Columna de René Naranjo: “El año del tigre”: La devastación total"

Columna de René Naranjo: “El año del tigre”: La devastación total
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Este 2012 va camino a convertirse en uno de los años más im­portantes de la historia del cine chile­no. Con dos filmes ya estrenados de sólida calidad en su realización (“Joven y alocada”, de Marialy Rivas y “Bons­ai”, de Cristián Jimé­nez) más varios otros valiosos (como el documental “Hija”), la cinemato­grafía nacional ve consolidarse una nueva generación de directores, actores y guionistas, que observan la reali­dad con miradas contemporáneas y puntos de vista marcados por la inquietud moral sobre una sociedad colmada de contradicciones.

“El año del tigre” es el tercer largometraje de Se­bas­tián Lelio, quien antes realizó “La Sa­grada familia” (2005) y “Navidad” (2009) y sitúa su acción en torno al terremoto y tsumani del 27 de febrero de 2010. Lelio grabó en la región costera más afectada por el cataclismo, a pocas semanas de la catástrofe, y captó la destrucción en estado puro. Inteligentemente, no buscó agregar más ficción a los hechos (como sí hizo la cinta “03.34”), sino que la minimizó hasta lo esencial, de modo de que el paisaje derrumbado y la desolación colectiva también pudieran hacer oír su voz en la pantalla.
 
El filme es, justamente, una historia de ausencias, el relato de esa huida desde la cárcel  tan afortunada como imposible que emprende Ma­nuel (Luis Dubó, perfecto en el rol), con ese caminar y ese esconderse constante, ese ajuste de cuentas dolo­roso del protagonista con sus pérdidas y sus miedos, ese reencuentro con la casa familiar -ahora devastada- y el fantasma de los poblados cercanos, a los que puede acercarse pero en los cuales ya no ha­llará su lugar. 
 
Con una muy buena asimilación de diversas influencias fílmicas y una evidente madurez respecto a sus trabajos anteriores, la cámara de Sebastián Lelio acompaña a Ma­nuel como un buen y callado amigo. Lo acompaña en su soledad, en los extensos silencios, en sus dudas sobre qué hacer, y en secuencias de gran cine, como aquella en que Manuel encuentra el cadáver de su madre entre los escombros, lo amortaja humil­de­mente, lo toma en brazos para llevarlo al bosque y lo entierra bajo la sombra fresca de los árboles. 
 
El director recorre el infierno post 27-F junto a su personaje sin juzgarlo, sin apu­rarlo, dejando que el tiempo (todo un protagonista de la película) haga su trabajo. En su viaje, Manuel va a toparse con distintas situaciones, la más relevante de las cuales será su estadía en el campo de un autoritario criador de cerdos (Sergio Hernández, sensacional). Es en esta convivencia forzada y forzosa (Ma­nuel acepta trabajar allí casi en condiciones de esclavitud) que van a aparecer conceptos relativos a la opresión y violencia social instaladas hace siglos en la vida chile­na, así como las dudas sobre la verdadera voluntad de Dios. En este sentido, Sergio Hernández rega­la al espectador con una escena formidable en la que predica sobre el castigo divino, un mo­men­to que la puesta en esce­na de Lelio-apoyado en la gran fotografía de Miguel Joan Littin- evoca fuerzas atávicas y remotas.
 
Con menos frenesí que en su primer filme (“La sagrada familia”) y en forma más precisa que en el segundo (“Na­vidad”), Sebastián Lelio reitera un interés por la presencia de lo reli­gioso en la vida coti­diana. La posición del di­rector ante estos temas es am­bigua; a ratos parece estar muy cerca del dis­cur­so cristiano, mientras en otras se le siente más distante e irónico. Con todo, esa ambi­güedad enriquece la narración y la abre a diversas in­terpre­ta­ciones sobre la libertad y el des­tino, dos de los temas que recorren el relato que apunta a cabo.
 
Película que funde acción y contun­­den­cia, y que po­see una emoción contenida que surge de lo más básico, “El año del tigre” tiene el gran mérito de ser una obra don­de cada elemento juega un rol significativo sin ser rimbom­bante, en que los hombres y la naturaleza se integran en un drama sin sub­rayados, y en la cual su director da un paso importante hacia la madurez como autor de plena identidad.