El hombre que escucha 200.000 voces habita en París

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El francés Franklin Picard, que colecciona voces y tiene un archivo de 200.000 grabaciones, no fue cantante de ópera ni locutor de radio, pero el sonido humano es su pasión y asegura que si no le gusta una persona, tampoco su voz.

Y tiene claro, en entrevista con Efe en París, que “la fuerza comunicativa de voces como la de Hitler y Charles de Gaulle es enorme”.

En sus grabaciones, personas conocidas y desconocidas hablan en circunstancias diferentes, como discursos políticos y conversaciones cotidianas, en la que es, según su propietario, la “mayor colección de archivos sonoros del mundo” en manos privadas.

Este parisino disfruta a sus 68 años escuchando todas estas voces que ha conseguido en subastas (aunque reconoce que no es un habitual de ellas), tiendas y a través de grabaciones hechas por él mismo.

Para Picard el coleccionismo de voces no es un mero pasatiempo, sino toda una filosofía. “La voz es el reflejo del alma, por eso si no me gusta la persona, tampoco me gusta su voz”, señaló.

“Me interesa la especie humana y la sabiduría en sentido amplio, además del hecho de que son siempre los otros, nunca uno mismo, los que pueden escuchar nuestra propia voz”, añadió.

Recuerda con gusto registrar la voz del tenista australiano Ken Robert Rosewall, pero también con humildad la de sus padres, amigos y otras personas que escuchaba en la radio.

Con un tono pausado y reflexivo, Picard dijo que lleva coleccionando voces sin parar desde los 20 años, una afición que desarrolló en las aulas de la universidad de Derecho al grabar él mismo a sus profesores.

Su familia le ayudó a cultivar esta “atracción irresistible” por los sonidos humanos al proponerle recuperar los discos de la casa natal en el pueblo de Saint-Sulpice-de-Favières (al norte de París), de apenas 400 habitantes, donde vivió durante su infancia antes de mudarse a la capital.

Allí encontró un disco que contenía la conversación telefónica entre sus abuelos, un hallazgo que le causó gran sorpresa.

No obstante, fue al trabajar en una empresa de lubricantes como pudo viajar y comprar discos de África, América Latina y Asia.

Y es que el idioma no es una barrera para él, más bien apuesta claramente por la “riqueza” de la diversidad lingüística y, desde luego, la versión original, pues “en las traducciones se pierde la autenticidad del sonido”.

Lo suyo es pura pasión, y no dudó al afirmar que la mejor invención de la historia es el fonoautógrafo, primer aparato grabador de sonido, y que los discos tienen un valor inmaterial único, la voz.

La voz es una arma atractiva, y citó como ejemplo “aquellos personajes que sedujeron al público con sus discursos, como Hitler, quien sólo por su aspecto físico no hubiese sido capaz de convencer a la población”.

Además, le fascina que “hablar es algo natural que sale del corazón, mientras que cantar es un trabajo”.

No se imagina una vida sin voz, y prefiere la radio, porque a diferencia de la televisión permite al oyente “soñar con el sonido”.

Picard es un psicoanalista de voces, entre sus favoritas están la de Martin Luther King por ser “vibrante” y la del papa Juan Pablo II que “transmite paz”, en cambio, detesta las que no tienen personalidad, como la de Stalin.

Pero hay muchas voces cuya existencia todavía está por descubrir, “encontrarlas sería algo maravilloso, como ocurrió cuando las grabaciones de Cézanne, Bismarck o la Reina Victoria de Inglaterra salieron a la luz”.

Pasaron los años y Picard fue acumulando cada vez más voces, hasta que decidió con un amigo fundar el Instituto de Archivos Sonoros de París, del que es presidente y que está formado por las piezas que él mismo ha coleccionado a lo largo de su vida.

Reconoce que ha sido tarea compleja enumerarlas todas, y que el próximo paso será la digitalización, pero, sencillamente, “no es necesario someterlas a este proceso por el momento”.

Sonidos que son una fascinación y fuente de energía para este coleccionista que a su muerte quiere compartir sus “tesoros”, ponerlos a disposición del público, pues “la voz tiene que vivir y no permanecer escondida en el armario”.

 

EFE

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