Columna de Juan Manuel Astorga: "La sartén de teflón"

Por

Michelle Bachelet ha guardado riguroso silencio desde que dejó la presidencia de la república, hace poco más de dos años. Salvo en un par de oportunidades (una para hablar de su rol en la ONU-Mujer y otra para entregar sus condolencias por la muerte de Felipe Camiroaga), la ex Presidenta ha mantenido un sagrado mutismo desde que abandonó La Moneda. No sale a responder ninguno de los cuestionamientos que se le han hecho desde la Alianza por Chile, no ha formulado ningún llamado al orden para que la Concertación recupere el norte y ni siquiera ha dicho si será nuevamente candidata a la primera magistratura del país. A pesar de eso, figura primero y muy arriba en todas las encuestas de opinión pública.

Aunque la deliberada decisión de guardar silencio indigna a sus detractores e incomoda a partidarios suyos que le piden que defina si será o no su abanderada para los comicios del 2013, Bachelet se mantiene muda. Y su estrategia le ha funcionado. Nada de lo que se le ha sacado en cara en estos dos años ha hecho mella en su imagen. No importa el cuestionamiento que reciba. Como una sartén de teflón, todo le resbala. Su silencio ha sido su mejor arma de defensa. Y no ha habido cómo obligarla a salir al pizarrón

La Alianza por Chile no ceja en su intento por conseguir su objetivo de que la ex mandataria se vea obligada a rendir cuentas por sus errores. Y encontró en el penoso episodio del terremoto y tsunami del 27 de febrero del 2010 su mejor oportunidad para exigírselo. Pero hasta ahora, no les ha ido bien.

Aunque resulta incomprensible y hasta indignante que Bachelet nunca haya querido dar explicaciones en público sobre los evidentes errores cometidos esa madrugada, intentar forzarla no parece ser la más sabia de las estrategias.

Para que no quede duda alguna en este punto, cabe decir primero que es bastante obvio que los organismos que concentraron la información y la responsabilidad de reaccionar ante el terremoto, como lo fueron la Onemi, el Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada (Shoa), el Instituto de Sismología de la Universidad de Chile y las Fuerzas Armadas, no dieron el ancho. Ese día, la Sala Nacional de Alarma de Maremoto (Snam) que depende del Shoa, emitió una alerta de tsunami. Pero lo hizo de forma tardía, ilegible, despachándola vía fax y cancelándola una hora más tarde. En la Onemi leyeron mal el fax y, para colmo, los medios alternativos para comunicarse con las regiones, como los teléfonos satelitales, eran de prepago, estaban guardados en un cajón y desactivados. 

Aunque Michelle Bachelet se encontraba esa madrugada en la Onemi, su rol fue el de vocera y quien tomaba las decisiones políticas fue el subsecretario del interior, Patricio Rosende. Así lo entendió la fiscal Solange Huerta, quien lleva adelante una investigación penal para determinar eventuales responsabilidades criminales frente a las erróneas decisiones políticas de esa noche.

Que Bachelet no figure en el banquillo de los acusados y en cambio sí estén Rosende y la ex directora de la Onemi, Carmen Fernández, entre otros, es algo que a la Alianza la ha costado aceptar. Y aún cuando, en lo formal, puede ser legítimo que le exijan que enfrente sus culpas, esa obsesión por verla declarando no puede sino interpretarse como un oculto interés por destruir su imagen y, de paso, su eventual candidatura.

Al margen de esa obsesión, resulta de suyo preocupante que por primera vez en nuestra historia se intente castigar penalmente a una autoridad por las decisiones políticas que tomó. ¿Por qué Rosende debería pagar con cárcel por haber tomado determinaciones políticas? En base a precarios y confusos informes, el subsecretario, que no es una autoridad técnica sino política, debió optar en un determinado sentido. Siguiendo la lógica de este juicio, también se podría entonces procesar al ministro de Justicia que no ordenó arreglar las destruidas redes de agua potable de la cárcel de San Miguel, lo que impidió que bomberos pudiera actuar a tiempo.

Intentar torcer las reglas en busca de mezquinos intereses es muy peligroso, pues no sólo se daña al sistema político sino que también al judicial. Y aunque sería bueno ya que Bachelet dejara el ostracismo, reconociera sus errores y culpas y se defina de una buena vez como candidata, forzarla mañosamente sólo está generando el efecto inverso. Y ahí las encuestas no mienten.