Columna de Copano: "Cualquiera de nosotros"

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Son días para sentirse lastimado. Una niña muere en Fantasilandia, un parque de diversiones que se volvió poco divertido. El pololo, traumado, en shock no sabe a quién recurrir luego de recibir poca asistencia. Toma el archivo y decide ir a la tele. En la tele, donde deberían existir adultos responsables, toman y exhiben el momento bajo la etiqueta “de impacto”. Algo así como si alguien se suicidase en vivo y mostraran el instante donde se dispara. La secuencia recorre los diarios y se multiplica por Internet.

¿Está bien? No, no creo que esté bien. Me aburrió la relatividad. Pongámonos pantalones y definamos las cosas.

No es necesario. Por mas “dignidad” que se le trate de imprimir al momento y advertencias, eso es deshumanizar. Es considerar en su debilidad, en su espanto al otro menos que tú y por eso mostrarlo. Es volver a una persona que está mal un fenómeno de circo.

Soy un hijo de la clase media y estoy harto que ésta se exponga siempre para validarse. Es la mala herencia de Perla. Como que para salir de La Florida tienes que mostrar tus calzoncillos.
¿Lo mismo debe pasar con la muerte?

Vamos con la comida. Días más tarde otro espacio en el zapping muestra una manteca llamada “La libertad” hecha de gusanos. Con ella se hace pan. Irónico que en una sociedad de libre mercado sin control exista un producto así. Es revelador de los pocos límites. A la otra hagan una bebida de orina y la ponen en el supermercado, total a nadie parece importarle hasta que se descubre.

Todos podemos comer una marraqueta con esos ingredientes.

Todos podemos comer gusano. Tú, yo. ¿Nos merecemos eso?

Ahora, para completar el cuadro ¿Nos merecemos ser agredidos? Cualquiera de nosotros podría ser Daniel Zamudio. Cualquier pariente que tengamos. Cualquier amigo, profesor, vecino.

Ellos, los que lastiman y utilizan la violencia a favor desean imponer el miedo. Hoy son un grupo neonazi, otro, un movimiento de odio en el colegio hacia un distinto. Han impreso una esvástica en el abdomen de un hermano. Está bueno que sepan que no han logrado temor, si no más bien nos han unido a varios contra su pensamiento.

Fóbicos y agresivos, jugando a hacer justicia en grupito jamás lo harían en un uno a uno. No podrían: en su paranoia, en su fracaso, en su búsqueda de pertenecer a algo, sólo demuestran que son flojos intelectuales que se sienten superiores al resto por vestir para hacer temer, elevando una bandera que no es suya. Han motivado la indignación de muchos. Tal vez podrían alegrarse de nuestro dolor, pero eso los devela y los instala en una escala no humana.

Hay quienes piensan que hay que seguirles el juego y no decir nada. Que hay que “tener cuidado porque pueden pegar”. Esa política es la que permite que nos pisoteen, nos peguen, nos hagan comer gusanos y nos graben muriéndonos para que otros se rían una y otra vez.
Exploro estos tres cuadros porque tienen algo en común que es el desprecio por el otro. Desde los medios, pasando por una empresa alimenticia y acabando en un grupo de idiotas pelicortos que se creen puros y son puros: puros pelotudos.

Ya no basta sobre estos últimos hacer un chiste sobre “son morenos y en la Alemania de Hitler no tendrían nada”. Eso es jugar a su juego. Lo que hay que hacer es derechamente encarcelar a estos promotores del odio. Quien se encuentra contra la ley de discriminación es finalmente un temeroso de verse como un discriminador. Y la educación ahí, para variar, también juega un rol.

Un rol que podría salvarnos de una golpiza a cualquiera de nosotros.

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