Columna de Juan Manuel Astorga: "Pongámonos serios"

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Pocas cosas son más nefastas que creer que, porque se evita una discusión, esta se da por zanjada. Resulta dañino y contraproducente para el desarrollo de una sociedad el querer impedir el debate simplemente acallándolo. Lamentablemente en Chile es costumbre de todos los días.

Grupos pro vida han ejercido presión para que el Congreso no discuta proyectos de ley que podrían legalizar el aborto en ciertos casos. En lugar de intentar convencer a los parlamentarios con sus legítimos argumentos, a fin de que voten en contra de las iniciativas, sencillamente exigen no discutirlas siquiera. O sea, ya empezamos mal.

Del otro lado, declarados partidarios del aborto consideran que una legítima forma de ejercer presión es imponiendo sus convicciones mediante el uso de desca­li­fi­caciones o, peor aún, de la fuerza. Ni las posturas de un lado ni del otro contribuyen a discutir con ideas. Y como siempre, nos quedamos en las formas sin atacar el fondo. Vamos por parte.

Es sabido que la UDI es contraria al aborto, incluso si está en riesgo la vida de la madre. Una visión que quedó reflejada con las controvertidas declaraciones de una de sus militantes, la senadora Ena Von Baer, quien dijo que “no tiene derecho una mujer que presta el cuerpo, a terminar con esa vida”.

Aunque la elección de palabras de la ex ministra pareció no haber sido de lo más afortunada, bastó esa frase, la de “presta el cuerpo”, para que el debate se centrara en la forma y no en el fondo de lo que estaba planteando. Llevando la discusión a la altura del suelo, el senador PPD Ricardo Lagos Weber se burló en Twitter de ese comentario con la aún más desafortunada frase de “la Ena no lo vende ni lo arrienda, sólo lo presta… se convenció que el lucro no era bueno”. En lugar de discutir si la mujer opera durante el embarazo como una mera incubadora o si, durante ese “préstamo” la embarazada queda inhabilitada como persona de derecho, el legislador optó por la talla irrespetuosa. Justo lo que no necesita esta discusión.

Menos respeto se tiene por los que piensan distinto cuando dirigentes de las Juventudes Comunistas liderados por la vicepresidenta de la Fech, Camila Vallejo, deciden tomarse la sede de la UDI sólo porque no piensan como ellos. Un nivel de tolerancia patético y donde, de haber sido al revés, de seguro habría tenido a los dirigentes del PC acusando a la juventud UDI de intransigentes y golpistas.
Afortunadamente, en esta discusión no sólo hay blancos y negros. También aparecen los matices. Uno de ellos lo expuso la ministra del Trabajo, la también UDI Evelyn Matthei, quien pidió “una conversación profunda” sobre el aborto, agregando que le repugna que en una situación en que puede estar la vida de la mujer en peligro, sea el Estado mediante una ley, el que decida. “Esto es un tema de la conciencia de cada familia”, dijo.

La visión de Matthei sin duda contrasta con la del ministro de Salud, Jaime Mañalich, quien en una declaración que no se puede pasar por alto, prefirió calificar de “ignorantes” a quienes piden el aborto terapéutico en lugar de calmar los ánimos.

Al debate le falta orden. Pero no sólo eso. También es carente de altura de miras y de honestidad. Quienes consideren, por cuestiones religiosas, que Chile no debe contar con una legislación de este tipo, como la tiene la gran mayoría de los países, deben plantearlo desde esa vereda. Disimular esa convicción con descalificaciones o dudosos argumentos no suma nada. Sólo resta. Lo mismo para quienes, desde la vereda contraria, se burlan o ningunean al contrario.

No hay duda que el aborto es un problema sanitario del que Chile tiene que hacerse cargo. Aún cuando no se cuenta con cifras oficiales, se calcula que cada año se practican entre 150 mil y 200 mil abortos, casi el doble de los que legalmente se realizan en países como Estados Unidos o Canadá. Según la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile, el 10 por ciento de la mortalidad materna se produce a raíz de abortos efectuados de forma clandestina y, por lo mismo, sin las condiciones hospitalarias mínimas. Es un hecho estadísticamente probado que en naciones como Holanda, donde se legalizó el aborto, los casos disminuyeron en lugar de aumentar. No sabemos si en Chile se repetiría ese mismo escenario, pero al menos debemos discutirlo.

Soy contrario al aborto pero nunca a la discusión. Por lo mismo, oponerse al debate, negar que existen casos extremos en el que está en riesgo la vida de la madre o refutar los problemas sicológicos que puede acarrear el hecho de dar a luz un feto inviable, es barrer debajo de la alfombra un tema que no hay por dónde seguir escondiendo. No discutirlo no soluciona el problema. Por el contrario, lo agrava.

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