Columna de Copano: "Cómo entregar más"

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A propósito del debate sobre la famosa aplicación de la Finis Terrae (ver nota página 06), un apunte que debería venir escrito fuera de las cajas: que un teléfono sea inteligente no exige que quien lo use también cumpla con esa característica. Probablemente el alumno o el profesor que está detrás de la iniciativa, lleno de cartones y medallas, tenga acceso a una conexión a Internet, pero no a la realidad. Y creo que de eso hay que hablar ahora, después de los chistes, más allá de la indignación de las redes.

Para que no nos afecte la pobreza a nosotros, con nuestras casitas donde podemos pasar el invierno dignamente (y si no, a cómodas cuotas podemos comprar un calientacamas) durante años se nos ha contado una historia de boca en boca: en los campamentos hay gente que tiene teles gigantes. “Finalmente no viven tan mal”. Y así sucesivamente dibujamos la indolencia.

Todo esto es absolutamente falso. Y la clave es que ellos no tienen medios de comunicación que cubran sus necesidades si no es en el campo de a) lo paternalista b) lo raro y lo marginal c) la violencia. 

Tampoco tienen Youtube para subir el video del momento en que sucede un chascarro. No hay cyber. No hay libros. No hay siquiera una cama. A veces no hay colchón. Hay piso de tierra. 

Es por eso lo increíble de la idea de una aplicación Smartphone para cambiar cosas (hacer trueque, o sea no valorizar un carajo lo que se hace) en el campamento: un techo para el Facebook.

Lo doloroso no es que unos chicos de una buena universidad piensen una estupidez de este tipo. Lo triste es que probablemente muy pocos de nosotros conocemos la realidad de lo que sucede ahí. De la profunda desigualdad. De que cuando vamos a una fiesta nos olvidamos de todo, o cuando hay un chiste sobre Vale Roth. Qué se yo.

Hacemos poco por cambiar las cosas, porque parece ser que no las conocemos. Y se puede. Se puede hacer el aporte, se puede ser parte de una causa. Se puede buscar en Internet más allá de las fotos del Facebook de las vacaciones del año pasado, de tus amigos una idea a la cual donar un poco de tiempo.

No quiero validar la idea del safari social. Los cambios no se hacen dándole un pancito a un mendigo una noche con el apoyo de la pastoral. Esto requiere cambios políticos y tambien de identidad. Es de una vez por todas absolutamente necesario empezar a conocernos como país, a mirarnos a los ojos, a dejar de construir estupidos ghettos. Los que tengan más, tienen que ser los primeros en dar el paso adelante en integrar, en educar, en entregar su tiempo a resolver el cómo igualarnos en derechos y educación. Es absolutamente necesario emparejar la cancha, pero ante todo vernos. Saber quiénes somos. Dejar de mirarnos con asco. Dejar de despreciarnos por comuna, equipo de fútbol. Dejar de pensar en nuestra estúpida, mediocre y solemne mirada del otro como si fuese menos.

Y es ahí donde probablemente la reacción bien intencionada falla.

El drama de la pobreza en Chile no es sólo social. Es cultural. Es una lógica de desconfianza originada por la soledad, el abandono y el ignorar tan grande que finalmente incluso si una idea estúpida es bien intencionada la vemos con sospecha. Es ahí donde radica el gran desafío de todos: cómo construir puentes para volver a conversar y salir del lugar común. Ese donde los “pobres son flojos”.

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