Columna de René Naranjo: "Kramer contra las caricaturas"

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‘Stefan v/s Kramer’ es una película inusual en el cine chileno. 

Primero, porque es una producción casi unipersonal, en la que el comediante Stefan Kramer es director, guionista, se interpreta a sí mismo y además caracteriza a 19 personajes.

Luego, porque busca trasladar un éxito de la televisión masiva a la pantalla de cine (con vistoso despliegue de efectos especiales digitales) y porque, como rara vez sucede en nuestra cinematografía, le hinca el diente a la contingencia mediática y política y hace de ella su principal blanco de potenciales carcajadas.

En un arranque igualmente poco habitual, este filme ultra-personalizado de Kramer parte como un documental de su propia vida, de sus éxitos profesionales y, en especial, de la cariñosa relación que mantiene con su esposa e hijos.

La floreciente familia se muda a La Dehesa y en ese barrio tienen por vecinos a figuras de la TV como Rafa Araneda y Diana Bolocco, ambos a cargo de Kramer, por supuesto. Es entonces el Chile del nuevo rico suburbano y el fulgor del oropel farandulero que (apoyado en una sólida dirección de arte de Sebastián Muñoz) se toma la pantalla.

Este inicio promete abrir puertas interesantes; ya sabemos (desde sus rutinas en el programa ‘Rec’ de Chilevisión a su show en el Festival de Viña) que Kramer es un artista de grandes capacidades y mirada filosa, que cala al hueso a los hombres y mujeres que imita. 

En realidad, lo suyo es más que una imitación: es la reinterpretación farsesca y muy bien observada y caracterizada del comportamiento de las celebridades. Por eso, en esas secuencias iniciales, uno piensa en los filmes del gran Jerry Lewis, que con su concepción terapéutica del cine y un manejo perfecto del delirio y los conflictos de la representación y la identidad, creó obras maestras como ‘El profesor chiflado’ (1963) y ‘The Patsy’ (1964).

Sin embargo, apenas se instalan los personajes principales (que, aparte de Kramer y su señora, son Negro Piñera y Arturo Longton, dos ‘perdedores’ que están entre los logros de la cinta), la película se va encajonando en el esquema estrecho de la comedia romántica, sin que se arriesgue por la locura descocada a la que parecía destinada. Es decir, la narración funciona en un determinado nivel, pero no alcanza las alturas que debió rozar si consideramos el evidente talento de Kramer.

Con tres directores a cargo (además de Kramer están Sebastián Freund y Lalo Prieto) ‘Stefan vs Kramer’ padece problemas de estructura y de ‘timing’. Para hacer reír, además de los dotes de un buen actor, hay que poner ritmo cinematográfico, contexto, relato preciso, manejo hábil del espacio físico. Y eso aquí ocurre solamente a ratos. Hay escenas largas que debieron ser más breves, y a la inversa, aspectos secundarios que adquieren demasiada importancia (el jurado del show de TV, por ejemplo), y, sobre todo, Kramer consigue ser el eje de la acción sólo por intervalos, pues cede más protagonismo del recomendable a su señora (él la ama, de eso no cabe duda) y a los malentendidos que la separan de ella.

La película avanza así impulsada por dos fuerzas: las sorpresas de los personajes que Kramer crea en forma impecable y lo corrosiva que llegan a ser sus tallas hacia las autoridades. En este sentido, el filme juega su mejor baza al poner en escena -entre risa y risa- el hilo que une el poder político con los medios de comunicación. La farándula como instrumento de manipulación de los poderosos y la mezquindad que marca el trabajo en TV son dos apuntes que ninguna otra película chilena reciente ha expuesto. Aunque sea en tono de caricatura jocosa. Y es justamente por esas vías que ‘Stefan vs Kramer’ obtiene sus momentos más brillantes.

Para la próxima, nos gustaría ver a Stefan Kramer trabajar más esa irreverencia de bisturí y menos la veta convencional del buen marido. Porque en Chile hace falta agudeza e inteligencia para hacer caer las falsas imágenes y explorar, con maldadosa picardía, lo que las máscaras esconden.