Crítica de discos, por Ignacio Lira: Paul McCartney y Ringo Starr

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Paul McCartney está enamorado. Recién casado y contando los números azules de su exitosa última gira, armó el disco que haría cualquier hombre feliz: uno donde repasa las canciones que marcaron su infancia, acompañado por buenos amigos.

Y cuando McCartney era un niño, lo que reinaba era el sonido de los crooners: baladas, swings y standards de jazz olvidados, que el músico desempolva y rescata para su propio deleite -y el nuestro- con gran dignidad y talento, en “Kisses On The Bottom”, el álbum número 16 en la carrera solista del ex-Beatle.

Se nota que el viejo Paul ama estas canciones: trabajó con la orquesta que acompaña a Diana Krall y la calidad de sus músicos se hace sentir en todo momento. Es cierto que, moviéndose en los mismos terrenos, 14 tracks pueden sonar a demasiado y terminar pareciéndose unos con otros, pero todo está hecho con tanto cuidado y cariño que es imposible no contagiarse del romanticismo tras “My Valentine” junto a Eric Clapton, la bella “It’s Only A Paper Moon”, “Get Yourself Another Fool” y, por cierto, “Only Our Hearts” un emocionante reencuentro con el gran Stevie Wonder. 

“Kisses On The Bottom” parece un regalo de bodas para su nueva esposa Nancy Shevell y un regalo para sí mismo, dándose un gusto con los mejores 

recuerdos de su niñez. Tras el excelente “Chaos And Creation In The Backyard” y el correcto “Memory Almost Full”, McCartney, gozando su segundo aire creativo, sencillamente toma un agradable descanso en el camino antes de ir por más. Acá lo esperamos.                                        

En la otra vereda de las carreras solistas tras The Beatles está Ringo Starr. Más que disco, este “Ringo 2012” es una pos­­tal, un saludo donde un tipo al que es imposible 

odiar le cuenta a sus seguido­res que con 72 años, está vivito y colean­do en forma envidiable.

Otra cosa es la música: hay una colección breve -9 canciones, donde sólo 5 son originales- con covers y reversiones de discos anteriores, incluyendo “Win­gs” y una versión pa­ra “Think It Over” de Bu­ddy Holly.

Salvo la magnífica “An­them”, el resto de la producción es liviana, buena onda, pero poco sustancioso. 

Ringo siendo Ringo. Aun­­que hay que decir­lo,esto sólo corre para sus más fieles seguidores alrededor del mundo.

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