban al realizador: la manipulación de la libertad, la imposibilidad de la pareja, el cuerpo y sus transformaciones, y, sobre todo, la relación con la madre, que resuena de principio a fin. Justamente, en rol de mamá tormentosa y carcelera, brilla Marisa Paredes.
La puesta en escena pulcra y estilizada enfatiza el carácter clínico de esta historia sombría, a la que, pese a chispazos de humor, le faltan vida y real sorpresa.    

El árbol de la vida
Dir: Terrence Malick
Con: Brad Pitt, Jessica Chastain, Sean Penn.
Estados Unidos, 2011

Ganadora del Festival de Cannes y una de las películas más debatidas de 2011, “El árbol de la vida” irrumpe como un objeto inesperado en el firmamento del cine actual. El director Terrence Malick –que en este sigo XXI ocupa el lugar de genio anacoreta que ostentó Kubrick- emprende aquí una ambiciosa interrogación sobre el sentido de la vida y la armonía entre el ser humano y el universo, sin temor a remontarse al origen mismo de éste ni al posible final del planeta Tierra. Es un viaje que se rige por la búsqueda poética y que, desde el inicio de los tiempos, enlaza todo con Dios, en una sucesión de donde luego surgen la ética y el arte.
El resultado quizás no es el filme perfecto que soñaba Malick pero sí es una película impresionante en lo formal, con imágenes hiperrealistas que alucinan por sí mismas y por la manera en que el montaje las combina con la música (Bach, Brahms, Smetana). También juega un rol clave la sugerente voz en off, que marca el tono de plegaria del relato. ¿Por qué pide Malick? Porque apreciemos la belleza de la existencia en cada una de sus variantes, para lo cual, hace brillar  con su cámara cada hoja, cada flor, cada gota de lluvia de forma gloriosa (el Oscar a la fotografía va fijo). Invitación a sentir intensamente y a tomar conciencia de nuestra finitud, “El árbol de la vida” es la obra de un autor inimitable que aún confía en el que el cine puede susurrarle al interior más secreto de cada espectador

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