Columna de Isabel Palma: "Viejo, mi querido viejo"

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En esta columna me gustaría poner sobre la mesa lo que implica envejecer en nuestra sociedad (y tal vez en muchas otras). Uso la palabra “viejo” porque la encuentro hermosa en su significado, aun cuando hoy pareciera ser una ofensa, por lo cual inventamos el término “adulto mayor”. Esta materia obviamente da para mucho, desde el tema de la soledad y abandono a la que frecuentemente se enfrentan muchos de nuestros viejos, los problemas de salud y atención médica,  hasta las pobres pensiones o ingresos con los que debe subsistir una gran mayoría de ellos. Sin embargo, en este corto espacio, sólo me centraré o enfocaré en una pequeña parte de lo que significa pertenecer a la tercera edad en nuestro país: la manera en que son tratados nuestros viejos en la vida cotidiana.
 
Yo me he  criado en una familia donde las personas mayores son tremendamente independientes,  importantes, respetadas hasta sus últimos días. Donde ellos manejan su destino hasta el último suspiro, porque ahí radica su dignidad y su orgullo, porque eso les da una razón para vivir.  Pero tengo la impresión, de que en nuestra sociedad, cuando un adulto mayor, digamos sobre los 70 años, con sus facultades mentales perfectas, activo e independiente debe realizar cualquier trámite, ya sea ir a sacar carné de conducir, visitar al doctor, tomar un crédito, etc., se encuentra con un escenario tan poco amistoso y desconocido que muchas veces lo inhabilita y lo vuelve abso­luta­mente de­pendiente de otros. 
 
 He visto cómo, en muchas ocasiones, son tratados como niños incapaces de entender, por ende no se les explica claramente lo que necesitan sino hasta cuando aparecen con una persona “capaz” (es decir, joven). Viejos que no entienden un diagnóstico médico, que no entienden una receta ni un procedimiento y jóvenes profesionales que no se toman la molestia de explicarles en un lenguaje que ellos puedan comprender. Y muchas veces, no es que a un adulto mayor le cueste entender porque su mente falla, sino simplemente porque el mundo ha cambiado tan velozmen­te que el lenguaje que hoy usamos ya no es el mismo. Para un viejo, decirle “tome su hora en nuestra página web”, “deme su celular y lo llamo”, “le man­do los datos a su correo electrónico”, “haga una dieta baja en sodio y alta en proteínas”, “su tarjeta bip esta bloqueada”, “para servicio posventa marque 4”, etc.,son frases que probablemente  no están en su cabeza o que al menos le cuesta procesar rápidamente.
 
 Personalmente me provoca impotencia ver cómo muchas veces tratamos a nuestros viejos sin ningún respeto, como si fueran personas con sus facultades mentales menguadas, ignorándolos. Me duele ver que muchos de ellos aun así siguen luchando por no ser una carga para nadie, por ser inde­pen­dientes y mantener la dignidad de ser autovalentes, a pesar de que están insertos en un sistema que no los respeta, no los considera y no los valora. Sé que a estas alturas muchos pensarán “bueno, lo mismo pasa con los discapacitados”  y mi respuesta es “sí, lamentablemente así es”.
¿ Mi deseo? Que cada profesional que interactúe con un adulto mayor se dé el tiempo de atenderlo como éste se merece. Con respeto por el esfuerzo que implica para un viejo seguir siendo autovalente. Con dignidad, mirán­dolo a los ojos mientras le habla a él, y no al acompañante. Asegurándose de que ha entendido correctamente. Y no tratándolos de “abuelito”, cuando el tipo ¡no es su abuelo!
 
Como partí esta columna: ya suficiente tienen nuestros viejos con la soledad que implica la vejez y los pocos recursos que muchas veces poseen. Al menos no los privemos de lo más valioso que tiene un ser humano: la dignidad de ser dueño de sí mismo y el derecho de ser tratado con respeto hasta el ultimo suspiro.
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