Columna de Juan Manuel Astorga: "El poder y la censura"

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El objetivo planteado en el censurado reportaje de “Contacto” en el noticiero de Canal 13 era más que loable: demostrar con ejemplos nítidos cómo en Chile, a pesar del discur­so integrador, se sigue discrimi­nan­do. La necesidad de reflejar en pantalla un hecho sabido pero no por eso menos grave, está más que justificada. La segregación y el trato diferenciado según la condición económica de una persona está horadando nuestra sociedad y eso y seguirá siendo noticia mientras no se corrija. Lamentablemen­te el fondo de su objetivo no se condijo con la forma en que se intentó hacer la denuncia. 
 
La utilización de dos actores que simulaban ser una empleada doméstica y su marido concurriendo a colegios del sector oriente de Santiago a preguntar por matrículas para sus hijos, no fue la manera más pulcra para conseguir el propósito. Eso, sin embargo, no deslegitima en ningún caso el sentido propio del reportaje.
 
Es común en el ejercicio periodístico que se utilicen falsos personajes para demostrar lo que se quiere denunciar. Pasa a cada rato. Un periodista se hace pasar por comprador de drogas para delatar al traficante o bien simula ser un turista que toma un taxi para acusar el abuso de algún chofer que lo pasea innecesariamente por Santiago. Sin embargo, en este caso pareció haberse extremado en exceso el recurso de los actores, caricaturizando a la nana. Aunque esto último es una apreciación subjetiva, quedó la sensación de que la forma perjudicó el fondo del reportaje. ¿Era razón suficiente para censurarlo? De ninguna manera.
 
El informe emitido el lunes pasado tenía una segunda parte, con una duración cercana a los 25 minutos. Sin embargo, el martes sólo se vieron en pantalla 6 minutos. El presidente del directorio de Canal 13, René Cortázar, tomó la determinación de cortarlo, dejando solamente las respuestas que dieron los colegios aludidos y evitando que se vieran nuevas denuncias conseguidas mediante el método de la cámara oculta y de los actores enfrentando otras situaciones de discriminación. 
 
El argumento esgrimido desde la dirección del ex canal católico para explicar el abrupto tijeretazo es que sólo se utilizan cámaras ocultas cuando éste es el único método disponible para poder denunciar algún hecho delictual. Es decir, su argumento para cortar el reportaje es que aquí no había delito y que bien pudo haber ido el periodista con su camarógrafo y preguntar abiertamente en los colegios cuáles eran las condiciones según las cuales seleccionaban a sus alumnos. Digamos las cosas como son: esto último es una falacia del porte del Canal 13.
 
Es de público conocimiento que varios directores de los colegios aludidos, así como conspicuos apoderados de los mismos establecimientos, le hicieron llegar su inquietud -sino derechamente su furiosa molestia- a René Cortázar y al propio Andrónico Luksic, dueño del canal. Y no cabe duda alguna que la reacción de mutilar el reportaje la gatilló esa avalancha de enojos. ¿Cómo asegurar tan categóricamente algo así? Por una sencilla razón. Si era tan claro y explícito que el manual editorial del 13 establece cuándo se puede utilizar una cámara oculta y cuándo no, se hace imposible creer que el primer reportaje haya sido emitido sin haber pasado algún control o filtro por parte del equipo de prensa. A cargo de su elaboración estuvieron dos de los periodistas más reconocidos, talentosos y experimentados del medio televisivo: Pilar Rodríguez, responsable editorial de varios reportajes de denuncia emblemáticos del periodismo chileno, y Patricio Ovando, que ejercía como director de prensa interino desde hacía meses y que, por lo mismo, se asume que contaba con toda la confianza del directorio del canal.
 
¿Cómo es posible que a los dos se les pasara por alto algo que, según Cortázar, era ley dentro de prensa? Raro.
 
No es la primera vez que Cortázar aplica una motosierra frente a pautas periodísticas. Ya había sido apuntado con el dedo por hacer lo mismo cuando fue director de TVN. 
 
No hay mayor atentado contra la libertad de prensa que cuando la censura la aplica el propio director del medio. Y más todavía cuando esa mordaza es impuesta porque no se quiere incomodar al poderoso, hay interés por congraciarse con el auspiciador o se le teme a la reacción de la autoridad. 
 
En televisión las formas importan mucho. Al fin de cuentas, es imagen. Y los noticieros pecan de exagerar la forma y despreocupar el fondo. Y aunque aquí la forma de hacer la denuncia no fue de las mejores, el fondo era encomiable. Lamentablemente, hubo quien se escudó en la forma para esconder las verdaderas razones por las cuales no quiso, otra vez, que una penosa realidad fuera puesta en pantalla.
 
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