Columna de Juan Manuel Astorga: Cínicos

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Sin siquiera reflexionar cinco minutos y sin haber analiza­do en detalle los antecedentes, numerosos economis­tas, empresarios, analistas y hasta el propio Gobierno chi­leno criticaron la decisión anun­ciada esta semana por la presidenta Argentina, Cristina Fernández, de na­cionalizar parte de la empresa petrolífera YPF, actualmente en manos de la española Repsol. Lo consideraron una verdadera bomba de tiempo y una apuesta muy peligrosa que ha puesto en riesgo la estabilidad económica de ese país. 

Del lado argentino, la Señora “K” ha argumentado, y con cifras que a decir verdad la avalan, que existe un nivel de desabastecimiento que los está obligando a importar petróleo, cuando ellos incluso deberían estar exportándolo. Acusan a YPF de no hacer las inversiones para ponerse a tono con el aumento de la demanda y que, en cambio, disminuyó la oferta. En resumen, justificó su decisión diciendo que la explotación de hidrocarburos en el país es de “interés público”. Con la medida, se deja en ma­nos del estado argentino el 51% de Yacimientos Petrolíferos Fiscales.

Del lado de España, acusan a Argentina de no respetar las reglas y normas legales. Dijeron que ésta es una señal de hostilidad y que habrá consecuencias para Argentina.

Chile se inmiscuyó en la controversia porque la estatal Enap, tiene millonarias inversiones con YPF Repsol en pozos petrolíferos trasandinos. Sin embargo, nadie en Argentina puso en duda ese acuerdo y lo único que se dijo es que habrá un cambio de dueño en la petrolífera que administraban los hispanos.

¿Sobrerreacción chilena? Sin du­da. Es verdad que el anuncio vuelve a instalar el eterno temor de que la política económica de Argentina se ponga hostil hacia las inversiones extranjeras, entre ellas, las chilenas. Pero ese argumento queda anulado cuando vemos que los empresarios chilenos siguen haciendo negocios al otro lado de la cordillera. Argentina es hasta el día de hoy nuestro principal destino de inversiones. 

Es cierto también que no es esta la primera y probablemente no será la última vez que los gobiernos argentinos echan mano a este tipo de acciones. Pasó con ferrocarriles hace dé­­­-

cadas, con las Aerolíneas Argentinas hace poco, se le ha acusado de desmantelar el sistema de pensiones, quedándose con parte de los fondos y de apropiarse de reservas del Ban­co Central. Pero, por lo mismo, es­ta forma de hacer política tan co-

­nocida en Argentina no puede aho­ra llamar a sorpresa. Existía cuando Repsol compró YPF, en una operación que, dicho sea de paso, estuvo plagada de irregularidades. 

Lo que tampoco estuvo presente en el análisis chileno fue el comportamiento de Repsol en Argentina. ¿Especuló con el precio del petróleo al limitar la producción de crudo? Sólo como ejemplo, en los últimos 10 años creció enormemente el parque automotor, pasando de 6,9 millones a 9,5 unidades. No hubo un in­cremento equivalente en la producción de petróleo en el mismo período.

Tal y como Chile nacionalizó el co­bre en los años 70 (y gracias eso exis­te hoy Codelco, la principal fuente de ingresos de nuestro Estado después de la recaudación de impuestos), Argentina busca con este gesto recuperar el control de un área clave. Y aun­que la forma pareció violenta y extemporánea, el fondo de su determinación no es descabellado. Menos si los nuevos hallazgos de yacimientos de crudo podrían triplicar las reservas del país. ¿Resulta justo dejar su explotación en manos de una empresa que en lugar de aumentar sus inversiones, las estaba disminuyendo?

Los argentinos son audaces pero no tontos. La pregunta que cabe hacerse no es el porqué de la expropiación sino cuánto le pagará Argentina a Repsol por la empresa. Ese precio será clave para saber si el proceso se hizo de forma seria y justificada. 

No deja de sorprender que el Estado español salga a defender los intereses de una empresa privada, como lo es Repsol. Éste no es un conflicto entre países, sino entre una nación y un particular. Lo de Argentina no es un ensañamiento con España, sino una decisión meditada que los analistas de mercado preveían hace rato. 

Se entiende que un acto de esta naturaleza amenace con golpear la imagen de Latinoamérica. A los inversionistas le cuesta diferenciar mercados. En general los niveles de riesgo que se aplican a unos se matizan por efecto de lo que hacen otros. Es el llamado efecto barrio. Pero Argentina no puede estar sopesando sus decisiones en base a lo que pien­se el resto. Digamos que la forma que tienen los argentinos de hacer las cosas puede no gustar, pero criticar el fondo de sus decisiones, con el argumento de que afecta la imagen latinoamericana y, al mismo tiempo, seguir haciendo negocios con ellos nos deja al nivel de cínicos.

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