Columna de Juan Manuel Astorga: "Con su deber cumple"

conductor y editor de radio duna. Todos los viernes en publimetro

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Respetar la justicia, ponerse del lado de las víctimas, investigar las denuncias y nunca esconder un delito. Eso es hacer lo obvio. Es cumplir con lo mínimo. Ese mínimo, sin embargo, no siempre ha estado presente para la Iglesia Católica cuando se trata de denuncias de abusos sexuales cometidos por sus miembros.
Hasta hace menos de dos años, la importancia que esta institución le asignaba en Chile a este delicado tema sorprendía e indignaba. Abundaba la desidia y sobraba la indolencia. Es imposible olvidar aquella afrentosa frase de quien era el cardenal arzobispo de Santiago, monseñor Francisco Javier Errázuriz. Cuando se le preguntó por las acusaciones contra curas dijo “hay algo de estos abusos, de pedofilia, pero hay poquito gracias a Dios”. Respiraron tranquilos los violadores con sotana pero, al mismo tiempo, un escalofrío debió de haber recorrido el cuerpo de las víctimas, los denunciantes y sus familias. Donde se esperaba una condena, hubo relativismo. Y donde se asumía rigor en la defensa del desprotegido, hubo en cambio una burla que dañó al que esperaba socorro.

Ha pasado el tiempo y, aunque estamos muy lejos de poder decir que El Vaticano está dando hoy una lucha frontal contra los abusos sexuales, al menos ha demostrado que le asigna al tema una importancia especial y ya no minimiza un hecho de gravedad capital. Este jueves tuvimos un ejemplo que en algo devuelve el alma al cuerpo a quien espera ese mínimo de justicia.

El arzobispo de Santiago, monseñor Ricardo Ezzati, confirmó el envío al Vaticano de las denuncias por abusos sexuales cometidos por el sacerdote y ex vicario de la Solidaridad, Cristián Precht y el presbítero Alfredo Soiza-Piñeyro. En ambos casos, la Iglesia Católica Chilena consideró “verosímiles” las acusaciones de conductas abusivas con mayores y menores de edad. Dado que los casos están prescritos para la legislación canónica al haber transcurrido 20 años desde que las eventuales víctimas cumplieron 18 años, el arzobispado de Santiago anunció que pedirá para ambos casos la derogación.

En el caso de Precht, las denuncias fueron presentadas hace menos de un año, lo que habla de una mayor celeridad en investigar casos como éste. Se trata de supuestos abusos sexuales cometidos contra Patricio Vela, un sicólogo que se suicidó a los 29 años de edad en Estados Unidos a principios de la década de los noventa. La denuncia fue realizada por su viuda, Carolina Bañados, quien aseguró que su marido fue víctima de abusos sexuales cometidos por el sacerdote a fines de la década de los ochenta.

La víctima ya no está. Pero es no imposibilita que los suyos quieran buscar justicia. Más todavía cuando se desprende que la decisión de Patricio Vela de ponerle término a su vida pudo haber estado influenciada por el daño ocasionado por estos abusos. O como lo dijo la familia del propio afectado: “Nuestro propósito fue y sigue siendo denunciar una estructura que protege relaciones desiguales, asimétricas, que se esconden bajo un discurso de justicia y bondad, donde jóvenes de buena voluntad no tienen ninguna posibilidad de defenderse”.

Cristián Precht no era cualquier sacerdote. Ejerció un rol destacado en la lucha por los derechos humanos durante la dictadura militar, al encabezar organismos como la Secretaría Ejecutiva del Comité Pro Paz y la Vicaría de la Solidaridad. Fue también el fundador de la Vicaría de la Esperanza Joven.

Resulta especialmente preocupante que varias de las figuras más emblemáticas de la Iglesia Católica Chilena aparezcan involucradas en uno de los delitos más crueles que alguien pueda cometer. Pero, a diferencia de Precht, el accionar de la Iglesia en el pasado fue opáceo y hasta burlesco.

Monseñor Francisco José Cox fue el primer sacerdote de las altas esferas eclesiásticas de nuestro país en ser acusado de conductas impropias con menores de edad. Su comportamiento era vox pópuli en La Serena, pero Cox no fue procesado por la justicia canónica ni ordinaria. Sin embargo, gracias a las denuncias aparecidas por la prensa, al menos se le puso término a su labor pastoral y fue confinado en noviembre de 2002 en un santuario de Schoenstatt.

El sacerdote José Andrés Aguirre Ovalle, el cura Tato, era muy conocido en colegios del sector oriente, entre ellos el Villa María. También se sabía en la Iglesia de sus prácticas poco católicas y a pesar de existir denuncias en su contra, el único “castigo” fue enviarlo a Honduras para “sacarse el demonio”. Lo instalaron en Quilicura, donde siguió ejerciendo en colegios. Sólo enfrentó la justicia cuando las imputaciones aparecieron en los medios. Hoy cumple una condena de 12 años de cárcel por diez delitos de abusos sexuales contra menores y uno de estupro.

El caso del sacerdote Fernando Karadima ha sido largamente analizado en estas columnas. De su proceder en la parroquia de El Bosque vinimos a saber gracias a la valentía de cuatro denunciantes que se atrevieron a dar la cara en los medios.

Al comentar lo ocurrido con Precht, Juan Carlos Cruz, uno de los valientes denunciantes de Karadima, dijo ayer que “estos son curas emblemáticos que usan su poder para embaucar a gente inocente que confía en ellos”. Y tiene razón. Porque en todos los casos hay cinco elementos coincidentes. El primero es la personalidad de los abusadores. Carismáticos, proactivos y cautivadores. Lo segundo es que estaban rodeados de poder. El tercer elemento fue la rapidez con la que encontraron connotados abogados defensores. El cuarto es que gracias a la profusa divulgación que la prensa hizo de las denuncias que la Iglesia mantenía en las sombras, pudimos conocer de sus delitos. Y el quinto -sin duda el más importante- es la valentía de las víctimas y sus familias en atreverse a denunciar, con todo el costo social que ello implica.

Y así como Karadima, el cura Tato y Monseñor Cox, Precht también fue un sacerdote que luchó y ayudó a mucha gente. Pero, dicho por Juan Carlos Cruz,  “no hay tolerancia por el tema de los abusos”.

Esperemos que así lo haya entendido por fin la Iglesia Católica. El de ayer fue un paso. Que no se detenga cuando queda camino por recorrer. Uno doloroso, pero necesario. Con su deber no más cumple.

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