Columna Come y calla, por Felipe Espinosa: "De príncipe a mendigo"

Por
Felipe Espinosa

Chef ejecutivo “house” Twitter: @psyfat

Una noche sin brillo en que todo giraba al vaivén del evento televisivo de la semana, la final de “Mundos Opuestos”, sería la excusa primitiva para escapar del calor hogareño invadido por la TV. ¿Para qué ver algo que probablemente revisarán mil veces y que sencillamente no me interesa?
Es difícil replicar consecutivamente una experiencia y que te sorprenda una y otra vez, pero hay franquicias internacionales que se esmeran en dejar una marca indeleble en cada país conquistado.
Hace poco más de una década mientras trabajaba en Madrid escuché hablar de Sergi Arola, en ese entonces formaba filas de la joven armada de la cocina española descendiente de los más osados cocineros vascos como Adrià o Arzak, por nombrar algunos. Hoy se puede probar de la cocina de Sergi en su restaurante ubicado en las entrañas del elegantísimo Ritz-Carlton ciudad de Santiago.
De entrada el señor Botones le abre gentilmente la puerta a mi señora y comienza con el primer buenas noches de una seguidilla de mimos de parte del personal del hotel hasta llegar a nuestra mesa.
Noche de Campari y jugo de naranja, de la carta, hay pequeñas raciones para compartir, o tapear si se prefiere. Al ritmo lounge de la música pedimos un irrepetible muestra de sabores, donde prima lo ibérico a morir. Todo comienza con el apetizer de la casa, grisinis en panera de cobre junto a una espuma de queso cabra, otra cesta con pan, tomate y aceite, versión hágalo usted mismo del pan tumaca catalán, luego las tapas, empanaditas de atún, el punto menos alto de la cena, seguido de unas mini croquetas de jamón, casi líquidas en su interior y acompañadas de una salsa tipo gazpacho con toque picante muy delicado, una vasija con huevos pochados en caldo con papitas fritas y serrano sorprendieron en su simpleza. Un poco más serios y complejos fueron unos ravioles de vacuno estofado bañados en salsa teriyaki bien espesa y dulce que en contrapunto con la carne realizaban un momento cálido.
Mucho hombre de negocios atraído por el ganado y así con la conversación de por qué los argentinos tienen tan buena carne, de cómo conocen cientos de formas de asarla y también de cómo han enaltecido los fogones trasandinos en atractivos turísticos. Son como plato de semi fondo una especie de pizza en formato de seis unidades individuales, queso de cabra, alcachofa, rúcula y nuevamente jamón, gran final en antesala de los postres, fuimos débiles y caímos rendidos al chocolate, yo, un cremoso blanco con helado de frutilla y salsa de maracujá, ella, la futura madre, fue premiada con un conjunto de texturas, joyas de chocolate en miniatura en distintas formas y colores, luego café expreso y bombones de cortesía. Mi mujer a esa altura enloquecida por el cacao.
Un ritual cinco estrellas que cualquiera merece disfrutar, volví a casa y la lacra de reality aún no dejaba de existir, mejor dormir. En este momento me encuentro escribiendo precariamente en mi teléfono bajo el alero de un carrito callejero que me protege del frio y la lluvia, masticando una sopaipilla mientras espero un ave palta, esos sí son mundos opuestos.

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