Columna de TV: Por qué no "prende" "No basta con ser bella"

Por Marcelo Ibáñez Campos

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Durante la última década y media –desde la aparición de ‘Real World’ en MTV (1992) y la primera versión de ‘Gran Hermano’ (1999)- la realidad televisada se convirtió en la principal fuerza cultural desplegada en pantallas de todo formato. Del plasma al smartphone. De ‘La Caída de Edgard’ –“Te mojaste, wey”, el primer viral de Youtube en español del que tenga memoria- a los realities de encierro como ‘Mundos Opuestos’. De programas de farándula que se empeñan en mostrarnos que los famosos pueden ser tan humanos y miserables como cualquiera de nosotros a docu-realities de personas anónimas que se convierten en celebridades de 15 segundos -como esa gitanilla llamada Perla-, pasando por géneros híbridos como el entretenido ‘Adopta un Famoso’; todos tienen un énfasis en común. La fantasía de registrar momentos -en su mayoría intrascendentes- pero que provocan fascinación sólo por el hecho de ser ‘verdaderos’.

¿Qué genera la realidad televisada que no podemos dejar de verla? Por un lado, la desacralización de la figura pública, esa que hasta antes de internet aún podía engañarnos con su intocable glamour semidivino. Pero ahora que hemos visto a las más bellas celebridades ponerse los cuernos con meses de embarzo, mear en la calle o caer en la locura más desatada –la cara de Britney Spears recién rapada es todo un ícono-, esa falacia ha terminado por caer, como cayó la ‘infantil’ idea de los sacerdotes como hombres santos sólo por el hecho de usar sotana o de los políticos como personas con “vocación de servicio” –y no de servirse de nosotros, los votantes paga impuestos-.

Y la caída salpicó a todos. A justos y pecadores.

Entonces el trono de las celebridades comenzó poco a poco a ser compartido por una invasión de anónimos bárbaros que alimentan esta nueva cadena trófica del star system; de los realities a los programas de farándula y de ahí al recuerdo. Si ahora no hay celebridades intocables -por más grande que sea la pantalla-, y la vida de todos nosotros es una forma de relato público transmitido en su Facebook más cercano, finalmente la única diferencia entre anónimos y famosos es el tamaño de su audiencia.

En este nuevo escenario hay dos hombres que han marcado la pauta en la tele chilena. Y los dos trabajan para Canal 13: Sergio Nakasone y Rodrigo Leiva. El primero es el titiritero de la casi todos los realities de encierro exitosos, el segundo, el director y creador de programas tan entretenidos y populares como ‘Cásate Conmigo’, ‘En su Propia Trampa’ y ‘Perla’. El mismo que ahora intenta repetir el éxito con ‘No Basta con ser Bella’.

Podría ser que las dificultades que presenta ‘No Basta con ser Bella’ se deban al proceso natural de definir un formato innovador como este –el formato que Leiva creó con ‘Perla’, donde se pretende armar una ‘serie de la vida real’ sin guiones preestablecidos- pero resulta más coherente creer que las razones de por qué el programa no prende, se deban a problemas propios de la idea.

En un programa coral como éste, resulta fundamental la variedad entre las personalidades de los personajes. Cómo estas chocan y se complementan, así como tener un personaje suficientemente fuerte que aglutine al resto. ‘Perla’ tenía a Perla y a una amplia gama de caracteres que entraban en conflicto. ‘No Basta con ser Bella’ carece de todo ello. Acá las aspirantes a Miss Chile casi no se diferencian entre sí, más allá de que una tenga 20 años y sea pareja de un tipo de 56 y otra viva en Puente Alto. Acá nadie parece –aún- convertirse en foco gravitacional de los conflictos (eso sí, Camila Stuardo muestra un carisma que la puede llevar a ser una nueva Tonka) porque simplemente no existen conflictos o estos se reducen a hacer dieta o “estar gorda” (no, no lo están), el deseo de cumplir un sueño de infancia (ser Miss) o la terrible tragedia de no tener unas nalgas que convenzan al jurado (esa tasación casi equina de parte de un cirujano, se vio en el capítulo pasado).

Así las cosas, por el momento no existe conexión emocional con los personajes. Y esa es la única razón por la que uno gasta parte de su vida, viendo la vida de otras personas que, al menos en un principio, no te importan. Por eso como televidente habría preferido ver un spin off de Cangri y Dash. Y eso, a pesar de los bikinis.

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