Columna de Copano: "Prioridades, preocupaciones"

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Yo no soy quién para juzgar. Tengo una opinión formada de va­rios temas y eso me permite escribir en este diario. No puedo obligar a ninguno de ustedes a que tengan la mía. Sé que a veces sorprende esta declaración, pero es la verdad: muchos internan en su cabeza ideas preconcebidas de cómo piensa el otro en base a la dureza de sus declaraciones y una de las más seguidas que encuentro es que “los columnistas quieren que la gente piense como ellos”, así que ven cada uno de nuestros textos como una amenaza. En todo caso, a veces coincidimos y se siente en la calle cuando me preguntan por la colum­na lo cual, de lo que hago, me enorgullece mucho y agradezco.

Lo que sí me podría permitir es hacerles una pequeña sugerencia so­bre algo que me inquieta muchísimo que son las preocupaciones de ustedes. Para nosotros, los que estamos del otro lado de la pantalla o del papel a us­tedes les llamamos “audiencia”.

La “audiencia” necesita al parecer fantasía. Glamour. Necesita mucha diversión. Risas por doquier. Poca reflexión. Los que tratamos de darles un poco de realidad y contar algo paralelo a los discursos de los medios pasa­mos a ganarnos un título tremendo en estos tiempos: “alternativos”. Cuando todos son alternativos ya nadie lo es: la democratización de medios y el poder elegir lo que te gusta te vuelve único. Uno deja de ser de algún modo medio uniforme a los 15 años. Es cuando empiezas a darte cuenta que la individualidad es más efectiva para conquistar objetivos que ser parte de la manada.
Obviamente para trabajar poco (comprensible meta de la mayoría de los seres humanos que sabe que la vida en los cubículos es francamente horrible) la audiencia debería recibir ideas simples y eso tendría un muy buen retorno.

Escribo esto luego de ver los debates una y otra vez por la tele sobre la ves­timenta de la gente en la gala de Viña. La gala de Viña es un evento muy simple: un grupo de personas notorias en comunicación va a comer algo días antes del Festival. Para poder entregarle algo entretenido a la audiencia los hacen pisar una alfombra extensa roja. Ellos caminan por esa alfombra mientras otros a lo lejos observan todo lo que no podrán tener, pero alaban y adoran. Es un juego donde la “audiencia” valida que un grupo de adultos juegue con su presupuesto e impacte con su soltura.

El punto es que esto se repite una y otra vez en muchos espacios con la mis­ma estructura y llega un momento en que lo urgente y lo importante pa­sa a ser secundario: Aysén es un buen ejemplo. Y pasa a importar un ble­do pa­ra que nos pongamos a discutir si una persona se ve mal con una pilcha con el tono de la segunda guerra mundial. Eso es perder el tiempo.

He visto a las mejores mentes de mi generación ser absorbidas por debates sin ningún sentido sobre fiestas. Cuando sólo son fiestas. Y al acabar no hay ninguna lógica sobre analizarlas. He observado atentamente cómo han perdido cada uno de los minutos de su valioso tiempo en discutir sobre el otro cuando deberían mirarse atentamente ellos. He leído una y otra vez mamo­tretos críticos con cosas que no valen la pena. He visto cómo estudian carreras sobre observación sin leer nada ni buscar referencias más que los fan­tasmas de su cabeza. Finalmente, son unos mediocres que no se pueden sacar de la mente la posibilidad de ser el mozo y no el protagonista. Degradando la dignidad del primero y simulando la del segundo. Y es que finalmente saben dentro de ellos, con la cabeza en la almohada que han hecho tanta trampa que no merecen ni siquiera estar al medio “vouyereando”.

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