Columna de Juan Manuel Astorga: "Homenaje a criminales"

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Las elocuentes palabras son del senador del PPD, Guido Girardi. Dijo que el personaje en cuestión “pagó su culpa” y que las personas que cumplieron una condena en la cárcel “no pueden seguir siendo culpables para toda la vida”. Girardi habla del ex senador de la Democracia Cristiana, Jorge Lavandero. Sí, el mismo que fue desaforado y condenado en el año 2005 a cinco años de presidio, por abusos sexuales reiterados en contra de menores de edad. Sí, el mismo que reconoció legalmente esos delitos ante un tribunal. El mismo que, claro, después dijo que reconoció una falsa culpa para evitar que el proceso no se eternizara. Bueno, resulta que Lavandero recibirá este sábado un homenaje de manos de la Corporación Cultural de Artistas Pro Ecología en la Casa Museo Pablo Neruda en Isla Negra y Girardi defiende a ultranza ese tributo. Tanto el parlamentario de oposición como los organizadores de este particular homenaje, en este caso, lugareños agradecidos del ex legislador por sus esfuerzos en defensa de los derechos nacionales de la explotación del cobre, argumentan que sus pecados no eliminan sus virtudes.

El caso Lavandero hace inevitable recordar penosos episodios anteriores donde se homenajea al condenado. ¿Qué tienen de distinto los defensores del ex senador de quienes defienden al sacerdote Fernando Karadima? Parece que nada. Ambos niegan haber cometido los delitos en cuestión y sus fieles seguidores minimizan sus fechorías. En cambio, ¿en qué se distancian el homenaje a Lavandero del que se le dedicó a Miguel Krassnoff? En mucho. Quienes le rindieron esos honores lo hicieron en un espacio municipal y público y, peor todavía, con motivo de ensalzar su figura. No sólo no importaba lo que hiciera en el pasado sino que su accionar está justificado porque salvó vidas. Síntesis cruel pero cierta de quienes intentan explicar lo inexplicable. No es lo mismo con Lavandero aunque, en honor de la verdad, es casi igual.

En el opáceo escenario de destacar el lado amable del criminal, las sutilezas importan mucho. No es lo mismo hacerlo en una dependencia estatal que en un lugar privado. Pero, por sobre cualquier otra consideración, no se compara destacar un logro específico que vitorear el delito por el que se ha sido condenado.

La lógica Girardi tiene una explicación. Lavandero ya cumplió su condena. No está en prisión ni tampoco prófugo. Según el legislador del PPD, el condenado ya pagó por sus ilícitos. Tampoco se compara con el caso del sacerdote Fernando Karadima. Claro, como Lavandero con el cobre, éste dejó una innegable huella en muchos feligreses de la iglesia de El Bosque. Formó a curas que hoy están repartidos en todo el país y cuyas misiones son admirables. Sin embargo, en este caso, ni siquiera cumple una condena de cárcel.

Hay quienes (y no pocos), que estiman que la condena a Krassnoff fue demasiado alta porque estaba brindando un servicio al país. Hay quienes también piensan que se fue injusto con Karadima. Y están los otros que pensamos todo lo contrario. Estamos los que, además de eso, consideramos también que el paso por la cárcel de Lavandero fue demasiado breve atendiendo los delitos cometidos. Sin embargo un fallo es un fallo. En uno y otro caso. No queda más que respetarlo.

En el caso Lavandero, el Gobierno se apuró en decir que “no es conveniente homenajear a quienes cumplieron una condena”. Hubiese sido igualmente valorable que aplicara esa rapidez para reaccionar cuando se quiso aplaudir a Krassnoff. Ya sabemos que su posición llegó tarde y que todo terminó en desórdenes que se pudieron haber evitado.

En uno y otro caso es bueno tener claro dos cosas. Los méritos no inhiben los delitos. Ambas cosas transitan por carriles separados. Y los más importante: en el delicado tema del abuso sexual infantil no se pueden permitir dos miradas. 

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