Columna de TV: "La insoportable levedad de Franzani"

Innovar siempre es una locura. Implica tomar riesgos, batallar con la angustia del proceso creativo y enfrentar la agobiante incertidumbre de los resultados. Es, como quien dice, abrirse camino a machetazos limpio y correr el riesgo de perderse en el trayecto.

Copiar en lugar de innovar, en cambio, es avanzar por una autopista asfaltada en la comodidad del aire acondicionado, seguro de que se llegará a destino aunque se haga sin pena ni gloria. Y de eso, de formatos copiados, la televisión chilena está repleta. Pero también hay un punto intermedio: hacer pasar por aventura lo que en realidad es un paseo. Tomar la bicicleta –con canastito por supuesto- para dar una vueltas por el Parque Forestal, haciéndonos creer que en eso puede existir la misma adrenalina que si nos tiraran como telespectadores cerro abajo.

Ignacio Franzani y “Gran Avenida”, su programa cultural en TVN, circulan en esa moral de paseo dominical disfrazada de aventura aparente, un gatopardismo habitual en el conductor. Porque Franzani es un entrevistador correcto, a veces ingenioso,  pero que en más de mil entrevistas realizadas según informaciones de prensa, –de “Cadena Nacional“ en Via X a “A/Z” en TVN- no ha sacado ni una sola declaración que haya terminado provocando algún revuelo. Y su conocimiento musical –otro de sus supuestos fuertes- es más enciclopédico (fechas, nombres de discos, integrantes… en fin, la pega de Wikipedia) que curatorial. Porque recomendar, apostar antes que nadie, es demasiado riesgoso para él: Franzani se parece más a un niño mateo que cumple al pie de la letra las instrucciones del profesor y recibe a cambio buenas notas –de prensa-, y no a un periodista que construya una mirada propia. Franzani es demasiado correcto como para atreverse a escapar del molde. Y es esa, precisamente, la falencia de “Gran Avenida”.

No me malentiendan. Comparado con “Hora 25”, el anterior programa cultural de TVN, “Gran Avenida” es un salto cuántico: si ”Hora 25” parecía un programa al que sólo le faltaba la “culturosa” voz de Patricio Bañados para terminar de teletransportarnos a 1991, “Gran Avenida” al menos nos sitúa culturalmente en 1998. Si en “Hora 25” teníamos a dos conductores –Augusto Góngora y Diana Massis- anclados en esa moral de que la cultura es exclusivamente propiedad de críticos y artistas súper especiales –expertos que logran ver profundidad metafísica y metalingüística donde la mayoría solo ve aburrimiento –, “Gran Avenida” tiene una intención opuesta, acorde con los tiempos de redes sociales y docurrealidad: el programa sale del set a la calle, reemplaza a los expertos por gente común y aspira más al pop que a la sala de teatro. Y esa moral es su gran logro.

Pero el resultado no está siempre a la altura de sus intenciones. “Gran Avenida” se muestra débil en dos ámbitos donde todo magazine cultural se juega su prestigio: contenido y mirada. Acá hay mucho paseo por Lastarria y pocas historias nuevas: la mayoría de las notas abordan temas o personajes que cualquier persona medianamente informada conoce desde hace años, y los lugares que visitan son tan predecibles como el barrio Franklin, San Diego o Patronato. Tampoco ayuda que casi todas las figuras a las que recurren para conocer la ciudad –Amaro Gómez Pablos, Delfina Guzmán, etc..- sean de TVN. De hecho, en sus seis capítulos la única nota realmente novedosa fue la del graffitero de Puente Alto que retrata muertos por hechos de violencia, como si fueran animitas 2.0.

“Gran Avenida” puede resultar revelador para alguien que ve la señal internacional de TVN, pero para un televidente nacional resulta algo predecible en temáticas. Un programa de buenas intenciones al cual no le vendría mal un mejor trabajo en la edición de contenidos. Al cual no le haría mal entender que Santiago no es Chile, y que la capital es mucho más que el barrio Bellas Artes. Entender que la cultura no es hacer el mundo más pequeño, si no que todo lo contrario.