Columna de Copano: "Sentirse más"

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Durante esta semana muchos medios de comunicación se han abocado (a propósito de la polémica de Inés Perez y otras sobrereacciones) a lo que sucede en las redes sociales y a la forma de expresarse que el público de éstas tienen en relación a diversos temas. Los diarios, la radio y la televisión son medios donde se procesa la información y hay alguien a quien acusar si comete un desliz moral que no le guste a todos sus consumidores. Esto a diferencia de Internet y sus herramientas como Youtube por ejemplo, nadie pasa cualquier cosa a la pantalla de un canal.

La raíz anárquica de Internet en cambio es compleja de regular, genera un nuevo escenario y mientras más consumidores hay en la red, más se iguala a lo tradicional en poder e influencia. O sea es un desafío.

Ya en lo personal estoy aburrido del término “nuevos medios”: hace más de 10 años está con nosotros la posibilidad de conectarse. Probablemente lo único novedoso es que se han vuelto móviles y estamos rodeados de WiFi y 3G dispuestos a sacarnos de la obligación de ir a un lugar donde exista un cable telefónico. Esto acaba con el monopolio de la opinión pública explotada por las estructuras de ayer.

Y cuando hablo de estructuras no estoy siendo despectivo ni mucho menos: lo que más alerta a la industria del entretenimiento y la cultura es que probablemente se van a quedar con los galpones cuando al lado del canal de aire va a estar Youtube abriendo espacios de igual a igual para tipos que no gastan un peso, en la misma pantalla, por ejemplo, del televisor. O sea, los programas cazatalentos del futuro serán reemplazados por talentos subiendo videos en ciertos canales.

En la red vive todo: desde la pornografía más dura al más tierno de los cuentos animados. Y la audiencia es diversa: están desde los que entienden hasta los que creen entender y reinterpretan.

En ese segundo grupo hay quienes viven una serie de fenomenologías interesantes. Uno es cómo nos transforma y nos vuelve el anonimato seres más libres. El punto es que esa libertad se puede tomar para combatir las injusticias y también para fustigar al otro en torno a lo que el que se pone la máscara (decía Wilde que era la mejor forma de escuchar una verdad) cree que es absoluto y real.

Y ahí es donde enfrento el debate: ¿qué hay en esa locura nacional por sentirse más que el otro? Lo leo en los juicios sobre los programas de farándula, o en el debate en Twitter con tendencia a la descalificación: nunca hay un diálogo real, sino la sensación que esa persona es peor por exhibir su perspectiva y por eso desnuda una supuesta inferioridad. Y eso habla de personas que tienen muy pocas oportunidades para ser dignos y valorados en la vida real, en el trabajo, en el colegio, en la universidad o el transporte público. Internet crea cierta ilusión de que por una vez puedes ganar algo. Democratiza las relaciones que ayer fueron verticales y hasta confunde.

Confunde porque en la calle no escuchamos a todo el mundo y sabemos diferenciar el valor de que nos hable nuestro padre del que tiene un tipo que te atiende. O sea, existe cierta autoridad para cada uno. Y ahí radica lo que tenemos que entender por reales índices de influencia.

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