Columna de Juan Manuel Astorga: "Una guerra que no es nuestra"

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El tema es incómodo pero nadie en La Moneda se atreve a decirlo así, abiertamente. La presidenta de Argentina, Cristina Fernández, arrastró a sus pares latinoamericanos en una controversia bilateral que mantiene enfrentados a esa nación y el Reino Unido de la Gran Bretaña por la posesión y soberanía de las Islas Malvinas (o Falkland). Los emplazamientos que el gobierno trasandino ha formula­do a los países sudamericanos para que se paren detrás de la postura argentina generó que varios lo hicieran por convicción pero que otros, como el nuestro, lo hicieran principalmente para mantener las buenas relaciones diplomáticas.

Sería bueno recordar primero que la soberanía de las islas Malvinas ha estado en con­flicto desde 1833 y que, al día de hoy, es uno de los 16 territorios en litigio en la lista de Naciones Unidas. Hasta que ambas partes resuelvan el contencioso, la ONU ha permitido que Gran Bretaña las administre. Argentina no reconoce la soberanía británica sobre las Malvinas, a las que considera una parte integral e indivisible de su territorio que se encuentra ocupada ilegalmente por una potencia invasora. Londres en cambio respalda su permanencia en las islas recurriendo al derecho a la autodeterminación de sus habitantes, quienes desean mantener su vínculo con el Rei­no Unido. Argentina responde dicien­do que la presencia británica es un resabio colonialista que debe llegar a su término.

Este año se conmemorará el trigésimo aniversario de la guerra que los enfrentó en 1982, conflicto que ganaron los británicos.

En este contexto es que han ocurrido varios episodios que han elevado la tensión entre las partes. El príncipe Guiller­mo visitó el archipiélago, lo que para los argentinos fue un acto de provocación.

Más ofensivo fue el envío desde Gran Bretaña de un moderno destructor a la zona. Al mismo tiempo, Argentina promovió que sus socios del Mercosur le negaran el acceso en sus puertos a las embarcaciones que portaran la bandera de las Islas Falklands. La obsesión de Cristina por obtener apoyo internacional a su postura y, especialmente, su interés por conseguir el aislamiento de las Malvinas, ha puesto a Chile en una situación muy compleja.

Nuestro país ha solidarizado con el reclamo argentino de soberanía, pero también mantiene una histórica conexión con las islas.

Chile quedó en medio de este conflicto no ahora, sino que durante la guerra de 1982. Aunque se declaró neutral, es sabido que brindó apoyo logístico a los británicos. El ex comandante en jefe de la Fuerza Aérea, general Fernando Matthei, reveló hace algunos años una serie de detalles inéditos de esa ayuda, la forma en que se gestó y la gran cantidad de equipamiento y armas que el régimen militar recibió a cambio. Incluso la propia ex primera ministra británica, Margaret Thatcher, agradeció públicamente en 1999 la colaboración chilena, en un intento por influir sobre la opinión pública de su país y demostrar que el general Augusto Pinochet, que ese año estaba detenido en Londres, había sido un aliado clave de Inglaterra durante la guerra.

En los próximos meses, el Reino Unido desclasificará sus archivos sobre el contencioso y todos apuestan a que en ellos quedará en evidencia la postura pro británica que Chile mantuvo en 1982. Considerando que Argentina es nues­tro vecino y que aún tenemos diferendos limítrofes pendientes, una de las maneras de tomar distancia de lo obrado por Pinochet a comienzos de los 80 ha sido respaldar la postura trasandina, pero al mismo tiempo evitando perjudicar a Gran Bretaña, otro socio y aliado chileno.

Se hace difícil respetar el principio de la no injerencia en asuntos propios de otros estados cuando uno de ellos, Argentina en este caso, le pide explícitamente apoyo a sus vecinos latinoamericanos. Nadie teme realmente una reanudación bélica del conflicto. Ningún gobierno democrático repetiría la locura de declarar la guerra. Pero es obvio que ambas partes le están sacando dividendos a la pelea. El primer ministro británico, James Cameron tiene una situación social interna muy compleja. Lo Mismo Cristina Fernández. Por eso la causa más bien parece destinada a desviar la situación interna de cada país.

¿Hasta dónde están dispuestos a llegar? Probablemente no mucho más allá. Pero en el juego diplomático y verbal de esta disputa, varios han quedado en el medio. Y Chile es uno de ellos. De ahí la incomodidad de la que nadie habla en público pero que todos comentan en privado.

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